Capítulo 1: El cuento de una virgen
I
—«Había una vez, en una época donde criaturas hermosas y de mil colores se paseaban en las flores y bajó los robles, un reino enorme y hermoso que se levantaba a las orillas de prístinos lagos y frondosas montañas. Este reino era gobernado por un afectuoso rey que no tenía reina, ya que ella había muerto al momento de nacer el segundo de sus hijos. El noble monarca se lamentó tanto de haber perdido al amor de su vida, que se consumió poco a poco en la soledad, la tristeza y el odio hacia su propio heredero, que llevó a este bello paraíso a convertirse en un lugar sombrío, donde la tierra dejó de ser fértil y sus habitantes comenzaron a morir de hambre y tristeza.
Los nobles de este otrora Edén, buscaron la forma de devolverle la belleza, significando esto que el rey debía ser reemplazado. No podía usurparse el trono solo así, so pena de que cayera una terrible maldición. Sin más que hacer, recurrieron a las fuerzas oscuras de una bruja, una que les dio una solución: El poder debería pasar al hijo mayor del rey. Sin embargo, alguien tendría que pagar las consecuencias y cargar con todo el odio, así que sería el segundo hijo, quien tendría que estar sometido y relegado siempre de cualquier asunto del reino, presto a sacrificarse de la forma en que fuera por su hermano mayor, sin protestar, ni contradecirlo.
Al decirles esto, la bruja les entregó a los nobles una bebida que haría que el soberano de esas tierras cediera su lugar, comenzando la condena eterna para el segundo hijo que tuviera cada rey de ahí en adelante. Pese a esa atrocidad, el reino volvió a ser precioso, siguiendo así por generaciones, solo que, la bruja no les dijo que siempre habría forma de romper una maldición y uno de esos segundos hijos, lo lograría.
Tiempo después…»
La mujer tuvo que dejar de leerle a los pequeños de su salón al escuchar el alboroto en los pasillos de la humilde escuela. Ella sintió como la respiración se le cortó de repente y un sudor frío se le deslizó por el rostro, llegando las gotitas a su delantal oscuro. Los niños que no pasaban de los 8 años la miraban con curiosidad, no entendían por qué se había detenido.
—Sigue, por favor —pidió una pequeña sonriendo. A la vez que decía eso, se escuchó el golpe en la puerta, uno cordial que no iba acorde con la brusquedad con la que habían entrado.
—Niños, por favor, solo quédense quietos en sus lugares. No olviden nunca que los quiero mucho. Tal vez ya no volvamos a vernos nunca…
Como la puerta no se abrió al toque, la forzaron hasta romper su cerradura. Todos se asustaron, pero la maestra salió al paso y a pesar de ser pequeña para esos hombres vestidos de n***o, los confrontó.
Sin mediar palabra la tomaron de un brazo y empezaron a sacarla bajo la mirada aterrada de todas las otras maestras de esa escuela apartada del mundo. Ella no podía levantar la mirada, todo aquello era una vergüenza, era solo una oveja que llevaban al matadero y esos hombres solo hacían parte del cortejo fúnebre. Al salir a la luz, la ingenua quiso correr, quiso intentar decidir por ella misma como iba a morir, no obstante, la atraparon por la cintura y la subieron a la limusina con todo el cuidado que pudieron en medio de las patadas y puños al aire que la jovencita lanzaba.
—¡¡Por Dios, no!! ¡¡Se los suplico, no!! —gritaba desesperada, enloquecida.
Ella había sido seleccionada, como muchas otras antes, a ser la esposa del señor del reino, uno muy moderno, que no puso sus ojos en ella porque lo deseara, solo fue seleccionada de una lista de descarte, al no poder probar la pureza de las anteriores candidatas. Y a eso se dirigían, a que abriera las piernas, fuera auscultada y así se comprobara que ningún hombre se había deslizado por sus muslos.
Lo era, Lala era virgen. Ella lo sabía, tenía 23 años y había ido de escuela de monjas en escuela de monjas, intentando ser escondida por sus padres para que no llegara ese momento hilarante en que el hijo mayor, Redmount, buscara esposa. Sin la posibilidad de interactuar con varón alguno, casi de ninguna forma, la sencilla jovencita se había asegurado de mantenerse intacta para el hombre que amaría a futuro, ella misma no sabía que haría parte de un vasto contrato que involucraba a cientos de familias favorecidas que habían puesto sus firmas con espesa sangre, desde hacía mucho tiempo.
