capitulo 2

1846 Words
Como siempre le ocurría cuando pensaba en ello, sintió cómo le daba un vuelco el estómago. Habría mantenido su parte del pacto si hubiera podido, pero el destino se había interpuesto. Como una tonta, habría ido a recibirlo, por si acaso él había decido regresar. Pero se habían desatado los incendios en los montes, había ocurrido lo de su padre, la angustiosa época que había pasado en el hospital. Y después… Después había sufrido una grave crisis de identidad. Pero Massimo no sabía nada de aquello. Reunió todo su coraje y abrió la puerta de la sala de conferencias. La sala parecía estar repleta. Stiletto no tenía tantos miembros en su plantilla, sólo seis en la editorial, más dos asistentes a tiempo parcial, pero era extraño verlos a todos reunidos. Junto con el personal de publicidad y los encargados de ventas y producción, sumaban casi veinte personas. Divisó una silla vacía y se apresuró a sentarse tan silenciosamente como pudo. Todo el mundo estaba muy atento. En ausencia de Bill, Cinta, la encargada de ventas y marketing, se había ofrecido a representar a la empresa. Más sinuosa que nunca vestida con un ceñido traje, estaba dando un caluroso discurso de bienvenida al nuevo equipo que iba a dirigirles. Massimo… Al verlo, se le aceleró el corazón. Estaba sentado a un lado del atril junto a la que Cinta presentó como Donatuila Capelli, una sofisticada ejecutiva de Scala de Nueva York. Deseó que Masdimo no se hubiera percatado de que había llegado tarde y se alegró de haber decidido arreglarse, aunque las botas que llevaba la estaban matando… Durante unos segundos Massimo se quedó paralizado, tras lo que respiró profundamente para intentar tranquilizarse. Era ella. La mujer que había llegado tarde era Mérida Phillips. El mismo pelo rubio que recordaba, aunque mucho más largo, su gracia, su esbelta figura… Ninguna otra mujer que hubiera entrado jamás en una sala había tenido aquel efecto sobre él. Se giró levemente hacia la derecha y observó cómo Mérida cruzaba las piernas al relajarse en la silla. Las largas y hermosas piernas que recordaba estaban parcialmente cubiertas por botas que lograban captar la atención en sus suaves rodillas. Sexy, muy sexy. Sintió cómo su compostura profesional se veía alterada y cómo se excitaba. Ella había tenido el descaro de llegar tarde. No sabía qué era el respeto. Massimo giró la cabeza y vio una perfecta mano apoyada en una rodilla. Sabía que si giraba la cabeza aún más podría ver la cara de Madsimo. Lo hizo y vio que él estaba frunciendo el ceño mientras miraba al suelo. Incluso desde aquella distancia podía ver claramente que seguíamanteniendo las mismas densas y oscuras pestañas y que conservaba la belleza de sus clásicas facciones. Parecía más serio de lo que había esperado, pero ante algo que Donatuila Capelli dijo levantó la mirada y esbozó una educada sonrisa, sonrisa que provocó que ella sintiera que todos los músculos de su cuerpo se alteraban. Observó que seguía teniendo los mismos maravillosos ojos, tan expresivos y sofisticados como hacía seis años. Ignorando que tenía el pulso acelerado, se quedó sentada muy rígida en su silla. Massimo no le afectaba. Había dejado de hacerlo hacía mucho tiempo… Era el hombre que se había despedido de ella con un beso para después casarse con otra persona. Pero cuando él se levantó y dio un pequeño discurso con su preciosa voz con acento italiano, recordó por qué se había enamorado de él, recordó por qué había perdido la cabeza de aquella manera. Se preguntó si la habría visto… Massimo miró a las personas reunidas en la sala de conferencias, pero evitó la última fila y a la rubia que había dejado una profunda huella en su alma. En circunstancias normales era un administrador muy tolerante. Cuando le enviaban para hacerse cargo de la adquisición de una empresa y lograr que volviera a ser competente, lo que acostumbraba hacer era asegurarles a los empleados su puesto de trabajo, ofrecerles un aumento de sueldo y una mejora en sus condiciones de trabajo. Pero desafortunadamente había algunas situaciones en la vida en las que un hombre se veía obligado a demostrar su autoridad. Aquella actitud irreverente que tenían algunos australianos, aquella tranquilidad, debía ser analizada. Y la arrogancia que habían mostrado algunos empleados de aquella triste empresa debía desaparecer por completo. Iba a hacerles temblar un poco mientras les mostraba la frágil situación en la que se encontraban. No iba a haber peleles trabajando para Scala Enterprises. –Prepárense para algunos cambios importantes. Al principio Merida apenas oyó las palabras que atemorizaron por completo a sus colegas. En la sala se respiraba cierta tensión, pero estaba demasiado absorta analizando a su examante como para darse cuenta de nada. Cuando lo miró a la cara se sintió embargada por una dolorosa sensación y tuvo que forzarse a contener las lágrimas. Su corazón estaba muy comprometido con él. El Massimo que tenía delante era incluso más sexy que el que había coqueteado con ella y le había hecho sentir la mujer más sexy del mundo tantos años atrás. Si juzgaba el buen aspecto que tenía era obvio que cuidaba mucho su alta figura. Calculó que tendría alrededor de treinta y cinco años, mientras que ella tenía sólo veintisiete. Era todo un hombre de negocios que parecía estar mucho más centrado que cuando lo había conocido. Era todo un marchese. Uno cuyo dulce tono de voz podía dejar clara la dura