CAPITULO 44

1262 Words
DORIAN El teléfono vibra sobre el mantel de lino, es Gaetano. Su nombre en la pantalla es el único que podría interrumpir esta cena de apariencias. Respondo con un gesto casi imperceptible. —Habla. —Está hecho —dice su voz al otro lado—. La deuda del hospital, saldada al completo. Los proveedores de medicamentos ya tienen instrucciones; recibirán todo lo necesario, y lo mejor. Tengo el informe forense: el veneno fue rodenticida, de los fuertes, mezclado con la sopa. Los niños están estables; el más pequeño, Matteo, requiere observación, pero sobrevivirá. He transferido una suma a la cuenta del orfanato, suficiente para que respiren un mes, quizás dos, si son prudentes. Escucho, haciendo girar lentamente la copa de vino tinto entre los dedos. La información es buena, limpia. Pero es solo el envoltorio. —¿Quién puso el veneno? —pregunto. Gaetano hace una breve pausa, la de quien elige las palabras con el cuidado de quien manipula explosivos. —Una de las cocineras. Estoy siguiendo el rastro, pero… huele a pez gordo. Alguien de fuera tuvo que hacer contacto, dejarle el paquete o el dinero. Ella pudo manipularlo con la inocencia de una herramienta, pero… —otra pausa— es muy improbable que una mujer así compre o incluso reconozca ese tipo de veneno por sí sola. Lo que deja solo una opción: alguien se lo proporcionó. Con un propósito. Un destello de ira, fría y precisa, se enciende en mi pecho. Alguien jugó en mi tablero sin mi permiso. —Encuéntralo —ordeno—. Y averigua quien estuvo ese día en la cocina con Valentina. —Hago una pausa, dejando que el silencio cargue la siguiente pregunta—. ¿Qué sabes de ella? El cambio de tema es abrupto, pero Gaetano no titubea. —Según mis ojos en el hospital, la vieron ayer. No estaba sola. Iba con ese detective… el que casi muere, Marco Bellini. El nombre golpea el aire como un disparo fallido. Un eco de un hombre que ya no es nada. Pero el hecho de que ella estuviera con él, buscando consuelo o respuestas en un fantasma… eso sí importa. —Perfecto. Sigue con eso también —digo, y cuelgo sin despedirme. La conversación ha terminado. El negocio, por ahora, está en marcha. Pero la agitación que Gaetano ha calmado con sus acciones regresa multiplicada por ese último dato. Marco Bellini. Me levanto de la mesa con la calma de un depredador que ha decidido que la cacería empieza ahora. Los murmullos y las risas del restaurante se apagan a mi paso. Miradas se desvían, copas se levantan en saludos tímidos que no devuelvo. Camino hacia los baños, un territorio neutral que ahora necesito convertir en un campo de batalla privado. En el pasillo estrecho, mis ojos se clavan en un punto. Una mesera. Joven, delgada, con el cabello castaño recogido en un moño demasiado tirante. Lleva una bandeja vacía. No se parece a ella. Pero hay una curva en el cuello, una vulnerabilidad en la línea de los hombros… un esbozo. Es suficiente. Al pasar a su lado, extiendo la mano sin mirarla. Mis dedos rozan su muñeca, un contacto eléctrico, un decreto silencioso. —Ven —digo. Una sílaba. Una orden que no admite discusión. Ella se congela. Lo veo en sus ojos, el destello instantáneo de reconocimiento y pánico. Sabe mi nombre. Sabe lo que significa. Su cuerpo obedece antes que su mente; la sigo, y sus pasos son un temblor contenido. Sabe que en mi mundo, un "no" no es una respuesta; es un s******o con consecuencias que se extienden como un virus. Para ella, para su familia, para su frágil universo. Y yo lo sé. Esa es la belleza del poder absoluto: la amenaza ni siquiera necesita voz. Dentro del baño de hombres, el mundo se reduce a azulejos blancos y un silencio repentino, violento. Cierro la puerta. El clic es un sonido final. Aquí no llegan los violines ni las risas, solo el zumbido de la ventilación y el jadeo rápido, superficial, que escapa de sus labios. La empujo contra el lavamanos de mármol. No es un golpe; es una afirmación de dominio. —No quiero que hables —susurro, trazando la línea de su mandíbula con el dorso de un dedo—. Solo mírame. Sus ojos se inundan de lágrimas que no se atreven a caer. No grita, no se rebela. Es más inteligente que eso. Sabe qué juego se juega y cuál es su único rol: el de la mercancía desechable. La agarro de la muñeca con una fuerza que no admite réplica, girándola de golpe hasta que su estómago choca con el borde de acero frío del fregadero. Emite un sonido ahogado. —No digas nada —gruño, y la ira en mi voz no es por ella, sino por la mujer cuyo fantasma no puedo exorcizar de mis pensamientos. Con un movimiento brusco, desprovisto de todo deseo excepto el de dominar y olvidar, le subo la falda del uniforme. La tela áspera se arruga bajo mis manos. No hay preliminares, solo la urgencia sombría de un acto que sé que no me dará lo que busco. Me desabrocho el cinturón. —Aguanta —es la única advertencia. La penetro de un solo empuje, seco, brutal. Un gemido corto, cargado de dolor puro, le escapa. Su cuerpo se arquea en un intento instintivo de huida, pero yo la aplasto contra el metal, inmovilizándola con mi peso, convirtiendo su resistencia en un simple temblor. —Quieta —susuurro contra su nuca. Cada embestida es un metrónomo de frustración. No es sexo. Es un exorcismo fallido. Un intento de transferir el fuego que me quema por dentro. Cierro los ojos con fuerza. Y la invoco. A ella, a Valentina. En mi mente, son sus caderas las que ceden, su gemido sofocado el que llena este espacio aséptico, su piel, la que imagino tan pura, la que se mancha bajo mi dominio. La posesión que fue solo física, la convierto, en mi mente, en algo total, absoluto, una respuesta al espectro de otro hombre. Pero la realidad es una mentirosa cruel. Al abrir los ojos, el espejo no refleja mi fantasía. Refleja a una extraña: rostro contraído por el dolor y la humillación, labios mordidos, ojos vidriosos que miran a la nada. No es ella. —¡Maldita sea! —El rugido me nace de las entrañas, un sonido de rabia impotente. Clavo los dedos en sus caderas, dejando marcas que serán moretones, un sello de una posesión vacía. El orgasmo llega como una descarga eléctrica, violenta, sin placer, solo liberación fisiológica. Un gruñido gutural me desgarra la garganta mientras me hundo, como si al vaciarme pudiera expulsar los fantasmas. Pero cuando acaba, el vacío que queda es más vasto, más resonante que antes. He intentado violar mi obsesión en el cuerpo de otra, y solo he profanado a una inocente y a mí mismo. Me separo de ella con brusquedad. El silencio vuelve, ahora cargado del sonido de su respiración entrecortada por sollozos que no se atreve a soltar. Me ajusto la ropa, sin si quiera mirarla. Ella se desliza por el fregadero hasta el suelo. Ahora la veo, me inclino y sacando unos billetes se los dejo en el piso. —Gracias —susurro, y la palabra es un dardo de hielo—. Por no ser ella. Salgo del baño la misma imperturbabilidad con la que entré. Nadie sospecha. El crimen perfecto es invisible a plena luz, respaldado por el miedo.
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