Sollozando, veía a uno de esos carceleros enviar muchos mensajes a través de su celular. No podía imaginar qué hablaba ni con quién, pero estaba casi segura que se trataba de ella misma.
—Ya está —dijo el hombre al otro lado del celular, recibiendo las noticias de su guardia—. Parece que la niña puso problemas, intento huir la muy estúpida, es un fastidio, ella lo sabía desde hacía mucho tiempo, era la siguiente en la lista.
—Tenía miedo. No saben a lo que se enfrentan —intervino otro hombre. Ambos desayunaban en el jardín de la mansión donde vivían, rodeados de hermosas flores de mil colores.
—Kyle, como hermano menor, sabes desde el inicio las decisiones que se toman en esta familia. Así que, mejor, acaba tu desayuno y vete a trabajar.
—Kaylan, la familia se ha manejado con esa «creencia», que es aterradora y que me cuestiona mucho. Deberías ser tú quien lleve la empresa a cuestas, pero sabemos que eres solo un dandi. Solo te digo que no te confíes tanto. Igual no te preocupes, a mí me hace feliz trabajar.
Kyle se levantó de la mesa, disgustado, bajo la vista socarrona de su hermano mayor. Entró por la puerta principal de aquella enorme casa y fue hasta el segundo piso de prisa, sonriendo a la vez que recibía en sus brazos a su bebé con ayuda de las nanas. Ese pequeño ser humano que apenas cumplía los cuatro meses, era el pequeño tesoro del hermano menor, que dedicaba todo el mayor tiempo posible para cuidarlo y protegerlo, luego que la madre los abandonara.
Terminó de darle el biberón, sacó sus gases y luego con un beso en la frente se despidió de su niño. Le dolía tener que irse y dejarlo indefenso, no obstante, las nanas hacían un excelente trabajo. Kyle, que cambiaba su rol de amoroso padre y ahora se ponía el disfraz de empresario, no dejaba de levantar suspiros en todas las damas con su elegante paso, su porte tan bien cuidado, casi 1.90 cm de estatura, su cabello castaño peinado hacia atrás, ayudado de un poco de gel, su rostro tan serio, la curva de su nariz perfecta. Su traje completo, costoso, pulcro, intimidante. Nadie pudiera imaginar siquiera que él también resultaba ser solo una marioneta.
***
Lala tenía las piernas arriba de los cabestrillos en el consultorio del doctor, vestía apenas una odiosa bata blanca, no tenía pantaletas, se encontraba a merced de lo que desearan hacerle. Lloraba sin llanto, solo eran lágrimas que salían de sus ojos cansados y resignados. La puerta se abrió y ella apretó los párpados tan fuerte como pudo, el pudor no la dejaba saber quién la iba a ver en tan profunda intimidad.
—No temas niña, esto va a ser muy rápido. —Al escuchar que era una voz femenina, abrió de nuevo los ojos—. No tienes de que preocuparte.
La prueba de virginidad tendría que hacérsele llegar al futuro esposo, para que así iniciaran los preparativos de la boda. No se quería solo especular que la novia era pura, se necesitaba la certeza, que el novio también comprobaría después. Lala quería vomitar. Todo aquello era solo el intercambio de su vida, como si se tratara de una res, o una gallina. Divagó en sus pensamientos, las monjas siempre le decían que Dios no cerraba una puerta sin abrir una ventana, no obstante, ella estaba metida en un cubo sin ninguna de las dos opciones.
—Ya está —dijo la doctora, sonriente—. Todo está bien.
Lala no sintió alivio, pese a eso, una amargura enorme la invadió, ya que su camino resultaba tan incierto como oscuro. Bajó las piernas lentamente, la otra mujer le hablaba mil cosas que ella no entendía, solo entendió que se podía comprobar que estaba intacta.
La dejó sola para permitir que se vistiera. La jovencita dobló las rodillas hacia arriba, se abrazó a sus piernas todo lo que pudo dándose el consuelo que nadie más le proporcionaría. Estaba sola y sería entregada a un hombre como si se tratara de una ofrenda de sacrificio.
***
Fin capítulo 1