realidad. Dejó de prestarle atención a su sexy acento italiano y se concentró en las palabras que estaba diciendo. Con cada frase que añadía saltaba una alarma, que creaba un gran impacto a los presentes en la sala, cuya preocupación se hacía palpable. Incluso la serena Chiara lo miró en varias ocasiones con el ceño fruncido. –Han fracasado como empresa –acusó él en un momento dado–. Y yo pretendo rescatarlos, por muy doloroso que pueda llegar a ser. A finales de la semana que viene la señora Capelli y yo acudiremos a la Convención Internacional del Libro, en Bangkok, como delegados. Antes de marcharnos habremos reorganizado Stiletto Publishing. Entonces estarán en el camino de transformar una empresa aislada en una importante compañía parte de una organización global. Obviamente todos requerirán cierta reeducación. Algunos incluso deberán emplear su tiempo libre. Una gran inquietud se apoderó de los presentes, pero Massimo continuó hablando con una inexorable tranquilidad. –Cada proyecto editorial será analizado con microscopio, así como también lo será cada empleo. De aquéllos que mantengan su puesto de trabajo espero dedicación. Así mismo se espera lo mejor de las personas que forman parte de Scala Enterprises. Y esto se aplica a todo: a los proyectos personales, a los plazos que hay que cumplir, a la puntualidad… Y me refiero a la puntualidad en todos los aspectos: a la llegada al trabajo, al regresar de los descansos, al asistir a reuniones… Sintiéndose muy culpable, Merida se echó para atrás en la silla mientras observaba como él miraba a cada empleado a la cara. Cuando posó sus ojos en ella, muy acalorada, no sintió ningún cambio en su expresión. Parecía no haberla reconocido. Parecía no querer verla. –Creo que debería advertirles… –añadió Massimo con una letal suavidad– no soporto la impuntualidad. No me gusta que me hagan esperar. En Scala no se permite la debilidad humana. Exigimos que nuestros empleados cumplan con sus obligaciones. Durante los siguientes días la señora Capelli y yo nos veremos con cada uno de ustedes. Prepárense para defender el derecho a mantener sus puestos de trabajo. Los empleados de Stiletto Publishing se quedaron muy impresionados ante aquello. A continuación Massimo les agradeció a todos su atención y les pidió que se marcharan. Merida se levantó y se dirigió a la puerta de la sala junto a sus compañeros. Pero una vez fuera se detuvo al plantearse si no debía hablar con Massimo, si no debía romper el hielo. Volvió a entrar en la sala de conferencias, pero él ya se había marchado, sin duda con mucha prisa de empezar la sangría. Vaciló durante un segundo. Se planteó si sería inteligente interrumpirle en aquel momento. Parecía tan eficiente y distante que quizá no fuera la mejor ocasión para reavivar su antigua relación. Aunque tal vez fuera útil por lo menos informarle de su presencia. Lo último que quería era darle la impresión de que estaba nerviosa por algo. Pensando en aquello y con el pulso muy acelerado, se dirigió al que había sido el despacho de Bill. La puerta estaba cerrada, probablemente por primera vez en su historia. Se quedó allí de pie durante unos segundos mientras respiraba profundamente. Era una mujer valiente, fuerte. Era madre. Ignorando lo acelerado que tenía el corazón, levantó el puño y llamó. Estaba a punto de intentarlo de nuevo cuando Chiara apareció por una esquina y se acercó a ella a toda prisa. –¿Quieres algo? –le preguntó, dirigiéndole una fría mirada. –He… he venido a ver a Massimo. –Para ti el señor Lambardo, cariño. ¿Cómo te llamas? –Merida –contestó ella, indicando la puerta del despacho–. ¿Está él…? –No, no está –la interrumpió Chiara–. Y te sugiero que vuelvas a tu mesa y esperes tu turno. El señor Lambardo te recibirá, al igual que a todo el mundo –añadió justo antes de abrir la puerta del despacho y entrar dentro. Merida observó cómo Chiara le cerraba la puerta prácticamente en su cara y sintió cierta indignación. Se planteó que tal vez había sido un error intentar hablar con Massimo en privado. Estaba a punto de marcharse cuando la puerta se abrió de nuevo y Massimo salió del despacho. La miró fijamente a los ojos. Aturdida, ella pensó que había olvidado lo bien que olía. Su masculina fragancia la embargó. –Oh, Massimo –dijo–. Simplemente pensé en venir a… saludarte. Algo brilló en los ojos de él, que durante una fracción de segundo esbozó una mueca. Entonces se echó a un lado y le indicó que entrara al despacho. Al entrar, Merida vio que habían colocado otro escritorio junto al de Bill, que era enorme. Chiara Mancini estaba sentada allí mientras analizaba una gruesa carpeta. Massimo la miró y sujetó la puerta abierta. –Chiara, por favor, discúlpanos. Tardaremos un segundo. Ella se marchó entonces del despacho, no sin antes dirigirle la Merida una abrasadora mirada. Él cerró la puerta y ambos se quedaron a solas. De nuevo. Mérida había olvidado lo intensamente magnético que era el italiano. Era algo más profundo que sus preciosos ojos oscuros y dura belleza masculina. Tenía algo que la atraía de manera visceral. Debía controlarse ya que Massimo estaba casado. Pero su cuerpo no comprendía razones. Sus sentidos, sus instintos, su parte más femenina se sentían extremadamente atraídos hacia él. Sabía que no podía esperar que la besara, había pasado mucho tiempo y estaba casado, pero cada célula de su cuerpo estaba deseando lanzarse a sus brazos.
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