Desde niño él se sumergió en un mundo solitario y desconcertante, además de misterioso dadas las peculiares formas de jugar, de divertirse. Era solitario, egoísta, resultaba ser misterioso. Se trataba del muchacho a quien nadie quiere tener al lado en el asiento del colegio. Aquel con quien nadie quería jugar, siquiera hablar. Era capaz de engañar hasta a su propia madre, de hacerle trampas, de burlarse de su amor; por tan sólo dar un ejemplo de lo lejos que podía llegar en su maldad. Ya era un joven demasiado crecido para la edad que portaba. Un hirsutismo prematuro había anidado en su fisionomía y a un animal asemejaba, lo cual lo alejaba aún más de una mediana normalidad. Era en extremo alto, medía más del promedio que cualquier chico de su edad; eran casi dos metros, y aún le faltaba crecer. Pero lo que más denotaba de ese muchacho, resultaba ser el extremo cantinfleo congénito que utilizaba, ya que al referirse a algún tema por más banal e insignificante que fuese; expresaba un parafraseo sin sentido, contradiciéndose constantemente. Decía una cosa y al instante decía otra ajena a lo que ya había expresado, cosa que dificultaba a cualquiera, entenderle en lo más mínimo. Por ello su aislamiento, por ello su permanente soledad. Aprendió a jugar en solitario. A solas se entretenía, realmente era feliz a su modo.
Ya había celebrado sus diecisiete primaveras, y lo fofo se le acentuaba cada vez más. Ayudaba a esa peculiaridad, lo enorme de su panza y un mayúsculo mostacho que ya lucia; y que cubría casi la totalidad de su rostro desfigurado por una magna fealdad. Desviaba la boca cada vez que hablaba, y a cada instante lanzaba un endemoniado silbido que confundía a cualquier oyente que por desgracia estuviera cerca de ese ser despreciable. Vagaba permanentemente a diario sin saber qué hacer, con la maldad en su mente queriéndola verter en una distracción, y hacerle mal a quien fuese. Sus brazos y piernas era lo que más sobresalía de su humanidad, y lo hacía ver ese gigante espantoso y maléfico, quien iba y venía maquinando quién sabe qué maldad. Había nacido lejos del territorio patrio, y la mujer quien lo parió lo abandonó sin dar explicación a nadie. El padre lo llevó consigo a suelos nacionales, lo introdujo en su enorme residencia y no hizo mucho más por él. El chico estudió las primeras letras, y definitivamente comprendió, al igual que lo hizo el mundo entero; que no había nacido para aprender nada. Era cerrado su cerebro a las luces del saber. La insistencia del padre en que aprendiera algo, fue estéril y al cabo de muchísimos intentos, los guantes fueron arrojados lejos, muy lejos; con la única finalidad de no recogerlos jamás. Pasaba los días y las noches en su enorme casa. En ocasiones, se le veía salir y adentrarse muchos días en la casa de un vecino también huraño y de aspecto desagradable; quien le enseñaba locuras, le inducia maldades y le lavaba eso que en su cabeza reposaba casi sin uso, y que en el resto de los mortales se le denomina cerebro.
Regresaba a su casa creyendo que había aprendido lecciones fabulosas de manos de su barbudo y locuaz vecino, a quien medio mundo odiaba. Esas enseñanzas las reflejaba en su día a día, y eso acrecentaba más la ridícula imagen. Ese perfil que los que tenían la desgracia de conocerle, miraban cada vez que movía sus músculos para realizar algún acto medianamente humano. Y eran precisamente esos actos, los que denotaban una idiotez, la cual le había valido con sobradas razones, un apodo; constantemente le apodaban “Burro”, aunque él no sabía la causa, o se hacía el pendejo. Evidentemente ese individuo no había nacido así. Era enorme sí. Pesó más de cuatro kilogramos y sus medidas eran máximas. Fue su padre quien desde niño, le indujo a la vagancia y a la ignorancia, al regalarle un enorme autobús de juguete. Resultó ser precisamente ese instrumento, el cual usaba permanentemente, lo que lo aisló del mundo; y lo condujo irremediablemente, a los brazos de la ignorancia y de la brutalidad. Cuando el padre se apersonó a aquella honorable vecindad con su enorme hijo casi de arrastre, se hizo ver puritano y noble. Fue ese padre demoníaco, el artífice de una tragedia. Usaba un lenguaje convincente y firme, como si de un General copado de estrellas se tratase. Ofrecía su mano amiga a cada momento. Cayó muy bien a simple vista, y sus vecinos lo querían con crecido afecto, dada la nobleza que creían que poseía.
