EL PROFANADOR
Mi infancia transcurrió escapándome de los distintos colegios hasta donde mi madre constantemente me llevaba, con la esperanza lejana de que recibiera mis luces. Siempre consideré que eran puras simplezas, todo cuanto hablaban las maestras en las escuelas; majaderías que de nada me servirían en la vida, pensaba erróneamente. Por esa razón, me pareció más interesante meterme de lleno en el mundo de la diversión, jugando aunque fuese solo. Nunca conocí a mi padre, mi madre tenía poco contacto con sus hijos, ya que se la pasaba todo el día metida de lleno en el lavandero, baldeando un montón de ropa de medio mundo, corriendo constantemente en todas direcciones tratando, en vano; de contener a la muchachera que se había encargado de parir. Las veces que comíamos lo hacíamos verdaderamente para no morirnos de hambre. Era horrible llevar esos trozos de podredumbre a la boca. Significaba precaria una vida rodeada de infortunios hasta donde se le mirara.
Cuando contaba doce años, ya éramos ocho los muchachos que llevábamos la misma sangre de esa mujer guerrera. Ella nunca nos hablaba de nuestro padre, puesto que nos tuvo a todos con un hombre diferente. Ella no hacía referencia alguna al respecto, y nosotros ni pendiente de averiguarlo. Cada vez nos iba peor, era más abundante la ropa cada día en el lavandero frente a mi madre, y cada vez menos lo que le pagaban. No podíamos comer todos al mismo tiempo. Nunca había entendido por qué el solo hecho de vivir resultaba tan apremiante. Pero luego, al sentir la terrible racha de sinsabores que toda la familia padecía, comprendí que sí era posible. Eso me llamó a la reflexión. Quise sentirme útil, quise dejar de ser una carga más. Por eso, me empeciné en la constante búsqueda de hacer algo por algunas monedas. Lavaba carros, hacía mandados, correteaba cabras; cargada agua por muchísimas cuadras, limpiaba montes, descargaba camiones en el mercado; barría solares, en fin, hacía todo lo necesario con tal de coadyuvar en el sostenimiento de mi familia. Todo lo que ganaba, se lo llevaba a mi madre para que pudiera alimentar a su tropa. Sólo me quedaba con alguna moneda para un dulce que, provocativo, me guiñaba un ojo desde la tienda de la esquina.
Cuando tenía diecinueve años, ya éramos doce los vástagos y era más lo que se tenía que hacer diariamente para sobrevivir. Gracias a Dios que a mi madre, un médico piadoso le hizo la caridad de incapacitarla para la maternidad en el hospital donde acostumbraba parir. Cabíamos en la casa a duras penas. Nunca terminaba mi madre de trabajar, y la noche la agarraba victima extremada del agotamiento. Para que ella pudiera dormir en santa paz, me quedaba con la muchachera, contándoles ficciones inventadas por mí; ellos las escuchaban atentos. Era ese nuestro día a día, nuestra rutina, y como todo en la vida, ya estábamos acostumbrados a ella. Pasaba indetenible el tiempo, parsimonioso como siempre. Por esa época, la facultad de medicina estaba en su apogeo, y aunque sé que suena macabro y lo es, la demanda de partes óseas para el mejor entendimiento de la anatomía humana, me hizo escapar por las noches e invadir el cementerio cercano a nuestra morada; para surtir esas oscuras exigencias de los futuros galenos. Era buena la paga que obtenía, y hasta pude comprar madera y latas para hacer mi propia habitación a un lado de la casa. También mi propia hamaca tenía.
