—Relájate, no voy a morderte. James deslizó la mano desde el hombro de Julia hasta el pecho. Ella se levantó de golpe, pero él reaccionó a tiempo y la obligó a sentarse de nuevo. Luego la sujetó por la mandíbula y le alzó la cabeza. —Qué gracioso que ahora quieras fingir que eres decente —se burló, ladeando la cabeza. Le rodeó el cuello con el brazo como si pretendiera estrangularla. Julia se aferró a él con ambas manos e intentó liberarse. Con la mano libre, James se coló por la pequeña abertura lateral del cuello del vestido hasta alcanzar el sostén. Julia se puso rígida y trató de apartarlo, pero cuanto más se resistía, más le apretaba él la garganta, haciéndola toser. Las lágrimas le corrían por las mejillas. No podía impedir lo que le estaba haciendo. Tampoco se atrev

