—¡Arrodíllate y pídeme perdón, hombre! Si no, no podrás comprarle a Irem ese anillo que tanto desea —le dijo. Yaman apretó los dientes. —¡Nunca sucederá porque levantarás el bloqueo inmediatamente! —siseó. Mirza negó con la cabeza. —Lo dudo. Lo que has dicho antes me ha enfadado. ¡Las anteriores también! ¡Ahora arrodíllate y pídenos perdón a los dos! —dijo cogiéndome de la mano. Tiró de mí hacia su lado y me sujetó por la cintura. Estaba segura de que Yaman no lo haría, pero me sorprendió. Irem lo había cegado. Me sorprendió. Se arrodilló ante nosotros. —Lo siento —susurró. Con esa mirada de satisfacción en la cara de Mirza, no pude evitar sentir pena por Yaman. Vale, lo que hizo no era normal, pero ningún humano se merecía eso tampoco. —Avisa a los guardaespaldas de cuánto nece

