Un día más y me iría a trabajar para los Zelaznog.
No había visto a Jean desde el día que estuvo en la empresa y me dio el beso en la mejilla que me tomé muy a pecho. No le pedí el número. Él tampoco había ido a la biblioteca, por lo que solía leer sola.
Me preguntaba qué le había pasado, aunque seguro estaba bastante ocupado con sus labores.
Estaba sentada en el comedor, era la hora de la cena y siempre nos reuníamos en familia. El ambiente era silencioso todos los días, pero la costumbre hizo que se volviera cómodo.
—Papi, ¿todavía no consigues a un buen candidato como esposo para mí? —inquirió Salomé, sonando el plato con el tenedor.
Entre cerré mis ojos porque esa mujer hablaba con nuestros padres como si fuera la niña buena.
Removí la ensalada frente a mí y llevé un poco a mi boda, prestando atención a la conversación que tendrían.
—Es un poco pronto para hacer esas preguntas, pero ten por seguro que este año te casas, Salomé —informó papá, con seriedad.
—¿Y piensas buscarle esposo a Aurora? ¿O dejaremos que sea una solterona? —cuestionó mamá, curiosa por saber mi destino.
La rubia veía a mi padre no como un amante, sino como un colega del cual apoyarse. No era normal verlos dándose amor, solo lo hacían frente a las cámaras para aparentar ser una excelente pareja a la que envidiar.
Terminé de masticar para beber un sorbo de jugo de frutas.
—Aurora no será el pilar de esta familia, por lo que veo innecesario buscarle marido —explicó mi padre, sin expresión alguna—. Lo primordial es planear el futuro de Salomé, como sucesora al mando.
Vaya, fue reconfortante haber escuchado eso. Por lo menos mi futuro no estaba escrito y podía casarme con quien me diera la gana.
—¡Y haré todo como es debido, papi! —chilló ella, con emoción.
—Siempre y cuando no vuelvas a cometer otro error como lo que sucedió con tu hermana —El hombre la miró amenazante—. Porque no permitiré que una inmadura lidere mi empresa, ¿estamos claros?
Me mordí el labio y la miré de reojo. Salomé odiaba que papá la regañara por cualquier cosa. Era lo que más aborrecía en el mundo, y por supuesto me iba a echar la culpa luego, como era de costumbre.
Tenía una expresión de vergüenza en su rostro. Los labios apretados y las cejas hundidas. No sabía qué decir.
Y en ese momento, mi madre interviene:
—Eduard, no seas tan duro con ella. Sabes que solo son bromas que se suelen hacer entre hermanas.
—Exacto, fue una pequeña broma, no pensé que Aurora la pasaría mal —se excusó la castaña, con un puchero.
Me hirvió la sangre de solo escuchar las excusas de esas dos. Eran tal para cual. Prometí no quedarme callada, y para lograrlo tenía que dar el primer paso.
Me levanté rápido del asiento y choqué ambas palmas en la mesa para hacer un ruido estruendoso que captara la atención de todos.
Mi mandíbula estaba tensa porque no podía aguantar la rabia. Quería dejar que todo saliera como agua de mi boca.
—¡Casi abusan de mí! ¿Y dicen que es una broma? No me jodan —solté, con frustración.
Si hubiera algo debajo de la mesa para patear, sin dudas lo hubiera hecho.
Ambas mujeres me miraban con los ojos abiertos por el asombro que les causó la Aurora habladora.
No más.
No me iba a dejar pisotear.
—¿Pero qué clase de insulto es este? Regresa a tu puesto y discúlpate, niña —ordenó mamá, ofendida.
—Se cree importante —se burló Salomé.
—No voy a dejar que me traten así. Se supone que somos familia y parece que no les importo —mascullé, desviando la mirada—. ¡Casi abusan de mí por culpa de ella! —La señalé.
—¡A mí no me culpes de tu estupidez! —gritó Salomé.
También se levantó y golpeó la mesa, derramando su jugo sobre la tela y algunos platos.
—¡Suficiente! —Se levantó papá, enojado—. ¡Vayan a sus habitaciones ahora mismo! No quiero tener que lidiar con ustedes por tonterías —zanjó, con una mano en la sien.
Me pareció perfecto, no iba a seguir en esa cena porque se me quitó el apetito en un segundo.
—Niña insolente —murmuró mi madre.
—No es justo, ella empezó —se quejó Salomé.
—¡Fuera de mi vista!, ¡las dos! —ordenó papá—. No puedo creer que sean adultas y se sigan comportando como niñas.
Logró sobresaltarnos a ambas, por lo que acatamos su orden y salimos del comedor. Ese hombre era una bestia cuando se enojaba, y no iba a quedarme para presenciarlo.
Por desgracia, mi habitación quedaba en la misma dirección que la de Salomé, así que estuvimos caminando juntas.
Ella daba pasos furiosos y murmuraba un montón de insultos hacia mí.
