VALENTINA
El aire dentro es frío, quieto, cargado a incienso viejo. La luz tenue que entra por los vitrales pinta los bancos vacíos de colores mustios. Allí, al frente, el Cristo de marfil en la Cruz mira al vacío con ojos de dolor eterno.
Benedetta me empuja suavemente, frente al altar de piedra.
—Arrodíllese —ordena—. Y rece. Por su alma, que lo necesita más que esos niños.
—Usted también debería rezar, sor Benedetta, porque la policía tiene en su poder el frasco de la cocina y darán con la responsable.
Guardo silencio unos s segundos.
—¿Y eso debería asustarme? Solo se ponen alertan los verdaderos culpables. Ahora guarde silencio y ore.
Benedetta se queda un momento, asegurándose de que obedezca, y luego se va. El sonido de sus pasos se aleja y la puerta se cierra. El cerrojo no suena, pero su ausencia es una prisión en sí misma.
Quedo sola. Inmóvil. La quietud de la capilla me envuelve, pero dentro de mí todo es un grito silencioso. El frío de la piedra se filtra a través de la tela del hábito y sube por mis piernas. Miro la Cruz, pero no veo consuelo, solo otro instrumento de sacrificio.
Afuera, el mundo sigue. En un hospital, unos niños luchan por recuperarse. En algún lugar, un hombre llamado Dorian Martinelli mueve los hilos de un destino que se empeña en enredarme. Y aquí, en el silencio sagrado que se ha vuelto mi celda, yo, Valentina, me pregunto cuánto tiempo podrá una fe quebrantada soportar el peso de una obediencia forzada, antes de que algo dentro de ella, definitivamente, se rompa.
Las horas se arrastran, pesadas como plomo, marcadas solo por el lento viaje de la luz de los vitrales sobre la piedra del suelo. El frío de la losa ha trepado desde mis rodillas hasta anidar en mis huesos, un dolor sordo y constante que es compañía fiel de mis pensamientos, más punzantes aún. La rabia ha cedido, transformada en una zozobra profunda y en una pregunta que reverbera: la calma de Benedetta.
Un crujido suave en la puerta me hace levantar la cabeza. Es Sor Giulietta, en sus manos lleva un vaso de leche y un trozo de pan duro. Se acerca con pasos sigilosos, como si temiera que el sonido fuera una falta.
—Son las diez —susurra, colocando el vaso y el pan en el suelo, a mi lado—. Sé que no te han traído nada. Debes tener hambre.
El gesto de bondad, tan simple, amenaza con quebrar la frágil compostura que mantengo. —Gracias, Giulietta —murmuro.
Ella se queda arrodillada a mi lado un momento, jugueteando con el rosario que cuelga de su cinto. Su mirada escudriña la penumbra de la capilla antes de volverse hacia mí, bajando aún más la voz.
—Hermana… he visto a la Madre Benedetta actuar… de manera extraña.
Mi corazón da un vuelco, pero aprieto los labios. No puedo sembrar sospechas sin certezas, no puedo arrastrar a Giulietta a este pantano de mis desgracias.
—¿Extraña? —digo, forzando un tono neutro—. Creo que todas estamos alteradas por lo ocurrido. El miedo y la preocupación a veces nos hacen hacer cosas… imprudentes. Mi castigo es justo. He desobedecido.
Giulietta niega con la cabeza, un movimiento rápido. —No lo digo por eso. La madrugada del incidente, antes de la oración de Vísperas, la vi en la cocina. No estaba supervisando, estaba buscando algo en los armarios bajos, cerca de donde se guardan las especias y los frascos de conserva. Tenía una expresión… no sé. Preocupada, sí, pero también… ansiosa. Como si hubiera perdido algo. Y cuando me vio, se enderezó de golpe y no dijo nada. Solo se fue.
La descripción clava un puñal de hielo en mi estómago. El frasco. La cocina. Pero me muerdo la lengua. —La policía no ha venido a dar información —comento desviando el tema.
—Ni siquiera sabemos cómo evolucionan los niños.
—Están bien. No te preocupe por ellos. Son fuertes. En unos días estarán de vuelta.
—Sé que fuiste a verlos. Yo habría hecho lo mismo si pudiera. Extraño a esos pequeños terremotos.
—Yo igual.
Sus palabras son un bálsamo y un aguijón a la vez. Me mira con una comprensión que no pedí pero que necesito desesperadamente. Luego, como asustada por su propia audacia, se pone de pie rápidamente.
—Te dejo, desayuna en calma. Regreso en unos minutos para llevar el vaso —susurra Giulietta, su voz un consuelo frágil en la penumbra—. Reza, Valentina. Reza por todos nosotros.