MARCO
Descendí del auto, ajustando la gabardina arrugada que me pesaba en los hombros. El aire frío de la mañana olía a ceniza y desastre.
—¿Por qué no me sorprende estar de nuevo en este lugar? —comentó Rinaldi, saliendo del vehículo con su traje impecable, una mancha de orden perfecta en medio del caos.
Tenía razón. El orfanato, bajo la luz gris y húmeda del amanecer, parecía un animal herido y humeante. El ala norte era una herida negra y abierta. En el patio, el cuadro era de absoluta desolación: niños apilados bajo mantas sucias, monjas con los hábitos manchados de ceniza y barro moviéndose como sonámbulas. El olor a madera quemada y desesperanza lo impregnaba todo.
—¿Qué diablos ocurrió aquí? —pregunté, y mi voz grave arrastraba una fatiga que iba más allá de la noche sin dormir.
Un jefe de bomberos, con el rostro ennegrecido y la voz ronca por el humo, se acercó.
—Cortocircuito en el cuadro eléctrico viejo del ala norte. Estaba junto a archivos y cajas de papel... se desató el infierno. Esa instalación tenía décadas. —Hizo una pausa, escupiendo al suelo n***o—. Me pregunto por qué nunca hubo un incidente antes. Todos los cables estaban desnudos, desgastados.
—¿Daños?
—El almacén, la lavandería, la enfermería y la cocina. Todo reducido a carbón. Lo justo para paralizar este lugar.
El hombre se retiró. Rinaldi, con las manos en los bolsillos del abrigo, no apartaba los ojos de la fachada carbonizada.
—El incendio supo dónde empezar para causar el máximo daño posible —murmuró, su tono frío y calculador—. ¿No te parece... conveniente?
—¿Crees que alguien lo provocó?
—Más que seguro. Y es el mismo que envenenó a los niños. —Su mirada se volvió hacia mí, dura—. Y yo tengo a una sospechosa.
Con un gesto casi imperceptible de la barbilla, me señaló una figura inmóvil, apartada del grupo, de pie cerca de un montón de vigas chamuscadas. Valentina.
No llevaba el hábito, sólo un camisón claro, ahora irreconocible bajo las manchas de hollín y barro, rasgado en un costado. Su cabello suelto caía sobre sus hombros en mechones enmarañados. Pero no era su aspecto lo que nos llamó la atención. Era su postura. Rígida, fija. Había algo en la forma en que clavaba la mirada en las ruinas, algo que se parecía demasiado a la culpa... o a la certeza de una tragedia anunciada.
—Sigues equivocándote —dije, sin mucha convicción—. Ella me dijo que sabía quién lo había hecho.
—¿Y le crees? —Rinaldi esbozó una sonrisa fría—. Si lo sabe, ¿por qué no lo dice? La defiendes porque te gusta, Bellini. Te ciega.
—¡No! Claro que no... —La protesta sonó débil incluso para mis propios oídos—. Es que no puede ser ella.
—¿Cuánto quieres apostar a que fue la primera en dar la alarma, como la vez pasada? Eso no la hace inocente. La hace sospechosa número uno. ¡Sí!
—Hablaré con ella. Tú toma declaraciones a los demás.
Me acerqué a ella despacio, mis botas hundiéndose en el barro frío.
—Hermana Valentina.
—Detective Bellini —respondió sin volverse. Su voz era un eco cansado—. Supongo que esta nueva desgracia no le parece extraña.
—Es justo lo que pensaba. ¿Cómo sucedió?
—No tengo idea. Desperté sobresaltada, sentí un olor extraño... me asomé al pasillo y pude verlo. Las llamas ya subían por las paredes.
—Dicen que fue un cortocircuito. Pasaremos a revisar el lugar y...
—Encontrará evidencias —me interrumpió, volviéndose por fin. Sus ojos, normalmente claros, estaban velados por el humo y algo más profundo—. Al igual que con el envenenamiento. No tendrá nada útil.
—Dígame quién lo hizo, y entonces tendremos una punta de la madeja para empezar a desentrañarla.
Me adelanté un paso más, invadiendo su espacio. Bajé la voz, no por discreción, sino para cargar cada palabra de un peso específico, dirigido solo a ella.
—Otro desastre. Otra... casualidad trágica. —Dejé caer una pausa cargada de una ironía amarga que yo mismo sentía recorriéndome los huesos—. ¿Cuántos golpes más tiene que recibir este lugar, hermana, antes de que alguien aquí dentro decida empezar a hablar con claridad?
Valentina apenas me dirigió una mirada fugaz. Sus labios, apretados, formaron una línea delgada y pálida. No dijo nada. La resistencia era un muro físico a su alrededor.
Insistí, acercándome un poco más, hasta que ella pudo sentir el aliento frío de la mañana que yo llevaba conmigo. Mis ojos, cansados pero intensos, se clavaron en los de ella como si intentaran arrancar la verdad a la fuerza.
—Si Dorian Martinelli está detrás de esto —susurré, con una crudeza deliberada— y nosotros no lo detenemos, esto no se va a quedar en un ala quemada. Irá a peor. Mucho peor. Para los niños también. ¿Cree que estas llamas fueron un mensaje, hermana? ¿Un aviso?
Ella bajó la mirada al barro que le cubría los pies descalzos. Algo brilló en sus ojos, un destello rápido que no fueron lágrimas. Era más profundo: una rabia sorda, contenida, o quizás un miedo tan grande que sólo podía disfrazarse de dignidad herida.
—Respecto a este incidente no tengo nada que decirle —repitió, pero esta vez la frase sonó gastada, un disco rayado que ya ni ella parecía creer.
—¿Y del envenenamiento? —insistí, sin darle tregua—. ¿También piensa encubrir a esa persona que, en mi opinión, bien pudo ser la causante de este hecho? ¿Piensa cargar con esa culpa también?
Se giró bruscamente, como si ya no pudiera soportar el peso de mi mirada, y dio dos pasos inciertos. El barro frío la retuvo. Entonces, en un gesto que pareció nacer de la más pura y desesperada fatiga, se detuvo.
—No voy a cubrirla —dijo, y su voz tembló por primera vez—. Quiero que ella misma diga el porqué. —Respiró hondo, como si el aire le quemara, antes de continuar—. Pero si de verdad quiere ayudar… si su intención no es sólo buscar cabezas que cortar… haga algo por ellos.
Su mirada se dirigió hacia los niños, que observaban la escena con ojos enormes y asustados.
—El fuego se lo llevó todo. La comida de esta semana, las medicinas básicas, las mantas… No tienen nada. El invierno no perdona.