—¿Quién te crees? —cuestionó, sin detener el paso.
—Solo me defiendo, cosa que debí de haber hecho hace años —expresé, sin interés en ella.
—Sabes que la favorita soy yo, ¿por qué no te largas de una vez de esta casa? —murmuró, con ambas manos en la cintura.
—Te recuerdo que también tengo el apellido Hidalgo —aclaré—. Salomé, hice lo posible para llevarme bien contigo, pero tú no pusiste de tu parte. Ya no hay nada que pueda hacer —resoplé.
—Ash, menos mal que tenemos habitaciones separadas. No soporto verte la cara —se quejó, caminando recto.
—Empiezo a tener la misma opinión hacia ti —expresé, cruzada de brazos.
Ella se detuvo, cerró sus puños al lado de sus caderas mientras me daba la espalda. No tardó en darse la vuelta y venir hacia mí con los labios apretados, al punto de casi desgarrarlos con sus propios dientes.
—¿Me estás desafiando? Porque terminarás perdiendo, hermanita —aclaró, en un tono agrio—. Discúlpate ahora y prometo que olvidaré esta discusión.
Me miraba con recelo y molestia, pero yo le regalé la misma expresión.
¿Disculparme para satisfacer su ego?
Juré no volver a hacerlo. Salomé ya me caía gordo por no aceptar mis buenos sentimientos hacia ella. ¿Quería salirse con la suya siempre? Pues no iba a permitírselo de ahora en adelante.
Las palabras de Jean resonaban en mi cabeza cada vez que la veía.
"No te dejes pisotear por tu hermana, eres mucho mejor".
—No —zanjé—. La que debería disculparse aquí eres tú, por todo lo que me has hecho.
—¿Es en serio? ¿Qué mosca te ha picado? Hay que ver que cada día me sorprende más tu actitud, Aurora —se burló, con una sonrisa cínica—. Pero vamos, discúlpate y lo dejaré pasar.
—Te he dicho que no. ¿Te crees la mejor en todo? ¿En serio piensas que te iba a perseguir por el resto de nuestras vidas? —cuestioné, alzando una ceja—. Me he cansado de lo mismo, Salomé. No seguiré siendo esa hermana buena a la que podías gritarle siempre que quisieras.
Un estruendoso sonido llegó a mis oídos y mi rostro se volteó. Sobé mi mandíbula porque Salomé me había dado una cachetada, lo suficientemente fuerte para seguro dejar esa zona roja, debido a la palidez de mi piel.
—¡A mí no me hables así! ¡Ah! —exclamó, frustrada.
Se jaló el cabello y sus ojos se cristalizaron. Tenía una expresión de miedo y soltó un gruñido, caminó a pasos rápidos hasta perderse de mi vista.
La había hecho enojar de tal manera que no quiso esperar más respuestas de mi parte.
Iba a devolverle la cachetada, pero escapó antes de lo previsto.
—Tu paciencia es muy corta, Salomé —susurré, sonriendo.
De alguna manera, sentí que gané la discusión porque la que huyó fue ella, sin importar el golpe que recibí.
Suspiré y entré a mi habitación para sentarme en la orilla de la cama y quitarme las zapatillas.
Me dejé caer en el cálido colchón. Tomé mi celular que ya se encontraba ahí, pero abrí los ojos al notar que tenía diez llamadas perdidas de un número desconocido.
¿Quién era?
Le marqué de vuelta. Tenía que ser algo importante.
Uno, dos, tres pitidos y escuché su voz.
—¿Aurora? Disculpa mi intensidad, es que quería hablar contigo —Era Jean.
—¿Cómo conseguiste mi número? —pregunté, con una curva en mis labios.
Estaba contenta porque no tuve que preguntarle, él me había buscado por su cuenta y eso me hacía feliz.
—Tengo mis contactos. Un mago no debería revelar sus secretos —expresó, con una leve risa.
—Entiendo, ¿qué querías decirme?
—Pues, quería saludarte —confesó, se escuchó apenado.
Saludarme.
Mi corazón estaba bailando de la emoción y llenándose de ese nuevo sentimiento que me daba paz.
—Vaya, eso me hace pensar que te has encariñado conmigo —bromeé, mirando el techo de mi habitación.
Hubo un momento de silencio.
—¿Y si te digo que sí? —preguntó, en un bajo tono.
Abrí los ojos, impresionada por su repentina insinuación. Yo lo decía en broma, ¿pero y si era cierto?
Tragué saliva.
—Eh... ¿Estás listo para trabajar mañana conmigo? —Desvié el tema.
Sentí un ardor en mis mejillas y que mis palabras se podían enredar con facilidad.
—Por supuesto, estaré encantado de trabajar contigo —alegó—. Pero no te voy a consentir, eh.
—No tienes que hacerlo —reí.
Hablar con Jean me hacía sentir muy bien, pero, ¿qué consecuencias traería trabajar con él?