EL DIABÉTICO

4381 Words
Ya una retinopatía había anidado desde hacía muchos años en sus deslucidos ojos. Adivinaba literalmente lo que se presentaba delante de sí. Claro está, se ayudaba reconociendo las voces para saber qué persona se dirigía a él. Escuchaba tan claro, que era ese un eximio apoyo para de esa manera contrarrestar su inminente ceguera. Pero aún así, no podía evitar esa intensa luz la cual permanentemente estaba encendida sobre sí, y le taladraba los sentidos. Le asechaba a toda hora, y con pretensiones de volverlo loco. Por más que viraba su rostro en diferentes sentidos, esa luz fielmente le seguía para atormentarlo con mucha desfachatez, y con maestría exquisita. La luz se acercaba a él, se retiraba momentáneamente para volver con más furor y refregarle en la cara, lo imponente que ella era. Solía ser benévola por unos segundos, pero luego se resistía a su propia magnanimidad, para rematar con mucha más energía. Eso lo hacía constantemente, segundo a segundo en el odiado para él; lecho hospitalario de diabético agonizante. En ese momento, Zenaida (era el nombre que en su delirante soledad le había puesto a esa la luz recalcitrante y macabra), se aferraba con todas sus energías y le gritaba su poderío con mucha más intensidad que la utilizada desde que él llegó y alguien, para desgracia del diabético; la había dejado encendida por extrema negligencia.            Desde niño, recordaba, siempre había sido regordete. También rememoraba que permanecía constantemente con algo en sus manos que se pudiera comer, lo que fuera. No jugaba, no leía, estudiaba poco, siempre permanecía una negación en sus labios, excepto para llevar algo a su boca que consiguiera zamparse con una voracidad congénita. Al desayunar, pensaba en la merienda desde ya; Al merendar, se imaginaba la suculencia que traería consigo el mediodía de manos de su almuerzo. Era ese su gran delirio, un ensueño que no le dejaba pensar en otra cosa que no fuese comer, comer constantemente. Estando almorzando, deliraba por saber que habría dentro de su estuche escolar para devorar en el recreo y al hacer esto, pensaba desde ya, con hambre; que haría mamá de cenar y que podría llevar a hurtadillas debajo de su almohada para despachar cuando ella estuviese bajo el dominio de Morfeo. Siempre pensaba en Amanda, (el nombre que en su sempiterna soledad le había dado a la comida). Era esa su gran efusión poco disimulada, comer, el divino encanto que lo hacía subyugar para amedrentarlo vilmente cuando pasaran los años y entregarlo en bandeja de plata a los brazos de una endemoniada Diabetes Mellitus que lo devoraría lenta pero cruelmente, en complicidad de su endiablado descuido.              Adoraba a Mary (el refrigerador), quien permanecía siempre colmada de las suculencias que su madre, en maligna alianza, procuraba que nunca faltara nada de lo que a su “niño” le gustara, creyendo, en su obscurantismo; que complacía a su retoño quien a sus seis años pesaba considerablemente, y dibujaba desde ya un cuerpo excesivamente mofletudo y horriblemente amorfo. Evitaba correr, no podía hacerlo, salvo unos pocos metros; menguadísimos. Iniciaba una carrera que debería abandonar tan pronto la comenzaba, dada su gran incapacidad para lograr continuarla y menos aún, finalizarla; su robustez se lo impedía. Los pocos metros que ganaba en sus toscas andanzas, le dejaban una extenuación pasmosa y un padecimiento enorme en sus articulaciones. Era esa la causa de su andar era lánguido, como contrariando al viento y siempre rodeado de las risotadas de todos los demás impúberes y los no tan niños. Lo evadían, se burlaban de él, lo remedaban inmisericordemente. Él los ignoraba, ya que en realidad no tenía tiempo para ellos pensando siempre en su querida Amanda. Era ese su mundo, nada de lo que sucediera a su alrededor parecía importarle. Se aislaba de ese modo tan persistente el muchacho del resto del mundo, dedicado de manera exclusiva a pensar en la comida, en las golosinas y luego de pensar en ello, a comerlas.             