capitulo 4

1897 Words
Beryl asomó la cabeza por la puerta del despacho de Massimo. –Perdóneme, señor Vincenti, los constructores han llegado. Él le dio las gracias, le dijo a Tuila que se tomara un descanso y se levantó para enseñarle al arquitecto las oficinas. Discutió con éste el diseño de las salas mientras los demás hombres tomaban medidas. Explicó que con la distribución que había en aquel momento los despachos estaban muy abarrotados. Parecía que todo el mundo había salido a comer, pero repentinamente vio una cabeza rubia agachada sobre la máquina de café de los empleados. Volvió a sentir que le faltaba el aire… Observó cómo Merida Meadows se giraba para responder sonriendo a uno de los constructores. Un intenso deseo se apoderó de él. Se apartó a un lado para dejar de observar la tentación que ella representaba y escuchó con atención lo que le explicaba el arquitecto… mientras luchaba contra las llamaradas que le estaban recorriendo por dentro. Necesitaba disciplina. No podía negar que la presencia de Merida lo había alterado muchísimo, pero iba a tener que controlarse. Mientras regresaba a su despacho tras haber terminado de hablar con el arquitecto, pensó que no tenía por qué ser difícil. Debía mantenerla apartada de sí hasta que se acostumbrara a la idea de volver a verla. Debía evitar oír su voz, oler su perfume… No debía permitir que su encantadora risa le afectara. Debía cancelar la entrevista con ella. No tenía deseo alguno de volver a estar a solas con ella… ¿o sí? Según iba avanzando la tarde, Merida se sintió cada vez más nerviosa. Todo el mundo de su departamento había realizado su entrevista, todos menos ella. Incluso habían comenzado a llamar a gente de otros departamentos. Se preguntó si Massimo estaría haciéndole esperar a propósito. Tal vez quería que se quedara hasta más tarde de las cinco para compensar por haber llegado tarde por la mañana. Pero su madre estaría esperándola con Anthonela, ansiosa por poder acudir a su clase de oboe. Se planteó si sería correcto hacer partícipe a Massimo de la vida de su hija. Ni siquiera sabía si le gustaban los niños y sería terrible hacerlo si resultaba una mala influencia. Pensó en la esposa de él, que se convertiría en madrastra de Anthonela, y se sintió horrorizada al recordar la mala imagen de las madrastras. Tal vez incluso el matrimonio Vincenti tuviera hijos, hijos que sentirían cierto rechazo ante una hermana sorpresa. Quizá incluso el mismo Massimo sintiera lo mismo. Después de todo, el mundo estaba repleto de hombres que tenían hijos de anteriores relaciones, hijos por los que sentían una completa indiferencia. Aunque, en realidad, una situación como aquélla podría ser lo mejor para Anthonela y ella. Alteraría menos sus vidas. No habría conflictos, ni expectativas, ni recriminaciones. Cuando faltaban trece minutos para las cinco, Merida dejó de esperar que la llamaran para su entrevista. Se quitó las botas que llevaba puestas para descansar los pies un rato antes de la caminata hasta la parada de autobús. Pero a las cinco menos once minutos una figura alta y atractiva apareció en la puerta del despacho. Todos sus compañeros guardaron silencio repentinamente. Ella levantó la vista y se encontró con la mirada de Massimo. Sintió cómo la adrenalina le recorría el cuerpo. –Merida –dijo él–. ¿Puedes venir? Durante un segundo ella se quedó allí paralizada por la espectacular oscura mirada de Massimo. Entonces, como un ser dominado por una fuerza irresistible, se levantó. Al hacerlo, sintió cómo él le miraba las piernas. Se ruborizó al darse cuenta de que sus pies estaban cubiertos sólo por un par de medias. –Vaya –farfulló, agarrando sus botas a toda prisa. Se sentó de nuevo para ponérselas y sintió cómo Massimo la miraba fijamente. Por alguna razón que desconocía, sintió una gran excitación. Pensó que él podía disfrutar de la visión de sus pies casi desnudos. Era lo más cercano que llegaría jamás a volver a ver cualquier parte de su cuerpo desnuda. ***** Por segunda vez aquel día, Massimo abrió la puerta de su despacho y le indicó a Merida que entrara. Ella entró con mucho cuidado de no tocarlo. Aun así, sintió cómo se le ponía el vello de punta. Se sintió aliviada al comprobar que Chiara no estaba. Habían colocado unos cuantos sillones junto a la ventana para las entrevistas. Tras lo que había ocurrido aquella mañana, esperó a ser invitada a sentarse, pero él se quedó de pie durante un momento mientras la analizaba con la mirada y esbozaba una dura mueca. A pesar de su determinación, cuando Massimo bajó la mirada de su boca a sus pechos, sintió que un intenso cosquilleo le recorría el cuerpo… acompañado de una gran excitación. Un tenso silencio se apoderó entonces de la situación y se sintió forzada a romperlo. –Massimo… –Te has dejado el pelo más largo –la interrumpió él en voz baja–. Por lo demás, no has cambiado. –Sí, ahora lo llevo más largo. Massimo sonrió y sus profundos ojos oscuros reflejaron una gran calidez y el encanto que Merida había conocido hacía seis años. –Vas a tener que perdonarme. Todavía estoy un poco afectado por el jet lag. Los dos hemos cambiado. Por favor… –dijo él, indicándole una silla. Ella se sentó, aliviada al darse cuenta de que parecía que Massimo se acordaba de su persona y de que todavía seguía siendo el amable y cortés hombre que recordaba. Él se sentó a su vez en una silla delante de ella y abrió una carpeta con su nombre. Merida sintió que se le aceleraba el corazón y para controlar