Capítulo 7: En medio

1742 Words
Abrí la puerta de la oficina de Salomé, ya quería irme y dejar de trabajar para ella, así la evitaba lo más posible. Entré con cautela, tratando de no llamar su atención. Pero ella alzó el mentón de inmediato y se levantó de su escritorio para caminar hacia mí. Sus ojos azules me asesinaban, y sus dientes estaban chocando. —Eres la culpable de todo lo que me pasa —gruñó, señalándome con el dedo. —¿Crees que está bien lanzar a tu hermana a los brazos de un abusador? —cuestioné, con la voz temblorosa. —¡Me importas un carajo! —exclamó—. Por tu culpa papá me quitó el sueldo durante los próximos meses y me duplicó el trabajo si quiero conservar el puesto. —Es un buen castigo, de hecho, fue piadoso —confesé, asintiendo. No iba a seguir quedándome callada. —¿Te estás burlando de mí? —masculló, cerrando los puños—. ¡Ponte a trabajar de una vez! —Salomé, no eres una buena hermana —escupí, decidida en acabar la ligera relación que teníamos. O bueno, yo era la única que lo veía como una buena relación, porque me esforzaba para llevarnos bien, pero ella no puso de su parte. No iba a mendigar su amor. —¿Disculpa? —inquirió, frunciendo el ceño—. ¡Tú y yo no deberíamos ni ser hermanas! Para mí estás muerta, Aurora. No existes, ¿entiendes? —Te estoy hablando, eso me vuelve real —aclaré, con una mano en el mentón. —Ay, cállate. No te estoy pidiendo ninguna opinión —Se jaló el cabello y se devolvió a su escritorio con molestia—. Te odio, Aurora. Siempre eres la chica buena para todos, y a mí me dejas como la villana. —Tú misma actúas como la villana, Salomé. Yo lo único que he intentado es caerte bien, llevarme bien contigo, pero no dejas —solté, cortando el aire con mi mano—. ¡Y ya me cansé de estar detrás de ti! Ahora buscaré mi propio camino. Ella dejó escapar un suspiro divertido al escucharme. Me miró con unos ojos amenazantes, mientras mordía el lapicero en su mano. —No te creas la gran cosa, Aurora. Yo heredaré esta empresa y cuando lo haga, buscaré la manera de dejarte sin nada —amenazó, entre dientes. —No me importa, Salomé. Haz lo que quieras, no me interesa el dinero —expresé, sin mucho interés. —Eso haré, hermanita —se burló—. ¡Ahora mueve el culo y prepara esta oficina para la reunión que tendré con Jean! —exclamó, haciéndome sobresaltar. —¿Vendrá hoy? —pregunté. Él no me mencionó nada de la reunión, solo que la habían pospuesto. Me quedé centrada en mis pensamientos, una curva se formó en mis labios porque lo volvería a ver. Le había dicho que iría en la mañana a la biblioteca, pero no fui porque tuve que ayudar a mamá en casa... Luego me disculparía como es debido, y aprovecharía de pedirle el número. —Sí, y espero que no cometas ninguna estupidez mientras esté aquí —reprochó, con fastidio. —Entiendo. Me puse manos a la obra, a ordenar esa oficina porque estaba hecha un desastre con papeles regados en todos lados. Luego de unas dos horas, teníamos todo listo para recibir al CEO de ZP, nuestro aliado más cercano. Salomé seguía sentada en su escritorio, ya le había preparado una taza de café para los nervios. Dejamos nuestras diferencias de lado porque ambas queríamos recibirlo con tranquilidad. Yo estaba de pie, esperando que tocaran esa puerta. No tardó mucho suceder. Abrí, regalándole una sonrisa. —Bienvenido, Jean Zelaznog —Actué como era debido—. Salomé lo está esperando. —Te ves muy guapa en uniforme, Aurora —me susurró cuando pasó a mi lado. En ese momento sentí un bombeo frenético en mi corazón. Mis sentidos se desactivaron por un pequeño segundo, hasta que volví a la realidad. Tragué saliva. Él entró y Salomé se levantó para saludarlo con formalidad. La castaña tenía una sonrisa hipócrita increíble. —¡Jean! Es un placer tenerte aquí. Lamento mucho lo que pasó la última vez, estoy muy arrepentida —habló, estrechando su mano y dándole un beso en la mejilla. Me mordí una uña, viendo todo. Por alguna razón, esa acción me hizo hervir la sangre. Al menos Jean sabía la clase de persona que era Salomé porque se lo conté todo en la biblioteca. Lo manipuladora e impaciente que era esa mujer. —Estoy encantado de estar aquí y conocer a la futura líder de H&G —respondió el moreno, con una sonrisa forzada. Ambos se sentaron, mientras yo me quedé de pie, cerca de Salomé por si necesitaba algo. —Bien, estás aquí para conocernos un poco y porque pronto nuestros padres llevarán a cabo un acuerdo que se ha estado planeando durante años, ¿no? —comentó Salomé. —Exacto, aunque imagino que tampoco sabes de qué se trata —alegó el pelinegro, juntando ambas manos sobre la mesa—. Exceptuando lo de