bc

EL REFLEJO DEL PODER

book_age18+
0
FOLLOW
1K
READ
dark
love-triangle
mafia
drama
like
intro-logo
Blurb

San Esteban es una ciudad maquillada con vidrio y dinero, pero bajo su brillo corre sangre, secretos y pactos que nadie sobrevive ileso. Allí, Valeria Soler vive atrapada en un matrimonio que la está devorando desde adentro. Damián Alvarado no es un esposo; es un arquitecto de ruinas, y ella es su obra más meticulosa.

La encerró con sonrisas. La deformó con promesas. Ahora solo quiere poseerla… por completo.

Mientras las desapariciones se ocultan bajo comunicados oficiales y un bebé no deseado se convierte en arma política, el alma de Valeria comienza a quebrarse.

Y él lo disfruta.

—Me encanta cuando tiembla tu voz, Valeria. Significa que todavía sé dónde presionarte.

—No quiero vivir así…

—No tienes que quererlo. Solo tienes que quedarte.

—Damián… me estás destruyendo.

—Entonces aprende a romperte en silencio.

Cuando su mejor amiga le ofrece acceso a los secretos más podridos de Damián, Valeria descubre que escapar no es libertad… es guerra.

En San Esteban nadie es inocente.

Y las mujeres que se rebelan no siempre viven para contarlo.

chap-preview
Free preview
CAPÍTULO 1: CIUDAD DE SOMBRAS
—No puedo… no puedo quererlo, doctor. Algo en él… no es de este mundo. —Valeria, los bebés no nacen “malditos”. Necesitas descansar. —No, usted no entiende… yo estoy cambiando. Y hoy… hoy casi lo suelto a propósito. Casi. No sé qué me está pasando. No sé quién soy cuando él llora… La voz de Valeria se quebró y, en cuestión de segundos, la mujer perfecta de las revistas se desplomó sobre el suelo de la consulta. Primero temblaron sus manos. Luego su respiración se volvió irregular. Y, sin aviso, un grito salió de su garganta: un grito seco, desesperado, que no tenía palabras… solo dolor. El doctor retrocedió dos pasos. Nunca la había visto así. Nadie la había visto así. Valeria Soler, la mujer que el país admiraba y envidiaba… finalmente perdió el control. San Esteban era una ciudad que se miraba a sí misma como si fuera un espejo pulido, brillante, orgulloso. Sus avenidas estaban sembradas de árboles que parecían haber sido colocados exactamente donde algún arquitecto millonario quiso que estuvieran. Los edificios crecían hacia arriba con fachadas de vidrio que reflejaban el cielo como si no tuvieran nada que esconder. Pero todos en San Esteban sabían, incluso aquellos que no querían saber, que el brillo era una mentira, y que bajo la superficie de cristal se movía un río espeso de favores, sobornos, extorsiones y secretos que cambiaban de manos más rápido que el tráfico a la hora punta. A esa ciudad la habían llamado muchas cosas: “tierra de oportunidades”, “el futuro del país”, “la nueva joya económica del continente”. Pero para quienes conocían su corazón, el nombre más adecuado era otro: la ciudad de los acuerdos invisibles. Una ciudad donde todo tenía un precio. Y donde el silencio era la moneda más cara. En ese paisaje perfectamente adulterado, en una oficina situada en el piso treinta y dos del edificio ArenaCorp, estaba él: Damián Alvarado, observando desde lo alto como si la ciudad fuera un tablero que él había diseñado con sus propias manos. Su silueta se recortaba contra la ventana panorámica, rígida, casi inmóvil, con las manos en los bolsillos del pantalón y el ceño apenas fruncido, como si algo en la vista le molestara. Tal vez un edificio nuevo que no le pertenecía todavía. Tal vez un deal que aún no caía en sus manos. O tal vez, lo más probable, un movimiento que los demás no habían previsto. Porque Damián nunca descansaba. Era un hombre en apariencia impecable: traje oscuro perfectamente ajustado, cabello n***o peinado hacia atrás, barba apenas visible, esa clase de barba que parecía más una sombra que un descuido. Tenía la mirada de alguien que había aprendido muy temprano que el poder no se mostraba, se ejercía. Que la discreción era más efectiva que la intimidación. Y que en un mundo lleno de gritos, la voz más silenciosa era la que tenía el control. El apellido Alvarado siempre había sido sinónimo de riqueza, pero él se encargó de que también fuera sinónimo de poder. Controlaba rutas de transporte, movimientos logísticos, pequeñas constructoras que servían como fachada y un puñado de políticos que hablaban con la calma de quien sabe que nada se mueve sin el permiso de su benefactor. Su verdadero talento, sin embargo, no estaba en lo que poseía, sino en lo que hacía con ello: infiltrarse en decisiones de alto nivel sin que nadie pudiera probarlo, mover influencias sin dejar rastro, eliminar riesgos sin mancharse las manos. Para la mayoría, era un empresario respetable. Para los pocos que sabían más, era una sombra entre las sombras. El sonido de una notificación interrumpió su observación. Damián bajó la mirada hacia su teléfono, vio el mensaje y su mandíbula se tensó apenas un centímetro. Un gesto minúsculo, imperceptible para cualquiera… excepto para él. —Otra vez… —murmuró, casi con fastidio. Era un mensaje de Valeria. “No iré al evento esta noche. No me siento bien.” Él miró la pantalla unos segundos antes de bloquearla. No respondió. No era necesario. Habían pasado ya tres años desde que se habían casado, y para él, la comunicación era algo que se podía manejar cara a cara, donde los silencios tenían más peso que las palabras. Y además… Valeria no tenía por qué “decidir” no asistir a eventos. Esa clase de decisiones no le correspondían, aunque ella aún no lo entendiera del todo. Se giró y caminó hacia su escritorio. Cada paso parecía calculado, medido, como si el suelo necesitara su permiso para sostenerlo. Su asistente, Santiago, tocó la puerta y asomó la cabeza. —Señor Alvarado, el concejal Castillo quiere confirmar si asistirá a la reunión de esta tarde. —Dile que llegaré. —Se dejó caer en la silla de cuero, cruzó las piernas—. Y que no haga preguntas sobre el proyecto de la zona norte. No quiero que se adelante a nada. —Entendido. Santiago salió y cerró la puerta con suavidad. Damián volvió a quedar solo, sumergido en esa tranquilidad artificial que tanto disfrutaba. Pero su mente no estaba en el concejal ni en los negocios. Estaba en Valeria. O, más específicamente, en la resistencia creciente que ella mostraba. Rara vez le decía que no a algo, pero últimamente había empezado a retroceder, a tensarse, a discutir. Como si de pronto la vida que él había construido para los dos le quedara apretada. Como si no entendiera que él había tomado decisiones para ambos, por el bien de ambos. Como si no recordara de quién era el apellido que ahora llevaba. Valeria, mientras tanto, no estaba enferma ni agotada. No físicamente, al menos. Estaba sentada en la terraza trasera de la mansión Alvarado, envuelta en una bata de seda, mirando el jardín como si fuera un paisaje que no le pertenecía. Había dejado el teléfono en la mesa, lejos de su alcance, como si solo verlo le produjera cansancio. Suspiró, apoyando el mentón en las manos. La brisa movía su cabello castaño, largo, liso, como si jugara con él. Tenía una belleza natural, una que no necesitaba maquillaje ni poses. Había sido modelo durante años, había viajado, había soñado, había construido una carrera respetable. Hasta que Damián, con su voz suave y sus promesas precisas, había convertido su vida en una ruta estrecha donde no había lugar para lo que ella quería. “Porque te amo, Valeria.” Eso había dicho cuando le pidió que dejara las pasarelas. Esa frase había sido su primera jaula. Al principio no lo vio. Nadie ve una prisión si está hecha de oro. Bebió un sorbo de té y cerró los ojos. Sentía el peso de algo que aún no sabía cómo nombrar. Era una mezcla de melancolía, frustración y una incómoda sensación de pérdida. Como si poco a poco hubiera ido dejando partes de sí misma en cada concesión. —Yo elegí esto —se dijo en voz baja. Pero la frase sonó falsa incluso para ella. Lo único que no había elegido era la presión constante para tener un hijo. Ese tema se había convertido en el conflicto central de su matrimonio. Para Damián, un hijo era símbolo de legado. Para sus padres, una herramienta política. Para Valeria… era una imposición. Ella no quería ser madre. No ahora. No así. Y Damián no lo entendía. O no le importaba. La puerta corrediza se abrió suavemente. Era Luciana, la hermana menor de Damián. Una joven de sonrisa cálida, mirada inteligente y carácter dulce. Todo lo contrario a su hermano. —Val —dijo con suavidad—, ¿puedo sentarme contigo? —Claro —respondió Valeria, agradecida por la compañía. Luciana se sentó en la silla de al lado, abrazando una taza de café entre las manos. —Mi hermano te vio el mensaje —dijo, con cautela. —Lo imaginé. Luciana suspiró. —Solo quería advertirte que estará molesto cuando regrese. —¿Molesto? —Valeria rió sin humor—. Siempre está molesto últimamente. Luciana no respondió. Miró el jardín. Bebió café. Y, después de unos segundos, dijo: —No te mereces vivir así, Val. Valeria cerró los ojos. Sus palabras eran un bálsamo… pero también una herida. —No tengo a dónde ir, Luci. —Siempre hay un lugar donde ir —la joven replicó—. El problema es tener el valor de moverse. La frase quedó suspendida entre ambas, pesada, real. Y entonces, Valeria escuchó algo que siempre le helaba la sangre: el sonido del motor del auto de Damián entrando en la cochera. Luciana la miró con preocupación. —Si necesitas algo, llama —susurró antes de levantarse. Valeria se quedó quieta, como una estatua. No tenía miedo de él… no de la manera en que una mujer teme a un golpe. Tenía miedo de su mente, de su estrategia, de su habilidad para envolverla con argumentos que parecían razonables y que terminaban quitándole todo. La puerta principal se abrió.

editor-pick
Dreame-Editor's pick

bc

Si, aceptó ser su esposa sustituta señor Parrow

read
43.7K
bc

EL JUEGO PERFECTO

read
55.9K
bc

Atracción Obsesiva

read
4.9K
bc

La Esposa Exiliada

read
101.6K
bc

Amor a la medida

read
118.6K
bc

Querida Esposa, eres mía

read
147.8K
bc

Amor Robado

read
59.3K

Scan code to download app

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook