Joshua O’Neill
Las luces del teatro se apagaron lentamente. El silencio se extendió por el recinto como una ola elegante y sofocante mientras Joshua O’Neill tomaba asiento frente al piano de cola n***o en el centro del escenario.
Miles de ojos estaban puestos sobre él, pero Joshua ya no veía al público, nunca lo hacía, porque cuando tocaba, el mundo desaparecía.
Solo existían las notas, el dolor y ella.
Sus dedos descendieron sobre las teclas, la primera melodía fue suave, íntima y peligrosamente emocional. El sonido llenó cada rincón del teatro parisino mientras Joshua cerraba los ojos lentamente, la música nació desde un lugar oscuro dentro de él, uno que llevaba seis años intentando ignorar.
Seis años fingiendo que había seguido adelante, mentira. Todo en su vida había sido una mentira desde que Emyli Montalvo desapareció: Los aplausos, la fama, las giras mundiales y las mujeres, no lograban llenar el vacío que ella dejó, porque Emyli no había sido un simple recuerdo, se convirtió en su más oscura y retorcida obsesión.
La única mujer capaz de hacerlo perder completamente el control.
Joshua respiró hondo mientras la melodía cambiaba de intensidad. Sus manos se movían con precisión perfecta sobre el piano, pero por dentro estaba ardiendo, las críticas decían que Joshua O’Neill tocaba como un hombre enamorado.
Era falso: Joshua tocaba como un hombre destruido, la pieza llegó al clímax y el teatro entero quedó atrapado en la emoción brutal de cada nota.
Los aplausos estallaron, comenzó a tocar otra pieza y entonces ocurrió, Joshua levantó la mirada y el aire abandonó sus pulmones, frete a él estaba ella, de pie en uno de los palcos privados mirándolo.
Pesé a la oscuridad pudo distinguir, el corazón de Joshua dio un golpe salvaje contra su pecho: No parecía ser, pero sí era Emyli.
Después de seis años. Lucía más hermosa de lo que cualquier recuerdo le permitió imaginar, el vestido n***o abrazaba su cuerpo con una perfección obscena, su piel dorada brillaba bajo las luces tenues del teatro y su cabello oscuro caía lentamente sobre sus hombros desnudos.
Pero fueron sus ojos los que terminaron destruyéndolo: fríos, audaces y peligrosos. Los mismos ojos que alguna vez lo miraron mientras ella pronunciaba su nombre entre besos y respiraciones temblorosas.
Joshua dejó de respirar por un segundo, seguía teniendo el mismo efecto devastador sobre él, los dedos de Joshua fallaron apenas sobre las teclas.
Un error mínimo, imperceptible para el público, pero no para Emyli, Joshua vio cómo sus labios rojos se separaban apenas, como si también hubiera sentido el golpe.
El teatro desapareció alrededor de él, solo existía esa mirada y ese maldito choque brutal entre el pasado y el presente.
Seis años y aun así seguían incendiándose con una sola mirada, entonces Joshua vio al hombre junto a ella, la mano descansando posesivamente sobre la cintura de Emyli mientras besaba su cuello y algo oscuro explotó dentro de él.
Celos violentos, e instantáneos.
La mandíbula se le tensó mientras observaba al imbécil inclinarse hacia ella para susurrarle algo al oído. Joshua sintió ganas de romperle la mano, porque ninguna parte de él aceptaba ver a otro hombre tocándola.
Media hora después la música terminó entre aplausos ensordecedores, Joshua apenas los escuchó, seguía mirando a Emyli y ella seguía mirándolo a él, como si ambos supieran exactamente lo peligroso que era ese momento.
Joshua se puso de pie lentamente y saludó al público, pero por dentro estaba completamente fuera de control, porque Emyli Montalvo acababa de regresar a su vida y él nunca había aprendido a sobrevivirla.
Joshua atravesó el pasillo privado detrás del escenario mientras aflojaba violentamente el nudo de su corbata. Daniel su mejor amigo y manejador apareció detrás de él claramente alterado.
—¿Qué demonios fue eso? Te equivocaste dos veces —dijo en voz baja. —Tú nunca te equivocas.
Joshua soltó una carcajada cargada de ironía.
—Ya viste por qué.
Daniel se quedó callado un instante y después maldijo.
—Joder… sí era ella.
Joshua apoyó ambas manos sobre la mesa del camerino e inclinó la cabeza un momento mientras intentaba recuperar el aire, pero todavía podía verla.
El vestido n***o, sus labios cubiertos de rojo. La manera en que lo miró como si los seis años jamás hubieran pasado.
Maldita sea.
Todavía la deseaba igual, no, era peor mucho peor, porque ahora Emyli ya no parecía aquella chica impulsiva que conoció años atrás, ahora había algo oscuro en ella y eso solo la volvía más irresistible.
—Tiene pareja. —murmuró Daniel, como si necesitara recordárselo.
Joshua soltó una carcajada amarga, era evidente, una mujer como Emyli jamás estaría sola, pero aun así el pensamiento le revolvía el estómago, porque verla junto a otro hombre despertaba lo peor de él. Ese lado posesivo que llevaba años intentando enterrar. Daniel lo observó cuidadosamente.
—No pongas esa cara.
Joshua levantó lentamente la mirada.
—¿Qué cara?
—La misma que pusiste en Nueva York antes de casi destruir todo por ella.
El silencio se volvió pesado, Joshua recordó demasiado bien: esa primera vez que Emyli lo beso en el club de su padre, luego en la casa de su hermana la probo, en la cena especial de Payge fue donde pidió permiso para cortejarla y después ella lo abandono.
Aún tenía presente el sabor de su boca, sus uñas aferrándose a su camisa y la manera en que ella lo miró después, completamente sin aliento, como si acabaran de cometer el peor pecado del mundo.
Y tal vez lo hicieron, porque después de eso Joshua jamás volvió a ser el mismo. La puerta del camerino fue tocada, Daniel abrió, eran los del teatro siempre le enviaban regalos y esta vez no era la excepción.
Uno de los organizadores apareció sonriendo nerviosamente.
—Señor O’Neill, algunos invitados importantes desean felicitarlo personalmente.
Joshua estuvo a punto de negarse, le agradaba ser elogiado, pero estaba de mal humor y cuando pensaba negarse escucho el nombre sintió un escalofrió recorrerle el cuerpo.
—La señorita Montalvo —Hasta ese punto le pareció fascinante. —Y su prometido están esperándolo en el salón privado.
Todo su cuerpo se tensó ale escuchar la palabra prometido Daniel cerró los ojos lentamente, su amigo lo conocía bien, negó con la cabeza.
—No.
La voz de Daniel no fue escuchada, pues Joshua ya estaba caminando hacia la puerta, porque había esperado seis años para volver a verla personalmente y no existía una sola posibilidad en el mundo de que se alejara de ella otra vez.