El padre visitaba a sus vecinos constantemente, sobre todo al barbudo, quien estaba más cercano. A todos ellos les ofrecía muchos obsequios. Tenía en su hogar muchas joyas y muchos bienes, los cuales encontró de manera casual, en el sótano de su enorme y lujosa residencia; guardados como un tesoro. Eran varios baúles extremadamente antiguos, sabrá Dios de que época; los cuales en una excavación fortuita, encontró en el corazón de su casa. Repentinamente se convirtió en un hombre sumamente rico. Esas riquezas él las repartía a manos llenas a los vecinos cercanos; y también a algunos lejanos, quienes alimentaban su egolatría. Aprovechando que ese ser miserable necesitaba sentirse adorado como un dios, los gobernantes oportunistas le proferían idolatrías y adulaciones, a cambio de esos regalos magníficos que usaban para embellecer sus casas y darse los gustos propios de magnates y reyes. En su casa había absolutamente de todo. De manera casual, en una ocasión que miraba el cielo desde su terraza; advirtió como volaban las palomas silvestres a su alrededor. Bellas palomas, con sus plumajes brillantes y sus gorjeos fabulosos. Parecían de alguna r**a exquisita. Las quiso para él. Colocó sus ojos en esas bellas aves. Eran únicas, magnánimas. Se prometió tenerlas para sí a todas. Con esa meta en su cabeza, colocó en su enorme patio muchas casitas colmadas de maravillas y comodidades para ellas. El ardid no tardó en surtir efecto, y casi de inmediato, las aves embrujadas por esos lujos ofrecidos a manos llenas; se hicieron presentes. Comenzaron tímidamente a llegar de una en una, y al cabo de varios días; ya pululaban en todos los rincones de ese inmenso patio colmado de maravillas para las ingenuas aves.
Él se les acercaba tratando de intimidar con ellas. Como respuesta, ellas volaban temerosas. La reacción de ese hombre, era vociferar insultos y maldiciones con intensidad. Se prometía con vehemencia, que las tendría a cualquier precio en su poder. Las quería a todas, era esa su tajante decisión. Lanzaba a diario las más variadas semillas en todo el patio y ellas, golosas, se alimentaban abundantemente. Sus plumajes resultaban ser cada vez más brillantes, y se les notaban nutridas y felices. Les colocaba frutas, agua en abundancia y nidos fabulosos para que procrearan libremente. Eran felices las palomas de manos de su benefactor. No fue rápido el proceso, pero al cabo de tantos regalos costosos; las inocentes aves se entregaron a las facilidades con las cuales sus alimentos se presentaban y además, recibían lujosas caricias. Llegaban seres especializados, y las acicalaban con majestuosidad. Eran felices todas ellas. Nada les costaba esfuerzo alguno. El “padre” fue construyendo una enorme jaula, la cual abarcaba todo su jardín. Las palomas ensimismadas, comiendo a cada instante casi hasta reventar. Por estar siempre jugueteando con sus lujos; no se percataban que a su alrededor, era construida una enorme prisión que les robaría sus libertades. Nunca se imaginaron, lo inútiles que en un mañana demasiado cercano, iban a resultar sus bellas alas. En efecto, al poco tiempo la enorme jaula se cerró de manera definitiva a su alrededor y así, sin más ni más; se atascaron sus libertades. La jaula les cercenaba sus vidas y sus esperanzas; pero ellas no apreciaban el significado de la libertad que acababan de perder, y por la cual sus antepasados combatieron enormemente en la larga carrera por la evolución; lidiando ferozmente contra sus depredadores naturales que eran muchos.
El tirano se sentaba en su trono en medio del patio, el cual ya permanecía cubierto por la inmensa jaula, y las palomas se extasiaban con su presencia. Les daba alimentos que colocaba en sus manos, y ellas le coqueteaban mientras comían abundantemente. Les regalaban sus gorjeos y bailaban para él. Lo adoraban. Lo idolatraban en extremo. Lo amaban, y en cada movimiento de las aves, se notaba un crecido orgullo por ese ser; quien definitivamente les había rescatado de los brazos del infortunio, el cual significaba el vagar por el mundo en busca de alimento y de agua. Sus alas crecían enormes y fuertes. Las usaban muy poco, ya que no les era necesario volar más allá de unos pocos metros para llegar hasta lo que necesitaban, y lo que les era regalado a borbotones. Eran bellas, eran inútiles a grandes zancadas.
El dominador las tenía muy contentas. Las tenía dominadas. Resultaban embelesadas con el embrujo de las dádivas, con el ensueño de lo que se obtiene sin esfuerzo. Pero ellas le restaban la importancia necesaria a ese dominio, eran felices de ese modo. Al mismo tiempo, el opresor sacaba constantemente las joyas, y las regalaba a montones. Sus benefactores se arrodillaban ante él, y su ego era así alimentado. A él le encantaba regalar aquello que había encontrado en el subsuelo de su casa. Con sus regalos, su vanidad crecía constantemente. Las casas de sus vecinos se transformaron, gracias a las enormes riquezas recibidas, en lujosas mansiones, y sus ocupantes eran felices de manera envidiable. Se educaban, y enfrentaban los desmanes de las enfermedades con armas fabulosas.
Ellos apreciaban la ayuda de su vecino, y no dudaban en piropearlo, en adularlo. No les costaba nada, comparado con las riquezas que recibían a manos llenas por tan insignificantes exigencias. Quien más se beneficiaba de esas regalías, resultaba ser su vecino barbudo. Significaba un personaje nefasto, el mismo quien tenía a su familia famélica en extremo, y se empecinaba en no dar su brazo a torcer y buscar remediar sus pasos equivocados. El viejo barbudo de repente, encontró en su camino a ese imbécil individuo que regalaba lo suyo y lo de su familia a cambio de espejitos brillantes, tal como lo hicieran los indígenas en un pasado, el cual se empecinaba en colarse en aquel presente, que pasaría nefastamente a la historia; como una nube negra en medio de un cielo perfectamente brillante. El poseedor de la despreciable barba, consideró magnifica la idea de regalar a su benefactor un par de perros endemoniados y rabiosos. Animales horripilantes como salidos de las entrañas mismas del infierno. Eran maléficos. Sus ojos reflejaban odio. Sus hocicos babeaban constantemente, y de ellos, unos colmillos también endemoniados sobresalían temerosamente. Un regalo, decía, para que cuidara a aquellas palomas que eran ya su propiedad privada.
El idiota los recibió con beneplácito, y de inmediato depositó en esas bestias un afecto crecido, y una confianza inmensurable. Le resultaron óptimos. Eran oportunos para la vigilia, para la protección no tanto de sus bienes que les parecían banales; sino para la suya. Además, los quería para mantener a su inmenso número de palomas sumisas, manejables. Los usaría para mantenerlas a rayas, por si se les ocurría abrir algún agujero por donde escapar de sus dominios. Las palomas empapadas de estupidez, producto de su ignorancia primero, del facilismo manifestado por su carcelero después y luego, por la abundancia de comida y agua; desestimaron la presencia de los diabólicos canes, y aunque al principio las atemorizaron y crearon en ellas desconcierto, se acostumbraron a su presencia y los miraban con respeto, temor y finalmente con indiferencia. Una que otra vez, alguna de las palomas se atrevía a volar más allá de unos pocos metros o trataba de ser el alfa del grupo. Bastaba con que uno de los endemoniados perros se pusiera de pie, y mostrara sus colmillos filosos y enormes, para que los humos bajaran de inmediato.
