CAPITULO 43

958 Words
Se va, dejando atrás el aroma tenue a pan y leche, y algo más pesado: la semilla de una sospecha que ha echado raíces y ahora me estrangula por dentro. Desde que Marco me dijo, con esa mirada de detective herido, que el envenenamiento fue deliberado, supe que fue ella. Benedetta. Pero saber no es poder. No tengo pruebas, solo una certeza visceral que se estrella contra el muro de su autoridad y su máscara de devoción. ¿Por qué? ¿Por qué lo hizo? Sé que estamos en aprietos, que el peso de la deuda nos ahoga… pero envenenar a los niños solo nos hunde más. Los gastos médicos serán una montaña, lo poco que tenemos se desvanecerá en farmacias y cuidados. Empezaremos de cero, otra vez, con menos fuerzas y ahora con menos de tres meses en el reloj de nuestra sentencia. Unos minutos después, Giulietta regresa, silenciosa como un fantasma, para llevarse el vaso vacío. Nuestras miradas se encuentran un instante; en la suya veo un reflejo de mi propio miedo, pero también una pregunta que no se atreve a formular. Las horas siguen pasando, cada una tallada en el dolor de mis rodillas contra la piedra. El frío inicial se ha transformado en un fuego sordo, un latido inflamado que se funde con el pulso de mi sangre. Cuando la luz de la tarde empieza a teñirse de ámbar, Giulietta regresa. Esta vez trae un plato de sopa fría y otra ración de pan duro. No dice nada. Solo coloca la comida a mi lado y me ofrece una mirada que es un puente tendido sobre el abismo de mi soledad. Luego se retira, y su silencio es más elocuente que cualquier palabra de consuelo. Finalmente, la necesidad física me vence. Un calambre en la vejiga, agudo e innegable, me obliga a romper la penitencia inmóvil. Con un gemido ahogado, me apoyo en el banco más cercano para levantarme. Las piernas son dos columnas de hormigón agrietado, que protestan con punzadas de alfileres al enderezarse. Mientras forcejeo para recuperar el equilibrio en el pasillo, veo una silueta familiar que cruza a lo lejos, moviéndose con urgencia poco habitual. Es Sor Clara, su hábito ondeando tras ella como las alas de un cuervo apresurado. Entra rápidamente en la oficina del Padre Vittorio y cierra la puerta con decisión. Un nuevo nudo de ansiedad se forma en mi estómago. Noticias del hospital, pienso, y el corazón se me encoge. ¿A cuánto ascenderán los gastos ahora? La pregunta es un mantra de desesperación. Aprieto los dientes y me dirijo al baño, arrastrando los pies. Al salir, lavándome aún las manos en el agua fría que no logra calmar el temblor, veo otra figura. Benedetta. Sale de la cocina, su rostro es una máscara de concentración severa, y se dirige también hacia la oficina. No llama a la puerta, entra directamente. Las ganas de saber, de entender el juego que se está jugando a mis espaldas, son más fuertes que la prudencia. Dejando secar mis manos en la tela del hábito, me acerco sigilosamente hasta la puerta de la oficina, que ha quedado ligeramente entornada. El riesgo es enorme, pero la necesidad de escuchar es un impulso ciego. Desde dentro, llegan las voces. La Madre Superiora y Benedetta, hablan en tonos contenidos, pero la emoción hace vibrar la voz de Madre Agnese de una manera que nunca antes he escuchado. —Un milagro, simplemente un milagro —está diciendo el Padre Vittorio, su voz cargada de un alivio que roza lo tembloroso—. Un benefactor anónimo pagó todas las facturas del hospital, al contado. No solo eso, dejó una donación sustancial para los niños, para su recuperación, para nuevas provisiones… Es como si un ángel hubiera pasado. —Estuvo allí cuando llegó el dinero —añade sor Clara—Lo trajo un hombre joven y elegante, un asistente de un empresario extranjero. Estaba en el hospital llevando las donaciones que deja al mes y se enteró de la tragedia y quiso ayudar. Dijo que su jefe deseaba permanecer en el anonimato, pero que se encargaría de que las investigaciones… prosiguieran con todos los recursos necesarios. Hay un silencio pesado. Luego, la voz de Benedetta, extrañamente tensa, se alza: —¿Y aceptamos esto? ¿Dinero de un desconocido? ¿No huele a… caridad interesada? —¿Interesada? —replica Agnese, y ahora su tono es un filo de navaja—. ¿Interesada en qué, Benedetta? ¿En salvar a unos niños? ¿En mantener a flote esta casa que se nos hunde? En este momento, esto no es caridad interesada, es la mano de la Providencia. Y no la vamos a rechazar. La necesitamos. Ellos la necesitan y si este benefactor quiere donar más para salvar este orfanato, no vamos a negárselo. Aunque, claro, eso sería demasiado esperar. —Debemos dar gracias —dice el Padre Vittorio, su voz un hilillo de alivio tembloroso—. Y debemos… ser prudentes. Pero agradecidos. Profundamente agradecidos. Me alejo de la puerta, el corazón golpeándome las costillas con una fuerza que me corta la respiración. Un empresario extranjero, anónimo que paga facturas y asegura investigaciones. No necesito ver su rostro para saber el nombre que baila en las sombras de ese gesto de «caridad». Dorian. La certeza es un puñal de hielo. Pero de inmediato, mi mente se rebela. ¿Sería posible que él…? ¡No! Ese hombre no da; solo toma. Quiere destruirnos. Quizás es él quien está detrás del envenenamiento, jugando una partida perversa para acorralarnos, para que me doble ante él completamente. La caridad… la caridad de verdad solo puede venir de un hombre bueno. Quizás… quizás fue Marco Bellini, solo él pudo haberlo hecho.
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