Soportó hasta más no poder la hiperextensión que hizo de su cuello, tratando en vano de evadir la perniciosa luz que lo atolondraba. Al retornar de frente a ella, la encontró como renovada en sus ardores y con hambre de enceguecerle. Extendió su cuello hasta el lado contrario hallando con ello una ligera defensa contra Zenaida, o tal vez era esa su única distracción; mover lo poco que podía de su cuerpo para soslayar lo que sin antifaz alguno, día a día se acercaba a su decadencia. Respiró profundamente, al hacerlo sintió que le dolía completamente toda la humanidad. Una ardiente sensación calcinaba su garganta, y hacia que una gruesa secreción se apostara en su lengua; una mucosidad maniáticamente perniciosa, robusta, gruesa; tan así, que le resultaba supremamente difícil tragarla, provocándole de ese modo una conmoción extenuante de ahogo. De tanto fregarse para poder zampársela tratando de amainar su torturante sed, parecía que arrastraba hacia su esófago, una tonelada de arena que destrozaba todo a su paso y que, todo lo contrario, acentuaba su testaruda ganas de ingerir algo que se asemejara al vital líquido. La luminiscencia cada vez más porfiada, y la sed empedernida le quitaban a pellizcos impresionantes, fragmentos de vida.            Cada año, al crecer su edad, su madre le hacía un pastel de cumpleaños enorme. Sin invitados, la vela era soplada y devoraba lo que podía de ese manjar colmado de todo lo que acrecentaba su gordura y que le era supremamente exquisito. El resto de dicho pastel lo llevaba a la recámara para “lueguito”. No lo compartía ni con su progenitora. Crecía literalmente hacia los lados, ya que su estatura minúscula se oponía a su extenso grosor. Su cuello no se notaba, parecía al de una tortuga, colosalmente grueso. Eso sí, era cubierto de una permanente mancha tan oscura como una noche sin luna, y centenares de segmentos de tejido colgaban del mismo, lo que asemejaba a las garrapatas que cuelgan de algún perro supremamente infestado. Sus ingles denotaban las manchas del eterno roce. Era ese el primer aviso de un hiperinsulinismo ignorado con elegancia. Su cuerpo le gritaba el lento pero seguro andar hacia una muerte tormentosa.            Los muchos surcos en su piel le imposibilitaban un aseo efectivo a diario y regalaba gracias a ello, un vaho mareante que llegaba hasta las narices más lejanas. La pansa desde una temprana edad ya le caía flácidamente. Las mamas parecían las de una mujer grávida. Sus posaderas anchas eran copadas de miles de hoyuelos que asemejaban una cascara de naranja. Sus manos y pies eran contrariamente chicos y denotaban así, lo difícil que le era asir algo que no fuese Amanda, y caminar ligeramente. Pero él era feliz andando inevitablemente hacia ese destino fatal, el mismo que le aguardaba frotándose ambas manos de subyugante placer. Su padre huyo antes de que él naciera. Su madre se internó en una depresión bárbara, y se negó a amar a alguien que no fuera su retoño. La mejor manera que pensó idear para demostrarle su amor, era complacerlo en todo cuanto él le pedía, y ese todo era casi siempre comida. Recién nacido lactaba constantemente. Al momento del destete, le era puesta mucha leche y azúcar a su ansiado biberón, y la ablactación la hizo prematuramente con todo lo que ella se imaginaba que hacía feliz a su bebezote. La madre lo empujaba con delirio frenético hacia su futuro torturante y él, disfrutaba dejándose llevar. Así, sin mucha variación, llegó su adolescencia. A sus 15 años pesaba ya 92 kilogramos y seguía aumentando en peso, en grosor y en pecaminosa salud; ya que se quejaba de dolores constantes, de cansancio supremo y de mucha dificultad para respirar al mínimo esfuerzo. Su hálito resultaba un jadeo incesante, y los ronquidos al dormir parecían de ultratumba. La apnea del sueño intentó despacharlo de éste mundo en muchas ocasiones; pero lamentablemente la vida le tenía preparado algo no tan sencillo.           No estudió más allá de la primaria. Se cansó de ser el hazmerreir de sus contemporáneos en la escuela, y se adentró aún mucho más en su glotonería. Lo ayudó con perspicacia a internarse en su desgracia, lo pudiente que era su madre (obesa mórbida también), producto de una herencia dejada por un abuelo trabajador. Ella murió diabética y amputada de ambos miembros cuando él tenía 19 años, heredando de inmediato una vasta fortuna que dilapidaría en pocos años, comiendo y bebiendo de todo lo que podía imaginar y hasta lo que no. No invirtió nada de ese gran caudal de dinero para asegurar algo que vendría con el mañana. Gastaba a puños llenos en fritangas, en gaseosas y en muchas pendejadas. Luego llegarían los vicios de manos del tabaco y el licor. Su peso se acrecentaba, y lo hundía cada vez más en su empedernido andar hacia la atroz muerte que se acercaba. Madrugaba delirando de hambre. Sin siquiera cepillar sus dientes corría donde Mary. Ella lo complacía al dejar a su entera disposición las delicias que tenían toneladas de calorías, y que él despachaba directamente sin calentar nada siquiera; el horno de microondas era sólo un adorno. De inmediato ponía sobre la mesa algo para despachar a media mañana, toda vez que sacaba a descongelar lo que sería su almuerzo. Mientras hacía todo eso, masticaba uno que otro caramelo alternando con algún helado de lo que fuese.            En su detestable presente, alguien se acercó para su sorpresa con un frasco de solución salina en la mano, y cambió el que hacía siglos se había terminado. La bolsa colectora que se conectaba a la sonda vesical estaba casi que reventaba. Ya la cascada de orines casi se volvían a su origen, al no poder drenar ésta efectivamente debido a lo colmado que dicha bolsa receptora estaba. El pubis crecía apresurado, debido al globo vesical ya insoportable. El muñón de su otrora pierna izquierda ostentaba un excesivo prurito, producto de una deficiente irrigación sanguínea. La herida que recientemente había dejado su nueva amputación le dolía hasta los tuétanos, además de que manaba de la misma, un líquido amarillento y tibio que apestaba como un demonio. La calentura le catapultaba junto a la sed despiadada. El sufrimiento intolerable del reciente cercenamiento del que había sido víctima, las ganas de mear que le enloquecía y esa maldita luz que le castigaba inmisericorde; le apabullaban en demasía.            En lo que pudo haber sido la flor de su vida, llegó lo inequívoco de una enfermedad que desde hacía largo rato había anunciado sus delatores síntomas. Casualmente todos ellos iniciaban con una letra específica: polidipsia, poliuria, polifagia y pérdida de peso. Dormía poco, lo despertaba sin piedad alguna el hambre atroz y la incompasiva sed, aunado todo ello a una constante y abundante micción. Le dolía todo, por ello, su andar en la vida se convertía en un suplicio. No se movía ya, se dejaba llevar por la suerte que lo acercaba a su infortunio a pasos agigantados. La disnea era su eterna compañera. La llamó Aurora, y ella lo amaba tanto que se resistía a dejarlo solo. Muchos años antes, cuando se hizo por primera vez un chequeo médico, el galeno quedó boquiabierto. Las cifras del hemograma eran alarmantes y el perfil de lípidos denotaba que la alta concentración de grasa en su organismo, había taponado todo su sistema vascular, además de que sus vasos sanguíneos estaban perdiendo elasticidad. Las piernas se colmaron de várices, y se tornaron de un color oscuro en todo su haber. Se mareaba constantemente, el hambre lo acechaba, toda el agua del mundo no apagaba la sed de su garganta y la cantidad de orina que emitía era de padre y señor nuestro.           En la habitación del hospital a donde fue a parar por enésima vez, la luz atormentante lo abrazó sin ningún dejo de piedad. Esa vez, acribillándolo fervientemente. Él quería evitarla, pero eran cada vez más estériles sus esfuerzos, los cuales más bien lo colmaban de impotencia y rabia. Notó, ilusionado, que alguien sin hacer bulla se acercaba a él; pero como un resorte, dicha persona se alejó tal como había llegado. Quiso gritarle, quiso implorarle que le diese agua, que le quitara el dolor, que le ayudara a orinar, que apagara la luz endemoniada que se burlaba descaradamente de él; pero su voz era apagada antes de emerger siquiera, lo que le hacía rabiar para sus adentros en virtud de que ninguna alma caritativa acudía a aplacarle aquel tormento. El médico había sido muy tajante cuando leyó en aquella consulta decisiva, el análisis sanguíneo de glicemia. Este reportaba una cifra extremadamente elevada, casi incompatible con la vida. Le inyectaron de todo, le prohibieron de todo, le decretaron de todo; le dieron un nuevo nombre: “Diabético”. Hizo lo que le encomendaron al pie de la letra por diez días a lo sumo, luego mandó al diablo a todo aquello con médicos incluidos, y la insulina se volvió invisible dentro de Mary. Sin remordimiento alguno volvió a sus andanzas glotonas. Fumó como una prostituta encarcelada, y bebió de manera testaruda día tras día.            Le dolía todo, y de un día para otro su otrora peso excesivo, le abandonó en poco tiempo para hacerlo ver como un enjuto extremo. Tomaba agua como un extraviado en el desierto, y expelía orina aún en mucha más cantidad que el vital líquido que ingería. Destellos de luces de mil colores centellaban incesantes en sus miradas cada vez menos acertadas. Las cosas se iban apagando progresivamente y casi ciego estaba. Sus piernas monstruosas exteriorizaban una circulación poco efectiva, ya ambas eran moradas como un par de berenjenas. El pie izquierdo se cubrió de una ulcera enorme que se tornaba cada vez más profunda. Le dolía exageradamente. Se hacía cada vez más extensa y obscura. Él, con suma dificultad, la fregoteaba con sólo agua y ponía sobre ella un lienzo que otrora había sido blanco y limpio. Lo apretaba con sobrada fuerza, y con ello (con la poca circulación provocada) lograba un engañoso alivio. No calzaba nada en esa extremidad. Arrastraba sus pasos como un imbécil, y pasaba todo su tiempo tumbado en su catre comiendo, fumando y emborrachándose en demasía. El poco tiempo que dormía, lo hacía atormentado de dolor y de pesadillas macabras. Ya no escuchaba los eternos y crecidos conciertos de los grillos que lo acompañaban en manadas y que destruían a su paso, lo que el derroche de toda una vida había dejado. Se había acostumbrado a ese bullicio por no tener más alternativas.  Se comenzaron a apagar las luces a sus ojos, los sonidos los escuchaba distantes, casi imperceptibles. Dejó de importarle su propia vida, lo que lo condujo inevitablemente a su desgraciado final.            Cierto día bien de mañana, su desespero lo arrastró más allá del claustro que significaba desde hacia tiempo su casa. Arrastró sus pasos pesadamente por una calle despoblada a esa hora del día. El dolor de su pie era intenso, le amainaba su andar y sus energías se hacían minúsculas ante el menor esfuerzo y justo allí, se desplomó sin sentido ante la lúgubre y fría calzada. Resultaron los únicos testigos de su derrumbe, los arcaicos y duros adoquines que llevaban mil años soportando la rudeza del tiempo y la intemperie. Lo último que percibió de su vida, fueron los eternos destellos de luces que se acrecentaron con ávido entusiasmo, y un mareo loco que le quitó de manera descarada el equilibrio. En su caída sus manos no acudieron a resguardar su rostro, y éste dio de lleno con el asfalto que permanecía aún frio, lo que le robó la integridad de su piel. Trató en vano de contener sus esfínteres que, locos, se soltaron y exteriorizaron sus consecuencias embarrando totalmente sus escuálidas carnes. Nadie contempló su trastabillar, nadie se percató del zigzaguear estrepitoso de sus pasos. Mucho tiempo después quienes lo observaron tumbado en la vía pública, lo creyeron ebrio, por lo tanto lo abandonaron a su suerte sin denotar que era inminente su final, y que como samaritanos piadosos, pudieron acudir en su amparo.           Casi llegando al hospital le amputaron la pierna desde mucho más arriba de la rodilla, evitándole al mundo aquella suprema fetidez que él trató de esconder con el lienzo mugroso que procuraba contener una infección desastrosa, la cual se adentró mas allá de lo imaginable en manos de una miasis sin piedad. El muñón cicatrizó con dificultad, pero lo hizo. Le estabilizaron un poco la vida normalizando sus cifras de glicemia, las cuales producían el pésimo estado de su salud, acabando lenta y cruelmente con su vida pecaminosa. Permaneció casi un mes en un aposento que sintió excesivamente lúgubre, comiendo lo que consideraba basura, sin poder ingerir siquiera un sorbo de aguardiente y fumarse un pedazo de  cigarro botado a medio fumar; o apagado extrañamente por la fuerte y fría brisa. No regresó a casa al ser dado de alta en el nosocomio aquel a donde había ido a parar su desgastada humanidad por el descuido, el derroche, el vicio y la maligna Diabetes que lo consumía sin piedad alguna. Lo largaron cerca del hospital a sabiendas que a falta de sus extremidades y sin algún medio de apoyo, no llegaría lejos y en efecto no llegó. La caridad ajena le daba de comer. Sus orines y excrementos lo abandonaban sin ir muy lejos y él, y para colmo de males, estando invadido por la enajenación, los llamó Luis y Cristina respectivamente. Su locura lo hacía tomar con sus propias manos la caca, y lanzarla a quien pasara lo más cercano a él. Para desgracia de varios transeúntes, tenía muy buena puntería. El puñado de heces hacía blanco en los cuerpos, y el odio acompañado de obscenidades, se dejaban escuchar al unísono.             