Así permaneció aquella enorme casa de patio inmenso, fabuloso y colmado de miles de palomas que enceguecidas por la facilidad con que tenían lo básico, eran abandonadas a una suerte funesta; en manos de un futuro mucho más funesto aún. Había abundancia, había facilismo; pululaba la ignorancia. Prevalecía el irrespeto hacia lo elemental. Aun así, las palomas se sentían felices. Sus mentes otrora genios y creadoras, eran atrofiadas a la libertad y a la autoestima necesaria para sentirse vivas. Ya la residencia aquella estaba hasta el tope de personas fieles y serviles, quienes de cuando en cuando, echaban manos de las riquezas de los baúles para sus fines personales, y el propietario se hacía de la vista gorda. Sólo les pedía un poco de lo que compraran con sus tesoros. Una minúscula parte de esas riquezas, eran invertidas en sus palomas, en la alimentación y acicalamiento de las mismas. Ellas estaban contentas, y eso era al fin de cuentas lo que importaba. Lo demás salía sobrando.
Era adorado el benefactor en su cuadra. Era recibido con enormes fiestas y banquetes, en cada casa que visitaba. Al fin y al cabo, aquellas lujosas celebraciones eran pagadas con su propio dinero. Y como corolario, dejaba mucho dinero de regalo en cada visita. Las sobras de esos banquetes las enviaban a sus dominadas y estúpidas palomas. Estupidez ésta, propiciada por la maravilla de no tener que esforzarse a diario para encontrar comida y agua. Ellas dilapidaban esas maravillas deliciosas que resultaban las sobras, y se limitaban a emparejarse día y noche y tener miles de pichones, los cuales colmaban aún más la inmensa prisión. Mientras tanto, aquel adefesio quiso extender su simpatía más allá de su vecindario, y comenzó su recorrido por barrios lejanos llevando, cual bacalao a cuesta, la inmensidad de la fortuna que había estado aguardando en el subsuelo de su enorme casa desde un tiempo inmemorable. Esa riqueza era malgastada a manos llenas en sitios no propicios; pero que aseguraban adoración, falso respeto y palabras adulonas, las cuales engrandecían un egocentrismo absurdo y espeluznante.
Mientras llevaba a cabo sus innumerables viajes alrededor de su mundo mágico, dejaba la gran casa al cuido a su ignorante “hijo”. Éste imitaba a su padre en todo. Ya a esas alturas de la historia era un ser macilento y enorme; pero vacío de inteligencia alguna. Obtenía todo cuanto se le antojara, con tan sólo pensarlo; y era eso lo que importaba, lo demás salía sobrando. Para eso su padre poseía inmensas riquezas que no eran suyas; pero igualmente las gastaba como si en realidad lo fuesen. Un día enfermó el padre. El entonces enfermo de muerte, no quería aceptarlo y se empecinaba en continuar un agreste camino, el cual quería que siguiera bajo su dominio. Era ya una figura fofa y desfigurada; pero sus porfiados pasos querían seguir y perpetuarse. La naturaleza llama, la naturaleza reclama lo suyo; aunque el padre expresaba constantemente que si ella se oponía, se la llevaría en los cachos. Según él, sus maquiavélicos planes empapados en perpetuidad no serían opacados ni por Dios.
Al final de un tiempo el padre, hinchado de pesares y con muchos dolores a cuesta, se refugió en la casa de su amigo barbudo y murió en sus brazos. Mientras entregaba su alma, una sonrisa sardónica se dibujaba en aquel rostro horripilante de maldades. Dejó su casa en manos de su idiota hijo, quien la manejaría como desde su infancia siempre manejó aquel ómnibus de juguete al cual consideró en una oportunidad, su más preciada posesión; su gran orgullo. Aquel juguete se había convertido en un insuperable tesoro, el mismo que se había encargado de alejarlo definitivamente de la inteligencia. Su brutalidad congénita era consecuencia, además de aquella desastrosa carga genética; del embrujo por el juego, y del hecho de no preocuparse en lo más mínimo por una educación, aunque fuese la más elemental.
