XXXIV Lala veía los instrumentos, las partituras; el hermoso y muy antiguo piano que hacía años no sentía la caricia de los dedos de alguien, pues ya estaba prohibido. Los cuadros ostentosos de personas que ella no conocía y que de seguro hacían parte de los Redmount más viejos, de seguro eran los ancianos de ese concejo espantoso. Aún vestía su pijama, se encontraba descompuesta, confundida. Estuvo a punto de prender fuego a la mansión principal, al Jardín de muerte, solo que no pensó que si lo hacía, no sería para nada diferente a esa abominable familia y se llevaría muchos inocentes en sus pisadas. Kaylan le contó todo y las lágrimas llegaron hasta la fina alfombra. Su esposo en realidad amaba a los hombres y ya le habían quitado a uno muy importante, colgándolo como una bandera de tr