Poco a poco la soledad lo abrazó macabramente. Ningún transeúnte siquiera, un mendrugo de pan le alcanzaba a dar por temor a la mierda que llovía al menor intento de acercamiento. Con el tiempo ya no había heces que lanzar, y sus orines escaseaban al no beber un sorbo de agua. La lluvia llegaba como una bendición, y él calmaba su sed bebiendo de los charcos que se depositaban cercanos. Luego el frio lo atormentaba y las toses incesantes ataviadas de calenturas lo abrazaban de forma descomunal y macabra. Un charco de gruesa y pegajosa baba se depositaba a su lado, era la flema nacida de su pulmonía, consecuencia lógica de su infortunio.  Los gusanos se apersonaron a la única extremidad inferior que le quedaba, colmada de más ulceraciones infectadas y ya devoraban sus pocas carnes. Hasta sus pantorrillas se hicieron sentir las llagas, y el líquido amarillento y hediondo surgía al menor movimiento. Todo daba vuelta a su alrededor, las luces centelleantes se hacían cada vez más fuerte. La sed y el hambre le fulminaban, y el extenso dolor le hacía desear la muerte a cada instante en medio de unos sollozos los cuales él creía plegarias, debido a que nunca supo como rezar. Los paramédicos lo retornaron al hospital de donde había egresado hacia tres meses, y una piltrafa humana era aseada desde la distancia para poder hacer algo por ella. Nadie podía soportar la hedentina. Lo metieron al quirófano y mutilaron aun más esa desgastada humanidad. Sufría desde entonces más intensamente, aunque sin manar ese olor que provocaba náuseas hasta a un cerdo.            La amputación fue esa vez mucho más cruel. La falta de nutrientes por largo tiempo evitaba que la salud se acercara. Lo depositaron en una habitación enorme y tenebrosa. Llevaba un catéter trilumen asido a la subclavia derecha, y afianzado con un par de anudadas de seda gruesa dadas sin anestesia. Por su pene pendía una manguera tenue, pero que le destrozaba hasta la infinidad y era eso lo que dejaba escapar de sí sus orines incesantes, debido al gran caudal de líquido que le había sido introducido por el gran vaso sanguíneo. Su camino de regreso de la sala quirúrgica fue una completa odisea. Sólo alguien con demasiada paciencia quiso llevarlo a depositar a la habitación destinada para él, los demás, víctimas de sus atrocidades llenas de mierdas blandas y claro está; hediondas, se alejaban contrariando su ética. El diabético no miraba nada, se sentía cercenado totalmente. Sentía que no era nada. En realidad medio cuerpo le había arrebatado la diabetes, y seguía desafiándole; él se oponía con todas (y que) sus fuerzas. Gritaba a los cuatro vientos que quería ahora vivir, dar riendas sueltas a sus pocos intereses en la vida. Vivir, ser él, lograr de su vida, su gloria. Pero sabía que era ya demasiado tarde para ello, y estaba de eso seguro cuando palpaba las dos amputaciones que llevaba contra sí, como lo hizo  el pecador al contrariar lo dictaminado. A duras penas elevaba sus muñones al viento impío, pero eran apenas unos centímetros los que él imaginaba pasos gigantes y veloces. Las moscas se posaban sin ningún temor, y apostaban a la  deidad de un futuro que el pus ofrendaba a sus larvas; lo que les aseguraban de ese modo un futuro cierto.            Estaba en esa habitación hospitalaria que no daba más que cobijo a su desfalcado cuerpo. No se imaginaba el Diabético que lo peor apenas comenzaba, que su sufrir apenas lo tanteaba desde lejos, y le acariciaba con los brazos de medusas; los cuales depositaban venenos majestuosos en cada célula hasta donde se hacía presente con su maldad. Le dolía todo y sobremanera eso, lo que llegaba de su amputación, de aquel corte imperfecto que salió de unas manos poco prodigiosas de un aprendiz. Lloró por su desgracia. Si pudiera correría como pudo haberlo hecho cuando aún había tiempo. Lo mataba la vida arrastrándolo a su muerte necesaria. Las larvas de las moscas glotoneaban con sus carnes frescas, llegaban al tejido óseo y seguían al tuétano y aun así; querían más, mucho más. Habían llegado esas larvas a donde