Tan pronto recibió su herencia, lo primero que hizo fue gastar y gastar. Compró una jauría de perros feroces, para que trataran de aprender de los dos demonios que ya existían. Lo logró. Instaló cámaras secretas para vigilar los movimientos de las palomas constantemente. Sólo le preocupaba que ellas comieran y bebieran en abundancia, además de que se reprodujeran a borbotones, como siempre. De vez en cuando las soltaba, pero vigilaba que regresaran, so amenaza de desplumarlas vivas. Ellas obedecían como autómatas. Si no lo hacían, allí estaban los endemoniados perros que parecían fieras. Los mismos cumplían ciegamente las órdenes de su amo, y no vacilaban en torturar y vejar tan pronto eran dadas dichas disposiciones. El heredero del diablo también viajaba a cada instante, gastando y derrochando a manos llenas lo que no era suyo. Su barriga y papada crecían a grandes pasos. Con el transcurrir del tiempo se le notaba más alto, más fofo; más imbécil. Se casó con una mujer poco agraciada y ambiciosa en extremo. La llevaba a todos los sitios bailando y silbando como era ya su costumbre y, como herencia de su padre, era adorado por quienes seguían recibiendo los tesoros de aquella casa ya casi en ruinas.
En una ocasión, un grupo de pichones observaban desde sus nidos lo que ocurría alrededor. No entendían porque sus semejantes aceptaban aquellos vejámenes y aquellas torturas por, sencillamente, agua y comida. ¿Será que tenían sus alas sólo de adorno?, se preguntaban constantemente y lloraban, si, lloraban amargamente al observar el grado de dejadez que sus padres y vecinos ostentaban. No trataban de ser libres, superarse, sentirse útiles. Eran víctimas de un hipnotismo malvado y dantesco en extremo. Se empecinaban esas palomas en embelesarse por las miserias, las cuales ellas consideraban una maravilla. Lo tenían todo sin hacer el menor esfuerzo. Eso era lo que les importaba, lo demás estaba sobrando. Aquel hombre inútil había heredado de su padre, la idolatría que desde su infancia le inculcó hacia su vecino barbudo; y a cada instante se dirigía hacia sus brazos en procura de luces, de enseñanzas, de aquellos consejos inútiles que de inmediato vertía en sus palomas. En poco tiempo, la casa era colmada de una gran cantidad de sirvientes fieles, quienes habían llegado desde la casa del vecino de barbas. Recibían a cambio de sus fieles servicios, una buena parte del casi agotado tesoro. Fueron desplazados los antiguos sirvientes por ser locales. Él los quería de lejanas tierras, sobre todo; de la isla de su amigo el barbudo. Aquellos usurpadores exigentes y malévolos, se apoderaron de a casa; parecían más bien sus dueños. El vecino tutor de la barba cubrió al imbécil grandulón de un sabio consejo. En virtud de que ya quedaba muy poco del tesoro, tenía que recortar lo que invertía en alimento para sus palomas. El bobalicón así lo hizo de inmediato. El cambio fue dramático.
Despuntaba el alba en aquella casa otrora colmada de riquezas, y las palomas se encontraron con una realidad detestable. Ya no había semillas por doquier, y el agua había desaparecido como por arte de magia. Cundió el pánico. Se inició el declive de una casa antes millonaria. Entonces estaba colmado de miseria el gran patio que alguna vez había albergado abundancia. El heredero del trono salía a cada rato, y les tiraba a las aves, un puñado de alimento. Ellas consideraban ese gesto, como una bendición. Contentas gritaban al unísono: “¡Qué bueno es él! Se dio cuenta que ya no tenemos nada que comer, y nos rescata de la muerte. ¡Qué bueno!”. Cada vez que lo veían, gritaban vítores y se arrodillaban a su alrededor. Como respuesta, el heredero les lanzaba una pírrica ración de semillas, las cuales devoraban golosas. No importaba que fuese insuficiente. La intención piadosa era lo importante, exclamaban tratando de justificar sus miserias. El bobo les cantaba y bailaba, junto a su espeluznante esposa para mantenerlas a raya. Si ellas no brincaban de alegría, no les lanzaba semillas. Las mansas aves sabían por instinto, que adularle era sinónimo de dadivas; por lo tanto, lo hacían gustosamente. Se notaba en la inmensa jaula, unas palomas esqueléticas, escuálidas, dadas a la humillación para obtener esas migajas donde antes había existido abundancia.
