CAPITULO 53

1080 Words
VALENTINA Benedetta. Se había vuelto hacia mí. A la luz grisácea y cruel del alba, su rostro no mostraba el shock compartido de los demás. Estaba surcado por la suciedad, sí, pero también por una amargura antigua y profunda. Su mirada ya no escaneaba los daños con preocupación; se había fijado en mí. Y no buscaba consuelo. Señalaba. Acusaba. —¿Cómo… cómo puede decir algo tan…? —intenté, pero las palabras se atascaron en mi garganta, sorprendidas por la vileza directa del ataque. —¿No es… curioso? —interrumpió ella, avanzando un paso, su voz un silbido venenoso—. ¿Cómo, precisamente, usted es el punto en común de todas las desgracias que nos siguen una tras otra? Como si llevara una plaga en los talones. El aire se me cortó. —¿Qué está insinuando? —Los hechos hablan por sí solos, hermana —dijo con una calma repulsiva—. No hacen falta insinuaciones. —Hermanas, por favor… —la voz de la Madre Agnese, débil y cargada de agotamiento, trató de interponerse desde donde estaba, observando la escena con los ojos hundidos. —¡Madre, es ella la que…! —empecé a defenderme, pero la mirada de Agnese, un pozo de decepción y un cansancio tan profundo que parecía haber renunciado a buscar la verdad, me silenció más efectivamente que un grito. Fue entonces cuando Agnese estalló, pero no contra Benedetta. Contra el mundo, contra la desgracia, y, finalmente, contra mí. Su voz, normalmente contenida, se quebró en un grito desgarrado de desesperación. —¡Estamos acabadas! ¡Acabadas! ¿Es que no lo ves todavía? ¡Esto es la puntilla! La comida del mes, las medicinas de los niños, los últimos papeles legales que nos quedaban… ¡todo! ¡Reducido a ceniza! —Su mirada, llena de un odio nacido de la impotencia, se clavó en mí—. Este fuego no huele a cable pelado, huele a azufre. Fue un ajuste de cuentas. Y tú… —su voz bajó a un susurro cargado de desprecio infinito mientras sus ojos me recorrían de arriba abajo, deteniéndose en mi camisón empapado y sucio como si fuera la evidencia suprema— tú eres el nexo. La chispa que encendió la mecha. Siempre. Desde que llegaste, desde que te mezclaste con esa gente… la desgracia nos llueve. —Madre… por favor —supliqué, y esta vez mi voz sí tembló, no por la acusación, sino por la devastación que veía en ella—. No me haga cargar también con eso. No me haga sentir culpable de todo. Pero antes de que pudiera añadir nada más, Benedetta volvió a la carga, su voz dulce como el vinagre, arrojando más sal sobre la herida abierta. —Todos sabemos —dijo, con una falsa pena sacrílega— que la plaga, por pequeña que sea, sólo sirve para arruinar la belleza de todo el jardín. Y hay que podarla, antes de que contagie a las raíces. Sus palabras, deliberadas y maliciosas, resonaron en el aire enrarecido. No me llamó plaga directamente, pero la metáfora era tan transparente como el cristal roto de las ventanas. Un escalofrío de rabia pura, limpia y fría, me recorrió de la cabeza a los pies. Ante el derrumbe histérico de Agnese y la crueldad calculada de Benedetta, algo dentro de mí, algo que el miedo, la humillación y hasta la culpa no habían logrado doblegar, se solidificó de golpe. No fue calor. Fue acero. Acero helado. Apreté los puños a los lados de mi cuerpo, sintiendo la textura áspera de la ceniza y el barro secándose bajo mis uñas. Ya no temblaba. La miré a ella, a Benedetta, directamente a sus ojos pequeños y satisfechos. —La plaga —dije, y mi voz sonó clara, sorprendentemente serena en medio del desastre— a menudo se esconde donde menos se ve, hermana. En la maleza que parece inofensiva, o incluso… en la savia que dice alimentar el árbol. La poda requiere discernimiento. Y sobre todo… requiere saber exactamente qué se está cortando. Dejé que mis palabras, una advertencia apenas velada, se posaran entre nosotras. —No podemos permitir que el fuego nos queme también la fe, Madre —dije, y mi voz sonó más firme de lo que yo misma sentía—. Dios no nos abandona en la prueba. Ella soltó una risa corta. —¿Dios? —escupió la palabra—. Desde que ese hombre puso sus pies en este umbral, desde que su sombra se cierne sobre nosotros… Dios se ha tapado los oídos. O quizás… —su mirada se clavó en la mía, despiadada— somos nosotras quienes hemos dejado de ser dignas de ser escuchadas. Y entonces, como si sus palabras fueran la última losa, madre Agnese se dobló. No cayó, pero se arrodilló allí, en el barro frío, el hábito impecable convertido en un trapo sucio. Junto a ella, otras hermanas hicieron lo mismo, formando un círculo de desolación y rezos entrecortados. Los niños, apiñados y temblando bajo mantas, observaban con ojos abiertos, el llanto sofocado era el único sonido que rompía el silencio postrero. Yo seguía de pie, aparte, aislada en mi camisón manchado, observando cómo las llamas no sólo habían devorado madera y papel. Habían consumido los últimos vestigios de unidad, de confianza. Habían calcinado cualquier posibilidad de perdón. La opresión en mi pecho era insoportable. La culpa, esa compañera constante, se retorcía dentro de mí, pero ahora alimentada por una nueva y aterradora certeza. Si nunca hubiera ido a él. Si no hubiera cruzado esa línea. Si no hubiera convertido este santuario en un blanco en su guerra personal… El rostro de Dorian surgió entonces en mi mente, no como una pesadilla distante, sino con una nitidez aterradora. Una presencia de fuego y sombra, de una atracción que era a la vez mi perdición y la única fuerza que parecía moverse en este juego mortal. Fue entonces, mientras el humo se enroscaba perezosamente hacia un cielo que se teñía de un azul pálido e indiferente, cuando vi los faros acercarse por el camino. No eran los vehículos pesados de los bomberos recogiendo equipo, eran coches patrulla. Y tras ellos, un sedán n***o, largo, que se deslizaba en silencio sobre el barro, era Marco. La noche había terminado. Pero la batalla, la verdadera batalla por lo que quedaba de este lugar y de mi alma, acababa de comenzar bajo la luz cruda y despiadada del amanecer.
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