el temblor de las manos las entrelazó en su regazo. –No podía creérmelo cuando nos dijeron que serías tú el nuevo gerente –comentó. –¿No? ¿Te quedaste decepcionada? –quiso saber Massimo. –¿Decepcionada? Bueno, claro que no. Simplemente me… me… –¿Te pusiste algo nerviosa? No te preocupes, no tienes que defenderte. Esto será simplemente un asunto laboral –comentó él con cierta nota discordante. –No puedo quedarme mucho tiempo –dijo ella, mirando el reloj–. Hay alguien esperándome. –Ah –respondió Massimo, mirándola fijamente a los ojos–. No permitiremos que hagas esperar a nadie –añadió, esbozando una sarcástica mueca. Merida sintió cierta intranquilidad y se preguntó si él no habría dicho aquello con burla. Massimo bajó la mirada a la carpeta que tenía delante. Sintió un nudo en el estómago y pensó que naturalmente ella tendría a alguien esperando. Algún payaso ingenuo. En la carpeta de Merida no había nada de interés, aparte de una dirección en Newtown y un número de teléfono. No había indicación alguna de lo que había estado haciendo durante los anteriores seis años. Fuera quien fuera quien hubiera estado encargado de Recursos Humanos en aquella empresa de pacotilla, merecía ser despedido. Se quedó mirando la página, forzándose a no posar los ojos en Merida… aunque la imagen de ésta se había quedado grabada en su retina. Su cara seguía teniendo la misma belleza delicada. Seguro que había muchos estúpidos incapaces de contenerse ante el intenso color azul de sus ojos. Ella siempre tendría un hombre al lado. Aunque sabía que era un riesgo, se permitió mirarla de arriba abajo y sintió que se le aceleraba el pulso a pesar de su autocontrol. Tanto si lo quería como si no, la química que había entre ambos todavía era peligrosamente potente. Y estaba seguro de que ella también la sentía. Aparentemente parecía relajada, pero su postura denotaba cierta rigidez que sugería que sentía la carga eléctrica que se respiraba en el ambiente. Cuando lo miraba, sus pupilas estaban ligeramente dilatadas. –Veo que comenzaste a trabajar en esta empresa en febrero – comentó él. Merida pensó que la formalidad era la mejor opción, aunque su cuerpo no parecía estar de acuerdo. –Sí, efectivamente. A continuación contestó las preguntas que le hizo Massimo acerca de sus proyectos, cada vez más consciente de la química que había entre ambos. Sabía que no debía quedarse mirándolo, que no debía obsesionarse con aquel atractivo hombre como si todavía fuera suyo… aunque no pudo evitar percatarse de que no llevaba ningún anillo puesto. Se preguntó cuál sería la razón y qué habría sido de su esposa. Se planteó que tal vez ésta y él habían acordado no llevar alianzas. Pero no podía ser. Según la revista que había leído, Giulia Morello era un personaje público perteneciente a una pudiente familia y sería muy extraño que una esposa italiana permitiera que su marido no llevara alianza. Mientras Massimo le preguntaba por su trabajo, analizó su cara y recordó la manera en la que acostumbraba a besarla. Sintió una extraña sensación de posesión, como si todo su ser debiera pertenecerle a él. De inmediato se sintió avergonzada y pensó que ninguno de los dos tenía ningún derecho a sentirse de aquella manera, ya que Massimo estaba casado. –No aparecen otros trabajos editoriales anteriores a éste en tu ficha. ¿Qué otro trabajo has hecho que te cualificara para tu puesto actual? –quiso saber él, mirándola con gran intensidad. –Bueno, sobre todo trabajos de asistente personal. Y he estudiado mucha literatura… como tal vez recuerdes. Tras decir aquello Merida sonrió, pero Massimo evitó su sonrisa al bajar la mirada. Parecía que cualquier mención a su antigua relación estaba prohibida. Suponía que debía respetarlo, aunque pensó que tampoco había necesidad de tanta frialdad. Incluso… hostilidad… –Bill pensaba que merecía la pena darme una oportunidad con la lista de libros infantiles –se apresuró a decir para terminar con el tenso silencio que se había apoderado de la situación–. Él… –Le gustabas –interrumpió Massimo con la ironía reflejada en sus oscuros ojos. –Bueno, sí –respondió ella casi a la defensiva–. Supongo que sí. –Desde luego –dijo entonces él. Aunque lo hizo educadamente, no parecía un cumplido. Merida sintió como si el hombre que había conocido hacía seis años estuviera detrás de una barrera. En un esfuerzo por llegar a él, se echó hacia delante y sonrió. –Mira, Massimo… se me hace muy extraño hablar contigo así cuando ambos nos conocemos… nos conocimos tan bien. ¿Cómo… cómo has estado? –Creo que sería mejor si pudieras olvidar nuestra corta relación – contestó él, mirándola a los ojos–. Es algo del pasado. Lo que tengo que hacer ahora es reformar esta empresa para convertirla en un activo viable para Scala Enterprises. Prefiero centrarme en eso. Ella se apresuró a echarse para atrás. Se mordió el labio inferior hasta hacerse sangre. –Oh, está bien. Claro. Si-si es lo que quieres. Algo del pasado. Aquello era todo lo que significaba para Massimo. No comprendía por qué estaba siendo tan frío y se planteó si tal vez había oído algo sobre ella. O quizá era por algo del pasado. La posibilidad que en ocasiones se había planteado volvió a pasársele por la cabeza. Pero no podía ser. Él no podía haber vuelto a Sídney para encontrarse con ella porque nunca había tenido serias intenciones acerca de su relación. Al poco tiempo de haberse despedido de ella se había casado con otra mujer.
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