–Señor… ¿quieren tomar algo de postre? –Denos unos minutos para decidirnos –respondió Massimo. El muchacho asintió con la cabeza y Massimo, como si no hubiera ocurrido nada, le separó a Merida la silla para que se sentara, tras lo que se sentó él mismo en la suya. El camarero les entregó entonces las cartas de postre y se retiró a toda prisa. –Creo que deberíamos marcharnos –comentó ella, muy avergonzada. –¿Pero dónde? ¿Dónde deberíamos ir, tesoro? –respondió Massimo. –Bueno… supongo que a casa. –¿A tu casa? –¡Dios, no! –exclamó Merida, sintiendo cómo él le ponía una mano en la rodilla por debajo de la mesa. Se le revolucionó el corazón–. Quiero decir que eso sería… En realidad estaba pasándoselo tan bien que no quería que la velada terminara. Ir a su casa supondría un final demasi