Aurora. —Nuestros padres nos explicarán en su debido momento. Por ahora lo que buscamos es llevarnos bien, en vista de que papá me dejará su cargo pronto. Ya no tendrás que hacer ningún trato con él, sino conmigo —explicó la castaña, con una sonrisa. —Me parece bien. Lo importante es mantener una buena relación para cuando llevemos a cabo futuros proyectos juntos. Salomé apoyó ambos codos sobre la mesa y sostuvo su mentón con sus manos. Miraba a Jean con unos ojos un poco extraños que me dieron mala espina. —Por otro lado, ¿te han dicho lo guapo que eres? —soltó, en un tono seductor. Que descarada. ¿Cómo se atrevía a coquetear frente a mí? Abrí los ojos con sorpresa por la repentina insinuación. Jean estaba igual de sorprendido e incómodo que yo, aunque intentó mostrarse lo más profesional posible. —Agradezco sus palabras —carraspeó. —No seas tímido, ¿o es porque mi hermana nos está escuchando? —dijo, mirándome de reojo—. Tranquilo, Jean, a ella no le importa lo que yo haga —informó, estirando su mano para tomar la de Jean. Pero él la quitó inmediatamente. Estaba incómodo y se notaba en su rostro, aun así, Salomé no se detuvo y siguió viéndolo con picardía. —Me siento halagado, señorita, pero me estoy guardando para mi futura esposa —expresó, con seriedad. —¡Tenemos la misma edad! No me trates como si fuera menor que tú —bufó, arrugando la boca. —Discúlpeme, si no vamos a discutir más nada, lo mejor será que me vaya —Se levantó. —¡Espera! —exclamó Salomé—. ¿No me aceptas un café? ¿Pero qué carajos estaba tramando esa mujer? No me parecía correcto coquetearle tan descaradamente a Jean. Aunque él también ha hecho lo mismo conmigo... ¡Pero es diferente! —Hoy tendré varias reuniones, será otro día —Se excusó. —Como digas —resopló, derrotada—. Es todo, entonces. Nos vemos pronto. —Adiós. Jean se marchó, dejando a Salomé frustrada y mordiéndose una uña por lo sucedido. Ella siempre obtenía lo que quería, por lo que le molestó el claro rechazo de Jean. —¿Y tú qué miras? ¿Te estás burlando? —cuestionó, regañándome. —¿Qué fue eso? —pregunté, con el ceño fruncido. —¿No es obvio? Me gusta, y quiero que sea mío. Tal vez se resista, pero voy a lograr que caiga ante mis encantos, eso te lo aseguro —masculló, cerrando los puños. —No vayas a jugar con él —reproché. —¿Quién te crees? —interrogó, sintiéndose ofendida—. No eres nadie para él, ni para mí. No te entrometas, Aurora. —No lo hago —suspiré, encogida de hombros. Miré la hora en el celular—. Iré a almorzar, es mi hora. —Al fin, tiempo de calidad. Ya vete —Me echó con su mano. Negué con la cabeza y Rodé los ojos. Me preguntaba cuándo esa mujer cambiaría su forma de ser. Salí de la oficina de camino al comedor, pero justo al cruzar una esquina, choqué con un duro pecho que me hizo sentir una punzada en la nariz. Mis ojos se aguaron por el dolor. —Carajo... —murmuré, sobándome. —¿Estás bien? Discúlpame, me perdí tratando de encontrar el baño —La voz de Jean me iluminó. —No te preocupes, solo fue un pequeño shock —confesé—. Sígueme, te guiaré. Caminé, cambiando mi dirección hacia el baño de hombres. Fue sorpresivo habérmelo encontrado, pero también me alegró volverlo a ver. —Tu hermana actuó un poco extraño —soltó, incrédulo—. Fue incómodo. —Le gustas. —¿Qué? A penas me vio —dijo, extrañado. —Mi hermana es caprichosa, y no va a descansar hasta tenerte. Deberías tener cuidado —comenté, sin mucho interés. Supuse que tenía que rendirme con él porque no iba a pelear contra Salomé por un hombre. Él me detuvo, sosteniendo mis hombros. —Que quede claro, que ella no me interesa —expresó, mirándome con seriedad. Parpadeé varias veces y solté una carcajada porque se veía tierno de esa forma. —No soy tu novia para que me andes dando explicaciones —reí. —Lo sé, pero es para que lo tengas en cuenta —Me guiñó un ojo. —Bueno, llegamos al baño —indiqué, señalando la puerta—. Nos vemos, Jean. —Aurora... —murmuró, casi en un hilo. Se acercó a mí, yo estaba muy cerca de chocar contra la pared. ¿Qué planeaba? Sus ojos estaban entre cerrados y llevó con delicadeza la palma de su mano a mi mejilla, acariciando la misma con ternura. Mi corazón estaba a millón, porque su tacto era agradable y cálido... De pronto, me dio un corto beso en la mejilla. La humedad de su boca se quedó de recuerdo en mi memoria. —Hasta luego, preciosa —sonrió, con diversión. Sin más que decir, se adentró en el baño, dejándome estupefacta por lo que acabó de pasar. Suspiré, aliviada porque me había imaginado algo más. Solo fue un simple beso en la mejilla, no tenía que ilusionarme.
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