Esa noche, como tantas otras ya, esperé hasta que el último de mis hermanos se quedara dormido, y me escabullí sin que nadie lo notara. Busqué en mi “cuarto” los enseres de “trabajar”, y con ellos a cuesta, me encaminé rumbo a la necrópolis. El portón tenía muchos años inservible, lo que facilitaba mi acceso. Esa noche, la luna lo alumbraba todo. Varias parejas de gatos emparejándose, dejaban escapar sus quejidos como verdaderos llantos de niños. Se oían por doquier, eso le daba un toque de misterio al ambiente. Aquel tropel de felinos producía esa desagradable estela de sonidos, los cuales helaban la sangre y le ponía los pelos de punta al más valeroso. Caminé mucho esa noche. El viejo cementerio ya estaba en desuso, y carecía de custodio o algo que se le pareciera. El “cementerio viejo”, como le decía toda la gente. Las tumbas cercanas ya habían sido mancilladas debido a la fiebre ósea, por lo que tuve que caminar mucho entre tantas cruces y monumentos arcaicos, para lograr cumplir el último encargo, un cráneo; lo más difícil y también, lo más dispendioso. Si lograba coronar aunque fuesen dos de esas partes humanas, me sentiría dichoso, me daría por servido. Pero en el fondo, sabía que ello no sería una fácil tarea. Por lo tanto, no sentía cansancio alguno a la hora de recorrer enormes extensiones.
Serían a lo sumo las diez de la noche, y ya estaba yo frente a lo que sería mi objetivo ansiado. Se presentaba ante mí, ese grupo de tumbas cercanas a la pared limítrofe de aquel viejo camposanto. Un árbol indeterminado, bañado por la luz intensa de la luna, reflejaba figuras chuscas. Las estampas parecían ser seres fantasmales, los cuales se desvivían por vagar en esos parajes, aterrando a quienes pudiesen verlas. Pero ya yo estaba acostumbrado a establecerme en esos terribles predios abandonados, y eso que miraba no me quitaba la quietud. Aunque debo aclarar que los benditos sonidos gatunos, sí que me ponían sumamente nervioso. Saqué el pico y la pala, e inicié mi faena. Defraudado, comprobé lo débil del terreno, lo cual traduje en que alguien se había adelantado ya. No se podía determinar cuánto tiempo había transcurrido de ello, pero era verídico el hecho. Aún así, no amainé en mi cometido y proseguí en búsqueda de una rendidora profanación. Cuando toqué con la pala un objeto, el cual supuse que era un ataúd, me acerqué a retirar el resto de tierra del mismo y comprobé lo que temí desde un principio. Ya había sido abierto con anterioridad y dejado mal cerrado. Levanté la tapa y la soledad reinante en su interior me deslumbró. Sólo habían dejado unas cuantas costillas y una clavícula, además de varios huesecillos esparcidos.
Desilusionado me incorporé, no puedo negar que me sentí colérico por lo infructuoso de mi esfuerzo. Me iba a regresar a casa, pero el hecho de saber que en la misma había demasiada necesidad, y de que sería bien compensado si lograba la parte superior de un esqueleto humano; me hizo desistir de la idea y reanudé mi búsqueda. Era pues necesario, continuar caminando entre aquellas ruinas. Me dirigí al siguiente montículo, el cual ni siquiera una cruz tenía y hurgué para después de tanto arrojo, encontrar la escandalosa sorpresa de que ni el ataúd existía. Esa vez lloré de excesivo enfado. Decidido a marcharme a casa en espera de otro momento de mejor suerte, miré a mi derecha y en pleno rincón divisé, gracias al resplandor lunar; una tumba si se quiere algo rara, distinta a las demás. No tenía ningún trabajo específico, solo era una gran lámina de madera la que cubría a aquel destino final de algún hijo de Dios que allí descansaba, o tal vez, había descansado en santa paz. Para comprobar eso, definitivamente tendría que descubrirlo con mis propios ojos. En ese preciso sitio, extraño por demás, tenía puesta mis esperanzas de encontrar mi “tesoro”. Esa esperanza me dio el valor suficiente.
Caminé entre la tanta maleza hasta llegar al pie de la misma, y en la lápida hecha también con madera, intenté localizar un nombre y una fecha, en vano. El tiempo y la intemperie se habían encargado de borrar ese vestigio. Levanté con extrema facilidad la madera protectora, y dentro de la tumba había un ataúd de madera tan oscura como el ébano. Era amplísimo el espacio dentro del cual estaba este colocado, lo que me resultó en extremo extraño. Toqué la madera y comprobé lo suave que era. Me santigüé esperanzado. Con ello, pedía que se obrase el milagro de que en el interior, hubiese algo más apetecible al comercio que lo que había encontrado en mis anteriores intentos. La tapa del sarcófago no opuso resistencia alguna, y livianamente la levanté para quedar aterrado ante lo que a mis ojos llegaba. La menuda figura de un hombre colocado en posición fetal, estaba a mi entera vista y disposición. Esperé encontrarme con un esqueleto o por lo menos con algo de él. Nunca pensé que iba a divisar algo como lo que estaba observando; una figura humana completa. Comprobé ayudándome con mi candil, que ese ser que yacía en esa caja estaba íntegro a pesar de los muchos años que se suponía tenían aquellos difuntos que habían sido trasladados a esa última morada.
Era prácticamente un esqueleto forrado con una piel diáfana y de escuálidas carnes. Una barba inmensa se internaba en su rostro, lo cual me imposibilitaba determinarlo por completo. Su haraposo vestido no exteriorizaba un color definido. Ambas manos adentradas eran en sus entrepiernas. Unas babuchas sumamente deterioradas le cubrían ambos pies; pero lo que más me llamó la atención, fue una boina que se detectaba azul y que cubría una larga cabellera sumamente blanca. Era un ser hondamente extraño el que divisé dentro de aquel ataúd misterioso y arcaico, de negra y dura madera, trabajado con sobrado empeño. Pero más que extraño, me resultó imposible creer que aún estuviera íntegro. La naturaleza había olvidado hacer su trabajo. O resultaba que posiblemente, aquel cuerpo que había encontrado, habría sido sometido a una rigurosa faena de embalsamado. Fuese lo uno o fuese lo otro, resultaba una realidad y como tal, la iba a enfrentar; no había otra alternativa.
No imaginé jamás que un muerto no se descompusiera en el paso de tanto tiempo. Cada vez me sorprendían más las cosas con las cuales me enfrentaba en ese viejo camposanto. La menuda figura casi se tocaba las rodillas con el rostro, de lo acurrucada que estaba. Sentí mucha pena, y me invadió mi curiosidad congénita, quise saber de inmediato quien podía ser esa persona. La examiné visualmente palmo a palmo, y cada vez me sorprendía más. Parecía que estaba vivo. Era tan real. En infinidades de ocasiones había inventado muchos cuentos de momias para mis hermanos; pero nunca pensé estar frente a una verdadera. Una momia autentica. ¿Quién lo iba a decir? Sonaba harto ridículo, pero era la verdad. Se parecía a las momias de mis historias, las que hacían exasperar de miedo a mis hermanitos. No pude controlar el impulso de tocarlo, de verificar lo real de lo que se presentaba ante mis incrédulos ojos. Lo hice, y al contacto con mi mano, el menudo hombrecillo tembló extensamente. Di un salto instantáneo, y corrí velozmente sin percatarme de que había muchos obstáculos con los cuales tropezar. Lo hice y el contacto directo de mi cuerpo con una inmensa cruz de gruesa y dura madera, me hizo caer estrepitosamente. Sentí de inmediato un tibio líquido que bajaba por mi rostro desde mi arco supraciliar. Era mi sangre que salía apresurada por la brecha que me hice, al tratar de escapar de aquel tenebroso sitio en el cual me había enfrentado cara a cara con algo que aún no sabía qué carajo era.
Instintivamente cubrí mi herida con mi mano derecha, presionándola fuertemente para tratar de contener la sangre. Me incorporé de inmediato para continuar mi carrera, mi huida pavorosa. No había alcanzado más de veinte metros, cuando me detuve en seco, mirando tras de mis pasos. Renacía mi curiosidad vasta, por lo que regresé lentamente como no queriendo pisar. Y como quien no quiere la cosa, me acerqué nuevamente a la cuna de mi curiosidad reciente. Sin darme cuenta siquiera, mojé mi ropa cuando mi esfínter vesical cedió al contemplar lo que tenía frente a mis propias narices. Gracias a Dios que había defecado antes de salir. En este momento no quiero ni imaginar la tonelada de excrementos en mi ropa interior, embadurnando hasta mi pantalón, de no haberlo hecho. El menudo hombrecillo estaba en una posición diferente a como lo había descubierto minutos antes. Esa vez lucía decúbito dorsal, extendido cuan largo era. Se veía mucho más menudo que lo que pudo presenciarse en la primera vista que tuve de él. Dios mío, ¿qué era lo que estaba pasando? ¿Acaso me jugaba una pesada broma la noche aquella?, pensé. Con la finalidad suprema de verificar sus facciones, acerqué tanto la luz de la linterna que aún poseía en mi siniestra, al rostro de aquel lánguido ser, y de repente sus ojos se abrieron tanto; como si quisieran salir de sus órbitas. Aun hoy no sé qué fuerza mayor me hizo conservar la serenidad. Me quedé estático mientras esos enormes ojos me escrutaban ansiosos.
Eran cuatro ojos observándose mutuamente. Ningún movimiento emergía de nosotros. Era sólo una mirada álgida la que protagonizó uno de los momentos más enigmáticos de mi vida. Poco a poco aquel miramiento que ya parecía inmutable, se deshizo y sin poder creerlo, cuando bajé mi mirada, comprobé el vaivén de un tórax denunciando el acto respiratorio que denotaba la vida. Mis manos decidieron tocar. La adrenalina había forzado un coágulo en mi herida, lo cual imposibilitó que siguiera sangrando. Al contacto de mi piel con la suya, una voz tosca y grave emergió de ese silencio sepulcral. Al hablar, recibí un hálito desagradable al olfato. Imaginé que tenía mucho tiempo sin abrir la boca, ya que era magna aquella hediondez que brotó de la misma.
_ “¡Que no me vea el tirano señor! Escóndame.”
No entendí lo que querían decir esas palabras, pero eran dichas por aquel noble anciano sepultado, como una súplica. El muerto me pedía que lo escondiera. Mi aturdida razón casi me enloqueció. Supe reponerme a toda esa maraña de confusiones, y me acerqué aún mucho más a él. Momento aprovechado para que sus manos rodearan mi humanidad en un abrazo forzado. Un hedor más supremo aun, hizo que exteriorizara mis vísceras en un arrojo extenso. El anciano lloró aferrado a mí, y no hubo manera de separarme de él. Verdaderamente tuve que verme algo singular abrazado de esa manera tan rara a un muerto, el cual se resistía a la descomposición de sus carnes, y se aferraba de manera extraña a ellas. Parecían cosas de locos. En medio de un camposanto en desuso, casi a la media noche, socavando un sepulcro misterioso; estaba yo medio cagado, abrazado con un muerto que apestaba como él solo. Nadie que se extasiara de estar en su sano juicio, creería eso. Pero era real, y yo lo estaba viviendo.
_ “Escóndame se…señor, escóndame. No quiero que el General me lleve a la Rotunda otra vez.”
El muerto me abrazaba con su leve fuerza, y se aferraba a mí como su única esperanza. En ese gran momento de confusión extrema, me pedía una protección que yo no entendía. Estaba adentrada la madrugada y ya él permanecía sentado en su lecho de eterna muerte, y yo aún abrazado a sus dominios. Continuaba sin entender el porqué de mi actitud. Pude fácilmente desprenderme de ese abrazo paupérrimo, pero persistente con sólo una pequeña sacudida y largarme de esa pesadilla; pero no lo hice. Todo lo contrario, adaptado un poco mi olfato al hedor, sentí aquella innata necesidad de proteger, de protegerlo. Pero no sabía de qué general hablaba. Nunca imaginé que iría a parar a los predios de una historia terrible.
Transcurridos eran los momentos, y ya iba yo salteando tumbas y cruces con el muerto en mis brazos, mientras él aferrado aún con los suyos, me decía que lo escondiera del tirano. Llegué directamente a mi pieza y lo deposité tiernamente en mi hamaca. Él se separó de mí ayudándome con esa finalidad. La luz que se colaba por la puerta desde el exterior, me hizo verificar una tonelada de arrugas en esa piel arcaica, que forraba su esqueleto de punta a punta. Era muy viejo e insuperablemente enjuto. A ciencia cierta no pude calcular que edad podría tener. Me empecinaba en llamarlo muerto; pero realmente aún no sabía de que se trataba. No era un fantasma por supuesto. Nunca creí en ellos, además que de haberlo sido, no hubiese sentido su tacto como en efecto lo hice. Me tranquilicé entonces, y supuse que él mismo me iba a decir quién era.
Quise vivir mi experiencia a cabalidad con ese ser, y ayudarlo en un trance que sé que era poco conocido por alguien. Retiré sus alpargatas las cuales en sus tiempos mejores, tal vez fueron rojas. Comprobé que en sus menudos tobillos anidaban unas terribles cicatrices de lesiones hechas quien sabe con qué, porqué y por quien o quienes. Mientras se movía en la hamaca que atrapaba su frágil cuerpo cual nido, sus raídas ropas se desintegraban y revelaban un cuerpo que daba mucha lástima y una honda pena. Por primera vez desde ese encuentro, exterioricé mi voz. Inicié entonces, una plática con el más allá. Quien lo iba a creer. Evidentemente que ese encuentro sería mi más grande secreto. De lo contrario, si alguien se llegara a enterar, de seguro que iría a parar con todo y mis huesos, directamente al manicomio.
_ “Señor muerto, ¿Quién es usted?”
Apesadumbrado por mi pregunta, el “muerto” se sentó en la hamaca, y me gritó con su voz opaca y áspera.
_ “¡No soy ningún muerto!”
Reí tímidamente sin que el muerto lo percatara para no herir susceptibilidades, y le riposté tratando de calmarlo.
_ “Está bien. Está bien. No es usted ningún muerto.”
Decía mientras me dirigía a encender una fuente luminosa, con la finalidad de comprobar que era real lo que veía; que podía interactuar con un verdadero muerto. Sacaría miles de historias de esa vivencia para ser contadas (de seguro). El muerto ayudado por mí (me lo pidió con un gesto de desespero), se apeó del chinchorro que momentos antes lo contuviera, y completamente desnudo (solo mantenía su boina azul pegada al cuero cabelludo como si fuera parte de su propia humanidad) permitió que lo viese detenida y asombrosamente. Marcas macabras como de peinillazos se quedaron para siempre en su dorso. En la frente se avizoraba, ayudada por la luz, una cruenta cicatriz que denunciaba el sufrimiento que debieron ocasionarle en su momento. Supe luego, que en esa época una manera de torturar a los presos políticos era amarrarles un cordel alrededor de la cara, específicamente en la región frontal y apretar de él con la mayor intensidad posible hasta dejar al desgraciado sin sentido. Eso justificaba aquellas horrendas marcas. Igualmente poseía estampas de posibles quemaduras por toda su piel.
Pero lo que retornó mis náuseas, fue el hecho de que no existía m*****o viril alguno con sus respectivos testículos. En lugar de ellos, solo se dejaba ver una gran inflamación y un inmenso vacío, del cual brotaban estrepitosamente, montones de gusanos que se desintegraban antes de tocar el suelo. Eran constantes. Salían y salían a borbotones, pero de igual manera como se presentaban; desparecían de inmediato en la nada. A esa altura de la escena, lo miraba yo de soslayo, ataviado de una sorpresa máxima e irrepetible, la cual nunca olvidaré durante los años que tenga que vivir según el designio del Todopoderoso. Me dejé caer pesadamente sobre el piso de tierra de mi rudimentaria habitación, y el muerto se sentó desnudo como había quedado en mi hamaca, y sin dejar que moviera músculo alguno, me embistió de una manera singular. Sin “anestesia” alguna. En un rato cantaría el gallito de colores que había comprado meses antes, dado a lo que amaba a estas bellas aves, y esto significaba que faltaban más o menos dos horas y media para que despuntara el día. Me preparé para enfrentarme a sus preguntas deseando poder tener las respuestas a las mismas. Considerándome como era, un completo ignorante que apenas sabía leer, dudé que pudiera responder tan solo una de sus indagaciones. He allí su embestida contenida en una voz recia y sumamente varonil:
_ “Me llamo Hermenegildo. Mis allegados me mientan Merejo. Nací en una noche fría de 1.904. Venezuela estaba envainada por los puños destrozadores del Benemérito hijo de su madre.”
Al escuchar eso reí para mis adentros, pensando que además de muerto, estaba loco. Pero no dije nada, continué escuchando el parlamento que desde ese momento ni con el pensamiento interrumpí. El hombrecito (fue de ese modo como comencé a referirme a él, ya que le molestó que lo llamara muerto).
_ “Ese diablo envainó a su compadre y se quedó con el coroto. Malhaya sea. Se apoderó de Venezuela como si fuera suya, de él. Ese malnacido que llegó con engaños y traiciones al poder. Traicionó en mala hora a su compadre enfermo. Que vainas caray. Yo quería estudiar y ser alguien en la vida, pero así no se puede. No, no, no…. ¡Debe venir por ahí! (gritaba el muerto que ahora yo comprobaba que estaba más vivo que nunca. No sabía el porqué, ya que de una tumba provenía). Escóndame por favor. (Se escudaba en un silencio que quería ser eterno). Fueron muchas vejaciones, muchas pelas, bastante odio y mal vivir. Por eso me arreché en el año 1.928 y me tercié esta boina azul junto a varios compañeros de ese infortunio.”
Hacia un breve silencio para traer consigo, algo que detectaba en el aire de su pasado cual lengua bífida de serpiente, y de inmediato descubrió para mí, la historia terrible que le tocó vivir a mi amado país a principios del siglo XX, de manos de quien hizo honor a las primeras letras de su nombre: J.V.G. (Juro Vivir Gobernando). Hasta ahora, ha sido la dictadura más larga de la historia de Venezuela. Ese tipejo nació y murió, según, curiosamente en la misma fecha que el libertador, pero en distinto año, claro está.
_ “Ese coño e madre cerró mi casa de estudios. Habrase visto. Cerrada la Universidad Central de Venezuela y nosotros queriendo prosperar. No, no, no. ¡Escóndame del tirano! De ese desgraciado que nos jodió para siempre ¡No sé cómo, pero lo hizo! Me olfatearon sus demonios y encontraron mi cuerpo. Me arrastraron a esa pecaminosa cárcel que construyeron entre Soublette y Monagas. La maldita “Rotunda”. ¡No, no, la “Rotunda” no! Ahí me metieron y me jodieron para siempre. Me engrillaron hasta hacerme caer gusanos en los tobillos.
Me embarcaron en el cepo muchos días seguidos, para que delatara a mis amigos de lucha. No quise decir nada, ni lo haré en mis más de 100 años de joder. Me colgaban casi todos los días y me arrancaron toda mi hombría. Perdí hasta mis testículos por culpa de esos mal nacidos. Como no decía nada, me tumbaban largo a largo en un terrible lodazal muy hediondo, que me jodía hasta en mis más íntimas fibras. Cuando pensaba que moriría, me paraban a fuerza de palos y me metían corriente en las tetillas. ¡Maldito seas por siempre depravado!”
Yo estaba atónito escuchando lo que el viejito decía. Le pregunté algo tímido:
_ “¿Tú estás muerto?”
A lo que él mirándome fija y lánguidamente con ojos de otra vida me dijo:
_ “Que voy a estar muerto un carajo. Estoy es horrorizado por lo que un ser enfermo de poder es capaz de hacer con sus semejantes. Estoy apesadumbrado de comprobar que lo que dijo Simón en Angostura le entró por un oído y le salió por el otro. Como se llevaba en los cachos un diablo a quienes lo adversen. Y lo que me hicieron, lo practicaron con miles a diario. Mataron, torturaron diabólicamente. Me echaban pelas a diario. Sus secuaces doblaban sus machetes hasta donde no daba más y me pegaban por las costillas hasta que se cansaban. Me perforaba las sienes con su cuerda de mierda. Cuando se cansaron de torturarme me dejaron, sin huevo, sin bolas, comido a peinillas, magullada mi cabeza y podridos mis tobillos; en una pedregosa y jodida carretera que se iniciaba, para sacar de mí lo último que me quedaba, ya que me resistía a morir como una ofrenda hacia mi patria.