Ya casi ni se movían. No poseían agua ni comida como antes. Pasaban eternos los días, sin que llegara a ellas el alimento bendito ni el vital líquido. Las aves esperaban esperanzadoras, que se presentara por lo menos un emisario con unas pocas semillas. Cuando eso ocurría, estallaban en euforia agradeciendo el enorme gesto que significaban para sus ciegos ojos aquellas miserias. También les eran proporcionadas unas gotas de agua para mitigar la quemante sed. A diario morían muchas palomas de hambre, de sed; de olvido. Se mataban entre ellas por la comida. Sus plumas, antes brillantes, se caían de sus cuerpos debido a la gran inopia de la que eran presas. Muchos pichones morían sin siquiera abrir los ojos. Contrario a ello, el heredero engordaba cada vez más, al igual que sus sirvientes y sus vecinos. Ya el barbudo estaba reunido en el infierno con el padre, abrazados ambos a otros demonios no menos infernales. El barbudo también había dejado un heredero. El mismo continuó con la estela de sabios consejos. Con ellos procuraba que el pupilo apaciguara el hambre de las palomas. Del mismo modo recibía oportunos recomendaciones desde los barrios lejanos, con las cuales aprendía más crueldades. Con ellas oprimía aún mucho más, a sus ya destartaladas y famélicas aves. Milagrosamente, sin que nadie lo notara, algunas de ellas habían escapado; y ya estaban gordas lejos de aquel dominio. Habían burlado a los perros y las cámaras. El error fue corregido, se extremaron las medidas de dominio y opresión.
Cuando las valerosas palomas abandonaron inteligentemente la jaula, unos vecinos que casualmente pasaban por allí las contemplaron. Al verlas extremadamente flacas, desaliñadas, desplumadas y a punto de desaparecer; sintieron lástima de esas pobres criaturas, y les dieron de comer y beber. Esos vecinos se asomaron y contemplaron tristemente el panorama oscuro que envolvía a aquellas pobres aves. La compasión fue poderosa y quisieron ayudarles. No entendían porque ese ser que era su dueño, y que malgastaba dinero a manos llenas, las mantenía excesivamente descuidadas y hambrientas. Esos valiosos vecinos recolectaron muchas provisiones y agua, en procura de ayuda; pero al momento de querer traspasar los umbrales que significaban las altas paredes, para poder entregar esa gran ayuda a las pobres aves, los inmisericordes perros eran poseídos por mil demonios y enfurecidos; se abalanzaron sobre quienes habían osado entregar comida y agua. No hacía falta ninguna limosna, profería el endemoniado heredero. “Esa es comida podrida”. Gritaba. Llévense su comida y su agua, porqué mis palomas no la necesitan. Aquí en esta casa hay de todo, vociferaba aquel ser mezquino.
Una mañana cualquiera, un grupo de esas palomas, impulsadas por el hambre, la sed y el orgullo; quisieron protestar por aquella actitud miserable con la cual las torturaban. De nada les valió. De manera brutal, los perros se encargaron de ellas y las mataron. Eso las mantendría a rayas. La orden había sido obedecida de inmediato. Tenían que acabar con ese bochinche en menos de un “milímetro de segundo”, decía el ignorante. De ese modo invariable sucedían los días y los meses. Año tras año, las macilentas palomas clamaban la limosna que las mantenían medio vivas, y que dejaba tras de sí; una estela de ellas muertas o taradas por la falta de alimentación, y también por la falta de agua. La jaula las aprisionaba con fiereza. De vez en cuando, les lanzaban una ración de frutas podridas y de semillas rancias, y las palomas se sentían tontamente en la gloria; como agradecimiento, gorjeaban contentas a su benefactor. Un día cualquiera, el heredero se adentró a la alcoba donde permanecía aquel cofre, el cual alguna vez había lucido atestado de los más variados tesoros; y comprobó lastimosamente que estaban todos vacíos. Ya no existía nada. Se había esfumado aquella extrema riqueza. La causa de ello había sido su manía de regalar a manos llenas con el fin de mantener contentos a sus vecinos halagadores y adulantes. Tarde se dio cuenta de ello. Sintió temor el heredero, y de inmediato inició las visitas acostumbradas. Tocaba insistentemente las puertas, y nadie acudía a sus llamados lastimeros. Sólo se asomaban por las rendijas, y al ver que se trataba del ya venido a menos, le daban la espalda y se internaban en sus recamaras a extasiarse de los manjares procurados con los regalos, los cuales habían recibido del mentecato vecino de la casa que una vez fuera millonaria.