habían querido. Traspasaron el umbral de lo permitido, surcaron pasillos inmunizados; provocaron lo maligno. Llevaron de manos de sus arrastrados cuerpecillos, la septicemia temible y terrible a quien las carnes y la vida, evitaban por instinto; pero ella, airosa, llegaba porque llegaba dejando tras de sí, calentura suprema; titilar de un cuerpo, escalofríos, tintinear de dientes diáfanos y esmaltados ya de podredumbre; miseria y encima de eso, esa luz endemoniada que sin temor a represalias se intensificaba sobre el pobre Diabético para torturarlo sin compasión alguna. Lo mataba la sed. Quería solo una gota de agua. Se desvivía soñando y escuchando chorros de agua de ríos y manantiales los cuales no podían paliar su aterrante sed.            Nunca pensó aquel desdichado que alguien pudiese llegar a sufrir tanto. Jamás imaginó que para él, el infierno estaba rodeándolo aún estando con “vida”. Realmente estaba vivo, pero los rigores del sufrimiento que estaba padeciendo eran infernales, o presumiblemente aún peores. Se asemejaba aquel sufrimiento a lo descrito hacía varios siglos por un inmortal autor de una también inmortal obra, en la cual describió poéticamente al infierno. Realmente lo que estaba experimentando el Diabético era sumamente dantesco. Llegaba el dolor a su alma, le dolía todo, sobre todo el recién llegado muñón plagado ya de pus y de gusanos; los cuales ya se incrustaban en su fosa ilíaca para desbordarse a toda su humanidad, la poca que le quedaba. Su garganta pedía agua, la reclamaba. Daría eso que ahora llamaba vida por una gota de agua, pero a cada intento de suplicar, su lengua se pegaba cada vez con más intensidad a su paladar debido a esa mescolanza que era su saliva pegajosa. Quería gritar y nada lograba. La enfermera llegaba, le olía desde la puerta y se marchaba sin ver que la bolsa podría estallar en cualquier momento sin poder evitarlo; pero por el grosor de sus paredes, se resistía a su cometido lo que enviaba la fuerza en reversa e impedía la micción forzada.  Temblaba, se sacudía su poco denotado cuerpo. Manejaba ese infierno que declaró desde niño, y que ahora enfrentaba sin  saber cómo desasirse del mismo. Estaba allí,  ataviado de un dolor sin límites, de otra pierna que no existía, que dejaba tras de sí una estela de pus, y las secuelas del don de ser Diabético. Las larvas bajaban y se depositaban en el orificio supraesternal y de allí (dada su cercanía), se adentraban a su boca y eran tragadas a la fuerza. Las larvas le invadían, le cubrían la cara, le llegaban al culo ya en su retroceder. Su azúcar estaba lejos, entonces estaba presente su amargo caminar hacia una muerte dura, inverosímil y odiosa.            Él pensó en Amanda y lo que Mary le guardaba dentro de sí, y gracias a su ferocidad le llamaba Ana, sabrá Dios por qué. Lo cierto era que estaba tragando sus gusanos, y llenando los espacios vacíos con lo áspero de un arenal. Además, persistía la fiebre que le llevaba al umbral de un temblor del demonio. Todo ello con una sed de padre y señor nuestro. Un dolor medular, una exagerada cagadera que se agregaba a su interminable desgracia; todo ello aunado a esa luz que le taladraba la vida. Él gritaba en silencio que ya no quería vivir. El dolor supremo le hizo volverse loco. Estaba loco, había sucumbido su atolondrado cerebro ente el dolor. Los gusanos taponaron su boca. Los mismos, apegados a la hediondez de sus carnes corrompidas, reclamaban materia nueva. Amanda lo llevaba con supremo engaño a los brazos de la muerte que lo aguardaba. De pronto sucedió el milagro. Quiso sentirse liberado de martirio y todo aquel material implacable que permanecía en su garganta cedió, sintió un gran alivio. Tragó y su garganta era limpia de esa pegajosa sustancia que era ya su saliva espesa. Ya no sentía dolor alguno. La fetidez de su pus dejó de sentirse. Ese olor era diáfano ya, y poco después desapareció. Se sintió extrañamente bien, sin un dejo de molestia, dolor, inclemencia y todo aquel desastre de pareceres que había experimentado durante tanto tiempo. Desde arriba podía mirar a su ser. Le daba la impresión de estar levitando. Su espíritu salía alegremente de su cuerpo, y se dejaba ir de la vida a la muerte. Sólo así esa luz lo dejó en paz para siempre en las tinieblas de la muerte. 
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