En las noches, cuando mi cara tocaba la frialdad del suelo, siendo invadido yo de una fiebre sin conciencia, pedía a Dios que me aliviara con la muerte. Hijo, lo que pedía a gritos suplicantes, llegó una mañana de febrero. Me volví invisible, o se cansaron de joderme, y corrí sin parar en la medida que mis pocas fuerzas me ayudaron. Escapé ayudado por el horror, por el miedo, pero por sobre todo; por tratar de huir de las torturas de la Rotunda. Me escondí en una tumba preparada para un rico que nunca enterraron en ella. Me alimenté de ese horror, acuclillándome cada vez más dentro de ese espacio donde me encontraste.
_ ¿Hijo, a cuánto estamos? ¿A donde he llegado de la mano del horror de esta maldita dictadura evitando que me atrapara la gente del General Juan Vicente Gómez?”. Yo le respondí.
_ “Señor, estamos en el año 2.020. Ese tipo desgraciado murió hace mucho tiempo.”
Lo que me dijo me dejó atónito.
_ “Si, en 1.935 para ser más exacto. Dios mío… ¡Escóndame señor se lo suplico!... No deje que ese desalmado me meta nuevamente en La Rotunda. No permita que me quiebre los tobillos con esas cadenas que abrazan mis carnes con una fuerza suprema, que deje escapar sobre mí, peinillazos cada vez que alguien le provoque, que me cuelguen. Todo eso lo soporté con estoicismo. Pero el motivo por el que me escondí 86 años no lo hice por mí, al fin y al cabo ya estaba cansado de vivir de esa forma, sufriendo y huyendo. Todo eso lo soporté, lo viví, lo hice y lo volvería a hacer por mi patria mil veces más. Lo hice por la Venezuela del mañana. Para que no caiga en las podridas manos de la tiranía.”
El sublime anciano debido a su supremo esfuerzo, desfalleció y se dejo caer en su tibio (mi tibio) regazo. En ese preciso instante llegó la mañana ante ese escenario inverosímil que hasta mí llegaba. ¿Dios mío, eso vivió Venezuela alguna vez? No podía creerlo. Nunca podría hacerlo. En vista que del cansancio, de los fuertes dolores que yacían en su haber, de lo molesto que debieron significar para Merejo la producción constantes de gusanos los cuales emergían de sí; me atreví a dejarlo solo para que descansara, y así lavar mi sueño un instante con agua depositada que se hacía fría a la fuerza.
Aproveché de tomar del café que ya se delataba en el fogón, y obviamente le llevaría una buena taza a mi amigo del alma. Como quién acababa de despertar, me colé a sabiendas de que mi madre nunca creyó ni creerá mis amanecidas dudosas. Aún así, callado, le di un beso y puse no una, sino dos tazas para recibir ese néctar de los dioses. Ella las colmó, sintiéndose satisfecha por el macho que había parido. Caminé excesivamente despacio, con la finalidad de evitar que el líquido se derramase y pudiera quemarme con él. Ya en mi pieza, coloqué la taza de café al lado de mi protegido para proceder a llamarlo. Nuevamente la sorpresa se apoderó de mí. No pude creerlo. No era una mala jugada de la vida, era real, estaba frente a mí. Dios, en mi hamaca no estaba él. Estaba un esqueleto diáfano, vestido sólo con una boina azul. Estaba un pequeño esqueleto completo. Entonces ¿con quién había estado hablando tanto tiempo? ¿Quién era ese hombrecito que emergió de su tumba para hacerme vivir el momento más misterioso de mi vida, y darme a conocer unos de los peores momentos vividos en Venezuela de manos de una cruenta dictadura? Se trató de un pobre esqueleto. El mismo que la noche anterior había llevado como un invitado de lujo, a dormir en mi hamaca nueva.