CAPITULO 55

817 Words
MARCO La observé en silencio durante varios segundos que se extendieron como minutos. Medí la desesperación en sus palabras, el amor tangible por esos niños que palpitaba bajo la capa de culpa y resistencia. Finalmente, asentí. Un movimiento lento, pensativo. —Conseguiré lo que necesitan. Comida, medicinas, abrigo. Para el mediodía estará aquí. Haré las llamadas yo mismo. —Hice una pausa, dejando que la promesa se asentara en el aire húmedo entre nosotros. Luego, continué, mi voz recuperando un tono más bajo, más urgente—. Pero a cambio… necesito una respuesta. No te pido que rompas votos, que traiciones confianzas sagradas. Sólo necesito una palabra. Una para saber por dónde empezar a cavar. —Me incliné ligeramente, asegurándome de que sólo ella pudiera oír la pregunta final—: ¿Está Dorian Martinelli detrás de esto? Sí o no. Valentina me miró fijamente. El mundo alrededor pareció desvanecerse: el humo, el frío, los murmullos de la escena. Sólo quedaba mi pregunta y el abismo que se abría al responder. Algo en ella se quebró. No fue una rendición visible, sino una tensión interna que cedió. Su mandíbula se tensó, un músculo palpité en su mejilla sucia. Respiró hondo, como si el aire le quemara los pulmones. Luego, muy despacio, casi imperceptiblemente, asintió. Una sola inclinación de cabeza. No fue un "sí" dicho, pero fue más elocuente que cualquier grito. —Si cumple lo que promete… —añadió— entonces… hablaremos. Incliné la cabeza a mi vez, un gesto de acuerdo y reconocimiento. No le quité los ojos de encima, estudiando cada microgesto de su rostro devastado. Ella sostuvo mi mirada un instante más, un último destello de esa fortaleza obstinada, antes de dar media vuelta definitivamente. Esta vez no se detuvo, atravesando el patio embarrado envuelta en su manto de sombras y ceniza, una figura patética y a la vez imborrablemente digna. No miró atrás. Cuando su silueta se perdió tras el ángulo de un muro aún en pie, Rinaldi, que había permanecido como una estatua observando el intercambio desde unos metros de distancia, se acercó. Su rostro, siempre compuesto, era ahora una máscara de escepticismo pétreo. —¿Sabes qué pienso, Bellini? —susurró—. Esa monja no tiene nada de santa, ni de ingenua. No respondí. Continuaba mirando el punto donde Valentina había desaparecido. Rinaldi continuó, con su tono bajando aún más, cargado de una advertencia lúgubre. —Esa carita de ángel, ese aire de mártir… será tu tumba si no tienes cuidado, Bellini. Lo que esa mujer esconde bajo ese camisón sucio y esos ojos de cierva acorralada… no es algo que vaya a confesar en un confesionario. —Hizo una pausa, escupiendo las palabras finales como si fueran veneno—. Es un demonio envuelto en pureza. Y si no la controlas, te va a arrastrar al infierno con ella. Ya lo está haciendo. Le di la espalda, cansado de su sermón. —Vámonos. Tenemos llamadas que hacer. —¿Llamadas? —preguntó, con escepticismo. —Sí. Para conseguir donaciones. Estos niños no tienen nada, Rinaldi. Nada. El peso en mi pecho no era nuevo, pero ahora era más concreto, más opresivo. La imagen del leve asentimiento de Valentina, ese reconocimiento mudo y aterrado, me quemaba en la mente. Rinaldi podía tener razón. Podía estar jugando con fuego de un tipo mucho más peligroso que el que había devorado el ala norte. Al subir al auto, el olor a humo impregnaba ya la tapicería. —¿Encontraste algo nuevo sobre Dorian Martinelli? —pregunté, arrancando el motor. Rinaldi se ajustó el cinturón con un gesto seco. —¿Nuevo? Nada concreto. Pero sí supe que los Di Santis lo persiguieron esa noche, hace seis meses. —Su mirada se volvió hacia mí, cargada de una idea incómoda—. Y si la monja también estuvo involucrada en esos sucesos... Si conectamos los puntos entre ellos dos para esa fecha, podríamos encontrar el hilo que nos lleve al porqué. Al porqué de las desgracias del orfanato, o al porqué Dorian adquirió esa propiedad de los Falconi a precio de saldo después del ... accidente. La idea era turbia, pero tenía lógica. Una lógica retorcida y peligrosa. —Entonces empecemos por interrogar a Osvaldo Falconi —dije. Rinaldi soltó una risa breve y amarga. —¡Claro! Le enviaré una invitación formal —dijo con sarcasmo—. A los leones nadie se les acerca, Bellini. Huelen a policía a un kilómetro y te destrozan. Hay que ser más inteligentes. Saber por dónde cazan. Miré por el espejo retrovisor. La silueta del orfanato herido se alejaba, pero la de Valentina, de pie en el barro, permanecía fija en mi mente, más nítida que la realidad. Rinaldi tenía razón en una cosa: estábamos entrando en una guarida de leones. Solo que aún no sabía de qué lado de los barrotes estaba cada uno.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD