—¿Qué acabas de decirme? ¡Repítelo! —siseó. Colocó sus manos en mi cuello, no muy apretado, pero la presión seguía siendo inquietante. —¡Suéltame! —susurré, pero no lo hizo. —¡Primero respóndeme! —¡Te daré el dinero! —dije, y él me dio esa sonrisa burlona de nuevo. —Elfin, ¡eres bastante divertida! ¿Quién eres tú para pagar dos millones de dólares? Además, ¡también estoy tratando a tu madre! Ves, ¡me necesitas! —dijo, y comencé a luchar en sus brazos. —¡Déjame ir, no me toques! ¡Incluso tu toque me da asco! —grité. Sus palabras eran tan afiladas como un cuchillo, y ni siquiera lo sabía. Había jugado con mis emociones. Podía decir que no tenía intención de dejarme ir, pero ¿por qué? —¿De verdad? No pareces así cuando te toco —dijo, acercándose más. Estaba jugando conmigo. Sopl