Aún quedaban varias neveras atestadas de ricos manjares. A diario se atragantaban el sucesor, su mujer y sus sirvientes con todo lo que podían meter en sus hocicos, olvidándose de las palomas que raquíticas, desemplumadas y reducidas en número; se morían en bandadas de hambre, sed y pesares. A diario sus cadáveres eran lanzados a los perros, los cuales, raquíticos también; los devoraban con lastimeros aullidos, denotando su desagrado ya que ellos no eran carroñeros. Era esa una realidad donde el dominio, la entrega y el conformismo; abrazaban a un grupo de seres entregados a los brazos del infortunio. Ya a los pocos días las neveras lucían vacías. Los golosos ocupantes de la ya miserable casa, lo habían devorado todo. Ya no existía nada, absolutamente nada.
Entre padre e hijo, se habían encargado de llevar la otrora casa millonaria a la más completa ruina. Sólo la destrucción y el caos existían, además de las famélicas y hambrientas palomas. Un pichón miraba indignado, y presa de la rabia esperó hacerse adulto para tratar de hacer algo por sus semejantes; quienes morían a borbotones de manera irremediable. Alguien tendría que hacer algo, aunque se le escapara la vida en el intento. Trató él de hacer que abrieran los ojos. Les explicó que sus actitudes conformistas le habían conducido a lo nefasto que ahora vivían. Se dieron cuenta de la locura que habían hecho, cuando lamentablemente ya era demasiado tarde.
El heredero en su desespero, al no tener que comer él y su familia; salió y miró al grupo de palomas famélicas. El hambre lo desesperaba. Una a una las palomas fueron devoradas por el grupo de desalmados quienes, cuales hienas, tragaban para subsistir; sin importarles lo que engullían. Eran así devoradas las pobres y raquíticas palomas, quienes habían sido engañadas con migajas desde un principio, y que resultaban entonces, la tabla de salvación del tirano heredero. El pichón ya había crecido, y era un palomo decidido. Él también estaba arropado de hambre, y del sinsabor de sentirse sin esperanzas y sin libertades. Pensó la manera de terminar con ese sufrimiento malvado, el cual se había adueñado de sus congéneres. Pensó de día y de noche, la manera de acabar con la maldad de ese ser detestable, quien hizo daño a tantos seres que él adoraba. Sabía que ese desgraciado no iba a descansar hasta acabar con todos. Se empecinó en hacer algo y juró descansar hasta lograrlo.
El heredero demoniaco se acostó a sus anchas a dormir, una noche luego de haber devorado a muchas de las palomas. Su barriga estaba atiborrada. No podía respirar de lo abultado que resultada esa prominente panza, dentro de la cual, las famélicas palomas habían ido a parar. Repentinamente algo sucedió para asombro del idiota. Unos retortijones se presentaron. Le dolía extremadamente la panza. Parecía que su barriga iba a estallar. Su abdomen creció sin parar, hasta que estalló cubriéndolo todo con los restos a medio digerir de las famélicas palomas. Tripas y excrementos se unían en aquella erupción diabólica. El miserable heredero aún vivía, y observaba incrédulo, como estallaba su ser de una manera inexplicable. Se llenó la habitación de plumas y de gorjeos. De en medio de esas entrañas miserables, surgió un ser gigante. Cual ave fénix, emergió de aquello que había eclosionado de ese ser nefasto. Era aquel palomo valiente, quien con su gran arrojo había aprendido a luchar.
Había devuelto a la vida a sus queridas compañeras plumíferas, y las liberaba de la maldad y la tiranía. Ellas devoraban lentamente las carnes malditas, mientras el tirano heredero se retorcía de dolor a cada picotazo que recibía. Con pasos seguros y triunfantes, el palomo valiente se dirigió a la cara del maligno ser, y de sendos picotazos le vació esos ojos que miraban incrédulos; mientras se le escapaba la maléfica vida, la cual había dedicado a la estupidez y que le había alcanzado para extender la maldad más allá de lo imaginable. Luego de devorar aquel costal de porquería, las aves que ya no eran las mismas pendejas palomitas de antes; se echaron a volar como las grandes triunfadoras que resultaron ser.