Solo fui consciente del desgarro de su voz y como ese mini cuerpecito rubio corría desesperada hacia mí. Al abrazarla la niña solo lloraba, en silencio yo también lo hacía, mientras me aferraba a ella, por fin volví a casa. Malditas estupideces las que me hicieron perder el rumbo. Al abrir los ojos vi cómo Betty daba media vuelta y se dirigía al interior de la gran casa, mis padres caminaban en mi dirección, Catalina, la señora Samanta, la abuela Rochi, la señora María y Paola lloraban. Cadie no me soltaba, mi hija se había aferrado a mí como si temiera que me fuera de nuevo, el problema era que ahora no podía decirle nada por qué no me iba a creer, debía reconstruir tantas cosas. —Hijo… Perdóname mi amor. —Tranquila mamá, el único culpable, aquí soy yo. —Dijiste algo sensato. —Papá

