capitulo 3

1812 Words
–¿Sí? –preguntó entonces Massimo con una fría cortesía–. ¿Necesitas algo? Ansiosa, ella realizó un movimiento involuntario para tocarlo. Consternada, vio como él apartaba la mano… discreta pero firmemente. –Te-te acuerdas de mí, ¿verdad? Merida… –Vagamente. Nos conocimos en la Convención Internacional del Libro, aquí en Sídney, ¿no es así? –respondió Massimo, mirándola con frialdad a los ojos para a continuación comprobar la hora en su reloj–. ¿Puedo ayudarte? ¿Quieres algo en particular? Impresionada, ella se quedó mirándolo fijamente durante un momento, tras lo que negó con la cabeza. –Bueno, no. Sólo quería… saludarte. –Realmente no tengo tiempo para recordar viejos tiempos –contestó él, exasperado–. Estoy seguro de que lo comprendes… tenemos una agenda muy apretada. Así que… a no ser que haya algo específico… –No, no hay nada específico –respondió Merida, impactada–. Nada que merezca la pena mencionar. Si-siento mucho haber interrumpido tu trabajo. Se marchó de aquel despacho esbozando una fría y orgullosa sonrisa… aunque nunca antes se había sentido más humillada. Una vez a solas en su despacho, Massimo pensó que Merida se había merecido aquel rechazo. No comprendía cómo había tenido la poca vergüenza de presentarse en su despacho y reclamarlo como amigo. Pero se preguntó por qué tenía que parecer tan… Le dio un vuelco el estómago. Era simplemente una rubia más. El mundo estaba repleto de rubias bellas. Aunque si no… si no la hubiera mirado a los ojos… ***** En el despacho de Merida, sus compañeros estaban muy agitados. –¡Que no se permite la debilidad humana! ¿Lo habéis oído? ¡Vaya estupidez! –¿Habéis visto sus ojos? ¿Cómo puede ser alguien tan caliente y heladoramente frío al mismo tiempo? –Caliente, cruel y despiadado. Sólo tenéis que mirarle la boca. Oh… –comentó una joven del despacho– esa boca… Merida se sentó en silencio en su escritorio mientras los demás intercambiaban opiniones. Intentó asimilar que el nuevo y frío Massimo no sentía nada por ella, ni siquiera amistad. Aun así, se sentía ridículamente afectada ante todo lo que decían de él. –Supongo que debíamos haber esperado algo así –dijo Kirsten, la jefa del despacho–. Scala no es precisamente una empresa dedicada a la caridad. Tal vez incluso nos venga bien un poco de organización. Y supongo que todos podemos defender nuestros puestos, ¿no os parece? Y, de todas maneras, ese tipo no estará por aquí mucho tiempo. No podrá descubrir nuestros encantos. Merida intentó con todas sus fuerzas que la expresión de su cara no reveMerida nada. ¿Qué dirían sus compañeros si descubrieran que Massimo ya había descubierto sus encantos? Recordaba aquella suite del Seasons como uno de los lugares sagrados de Sídney. Jamás olvidaría la última tarde que habían pasado juntos. Antes de haber conocido a Massimo, jamás había estado en un hotel realmente caro. Él se había alojado en una preciosa suite con unas vistas espectaculares a la bahía. Ella había temido el amanecer de aquel día con cada poro de su cuerpo. Había sido el más bonito y el más duro. Cada segundo había sido precioso y cada momento agridulce. El adiós había estado demasiado cerca. Había hecho todo lo que había podido para ocultar lo angustiada que estaba. Después de comer Massimo la había llevado a su habitación; le había dicho que para reflexionar sobre las cosas. Allí había servido champán y habían brindado. Antes de que ella hubiera podido beberse su copa, él se la había quitado de las manos con delicadeza y la había dejado sobre una mesa. Entonces la había mirado a los ojos con intensidad, tras lo que la había comenzado a desnudar. Una vez desnuda, la había llevado a su cama… Había sido maravilloso. Tan sincero y conmovedor. Fue uno de sus encuentros sexuales más apasionados. Después, tumbada a su lado en la cama mientras le acariciaba en cuerpo con ternura, reunió todo su coraje. –Sabes, Massimo… –había comenzado a decir con voz temblorosa– te echaré de menos. Desearía que no tuvieras que marcharte. Él había guardado silencio durante lo que pareció una eternidad. –Tengo que marcharme –había dicho finalmente con un profundo tono de voz–. Yo también he estado pensando, tesoro, y quería proponerte algo. ¿Por qué no vienes conmigo? –¿Qué? –había contestado Merida, impresionada–. ¿Te refieres a… América? –Claro, a América, ¿por qué no? Te encantaría. Es sólo por unos meses. Cuando termine el semestre regreso a Italia. Y puedes venir a casa conmigo. Ella no respondió de inmediato. Pensó en sus padres, en su trabajo, en el hecho de que se embarcaría en una gran aventura con un hombre que apenas conocía. Le resultó emocionante y aterrador al mismo tiempo. –Seríamos… una pareja –había añadido Massimo. Emocionada, Merida había pensado que había encontrado al hombre de su vida. Un hombre increíblemente bello y fantástico. Un hombre culto con el que podía hablar. Un hombre con el que podía compartir los secretos de su alma. Pero su parte racional le había hecho plantearse qué tipo de compromiso estaba ofreciendo realmente él y qué habría querido decir con la palabra pareja. ¿Amantes? ¿Compañeros? –Vaya –había contestado–. Eso sería… maravilloso. Estoy abrumada, sinceramente, Massimo. Me siento honrada. –Honrada –había repetido él con un extraño brillo reflejado en los ojos. Ella se había angustiado al pensar que lo había herido. –¿Es ésta tu manera de decir que no, tesoro? –había preguntado Massimo con una gran dignidad. –No, no –se había apresurado Merida a asegurar–. En absoluto. Es sólo que… Bueno, ya sabes… ha sido tan…repentino. Necesito unos minutos para asimilarlo. Pero… espera. No tengo pasaporte –añadió, aliviada ante aquella perfecta excusa para retrasar su decisión. Pero él frunció el ceño y negó con la cabeza como si aquel pequeño obstáculo no supusiera ningún problema en el mundo civilizado del que procedía. –Puedo cambiar mi vuelo –sugirió–. Podemos organizarlo para que tengas el pasaporte en veinticuatro horas. En aquel momento a ella se le ocurrió la idea del pacto. La prueba de amor. –Está bien. No, espera. Mira, tengo una idea… Massimo, cariño… –dijo. Jamás se había referido a él de aquella manera–. Todo ha ocurrido muy rápido. Tal vez… tal vez deberíamos darnos la oportunidad de estar seguros de que estamos haciendo lo correcto. –¿No estás segura de querer estar conmigo? –respondió él. –Lo estoy. Claro que sí. Pero me gustaría tener un poco de tiempo para organizarme. Ya sabes, tendría que despedirme de mi madre y de mi padre… y avisar en el trabajo. Y quizá tú también tengas que pensar en ello. Si nos damos un poco de tiempo para pensar…podríamos hacer algo como lo que hicieron en aquella película. ¿Has visto alguna vez Algo para recordar, con Cary Grant y Deborah Kerr? Massimo no había visto aquel clásico ni le entusiasmaba la idea de separarse de Merida unas semanas. Pero, con reservas, había accedido. Ella había sido muy joven y había creído sinceramente que era lo correcto. Lo inteligente. Si su marchese se hubiera encontrado con ella en lo alto del Centrepoint Tower de Sídney seis semanas después, se habría sentido como en el cielo. Pero tristemente había resultado que su instinto había sido acertado. Aunque ella hubiera sido capaz de llegar al Centrepoint Tower a las cuatro de la tarde de aquel fatídico miércoles, Massimo no habría estado allí. Y lo sabía porque había descubierto que durante todo el tiempo que había estado seduciéndola, su novia había estado en Italia preparando la boda de ambos. Había averiguado todo aquello después. Pero en ocasiones sentía cierto desasosiego al pensar que tal vez él había volado hasta Sídney sólo para descubrir que ella no se había presentado a su cita. Aunque siempre racionalizaba su miedo y se aseguraba a sí misma que no lo habría hecho. Cuando había visto la noticia de su boda en la revista que había estado ojeando en la consulta del doctor, el mundo se le había venido encima y se había dado cuenta de lo tonta que había sido; había estado ansiosa por acudir a su cita con Massimo en la torre y lo habría hecho si no hubiera sido por el cruel destino… –Oye, cariño, despierta –dijo Josh, el compañero que tenía justo enfrente–. ¿Qué crees que quiso decir con eso de que tal vez tengamos que emplear nuestro tiempo libre? –¡De ninguna manera lo haré! –espetó Merida–. ¿Qué pasaría con Anthonela? –No tienes que preocuparte. Dile que tienes una pequeña boca que alimentar y él mirará tus grandes ojos azules y se derretirá. A los italianos les encantan los niños. –¿Tú crees? –respondió ella, sintiendo que se alteraba por dentro–. ¿Dónde has oído eso? –Es cierto. Los italianos verdaderos, los que son de Italia, sienten adoración por la familia. Lo sé porque leí un artículo al respecto el mes pasado en Alpha –explicó Josh. Merida también había leído aquello sobre los italianos. El espanto que les causaban las familias rotas y que los niños crecieran sin ambos progenitores. Se planteó si le hablaría a Massimo de Anthonela. Sabía que él tenía derecho a conocer la existencia de su hija, pero le asustaba mucho la posibilidad de que fuera uno de aquellos hombres que robaban a sus hijos y se los llevaban del país. Su pequeña Anthonela no era ningún árbol que poder trasplantar a Londres o Venecia. Tenía cinco años y todo lo que conocía era Newtown, su abuela, su colegio, el parque… Tras la reacción que Massimo había tenido ante ella aquella mañana, tenía que decidir qué contarle y cómo hacerlo. Las entrevistas comenzaron tras el descanso matutino y la gente salía del despacho de los nuevos gerentes con expresión de preocupación, indignados por algo que había dicho Chiara o comentando lo siniestro que era Massimo. Lo aterrador que era. Lo guapo que era. –Oh, Dios mío, ¿has visto sus ojos? –dijo alguien, susurrando–. Tiene unas pestañas larguísimas. –Y su voz –respondió otra persona–. Ese acento. Es como de Londres mezclado con italiano, ¿verdad? –No es un acento ordinario italiano. Es siciliano. En un momento dado comenzó a correr el rumor de que David, de finanzas, había sido despedido. Merida esperó el momento de su entrevista muy angustiada, contemplando las cosas que le diría al extraño que era el padre de su hija…
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