DORIAN
Desde el asiento trasero del Fiat discreto que Gaetano había conseguido, la seguía. No era difícil. Valentina era un punto de n***o y blanco moviéndose por las aceras húmedas, una paloma torpe en un mundo de cuervos. La otra, Sor Clara, caminaba a su lado como un centinela, rígida, desaprobando cada paso que las alejaba del orfanato.
Gaetano habló sin volverse.
—Tienen una cita. En el barrio de los negocios, con un tal Signor Amadori. Importador de alimentos. Dicen que es un hombre piadoso, que podría ayudar con donaciones.
Un importador, un hombre piadoso. La ironía me hizo sonreír sin humor.
—¿Amadori? Ese miserable intenta arruinar mis planes. Creo que tendremos una charla amigable. ¿sabes dónde se encuentra ahora?
—Sí. Tiene oficinas en el edificio Verdi, cerca de la plaza.
No necesitaba más. Las piezas encajaban con una precisión obscena. El destino, o mi voluntad de torcerlo, me ofrecía la oportunidad en bandeja de plata.
—Adelántalas. Llévame al edificio Verdi. Quiero estar allí antes que ellas.
Gaetano no preguntó. El Fiat se deslizó por callejones laterales, un fantasma entre la niebla, y llegamos a la plaza desierta diez minutos antes que ellas. El edificio Verdi era una mole de piedra del siglo XIX, pomposa y vacía. No tuve que sobornar a nadie; el conserje, un anciano con sueño en los ojos, apenas miró cuando Gaetano le deslizó un billete y le dijo que el Conte Martinelli tenía una inspección sorpresa de una de las oficinas vacías del cuarto piso.
La habitación que elegimos era espaciosa, con polvo en los muebles y una ventana amplia que daba a la entrada. Desde allí, la vi llegar.
Bajó del autobús con Sor Clara, ajustándose el velo con un gesto nervioso. Para entonces ya todo estaba bajo control, uno de los hombres de Amadori le pido a Valentina que la esperaban en el cuarto piso, y que Sor Clara se quedara ahí, de lo contrario no recibirían a nadie.
Mi corazón, ese órgano inútil que creía de piedra, dio un golpe sordo y poderoso contra mis costillas. Ahí estaba. Yendo a mendigar ayuda a un extraño, ignorando que el único hombre con poder real para dársela ya la esperaba arriba, en la penumbra.
La escuché subir las escaleras. Sus pasos, lentos al principio, luego más decididos. Se detuvo frente a la puerta de la oficina que supuestamente era de Amadori. Respiró hondo y entró.
La luz del pasillo la encuadró un instante, una silueta de inocencia contra la oscuridad del interior. Luego, la puerta se cerró a sus espaldas.
Estaba de pie en medio de la sala polvorienta, sus ojos ajustándose a la poca luz. Yo permanecía a sus espaldas.
—Aún estamos remodelando, pero estoy ansioso por escuchar sus suplicas, hermana Valentina.
—¿Signor Amadori? —preguntó con duda.
Se dio la vuelta, lentamente. El impacto fue físico. Vi cómo el aire se le cortaba, cómo sus ojos, esos ojos claros que me perseguían, se abrían, inundados primero de confusión, luego de reconocimiento, y finalmente, de un terror helado que se mezclaba con una rabia desesperada.
—Tú… —logró articular, dando un paso atrás, tropezando con el borde de una alfombra—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Signor Amadori?
—No hay ningún Amadori, Valentina —dije, y mi voz sonó extrañamente suave en el silencio polvoriento—. O sí lo hay, pero hoy no recibirá visitas. Hoy, solo estoy yo.
—¿Tú lo arreglaste todo? —Su voz temblaba ahora, no de miedo, sino de una furia impotente—. ¿Este… este viaje, esta esperanza… fue otro de tus juegos?
—No todo en la vida es un juego —respondí, acercándome un paso. Ella retrocedió otro, pero ya tenía la espalda contra la pared—. A veces es simplemente… destino. O voluntad. Y mi voluntad era verte. Hablarte. Sin tus guardianes, sin tus hábitos de penitencia.
—No tenemos nada de qué hablar —escupió, pero sus ojos no se despegaban de los míos, traicionando una fascinación horrorizada.
—Tenemos todo de qué hablar —repliqué, ya a un metro de distancia. Podía sentir el calor de su cuerpo, oler el jabón áspero y el miedo dulce de su piel—. El orfanato se hunde. Benedetta te acorrala. La policía tiene un frasco pero no tiene prisa. Y tú… tú sigues golpeándote contra los muros, creyendo que tu Dios te dará una escalera. —Hice una pausa, dejando que cada palabra la alcanzara—. Yo tengo la escalera, Valentina. Y te la ofrezco.
—No quiero nada de ti —susurró, pero la negativa sonó frágil, quebrada.
—Sí lo quieres —insistí, y mi voz bajó hasta convertirse en un rumor íntimo, peligroso—. Quieres salvar a esos niños. Quieres limpiar tu nombre. Quieres que el miedo se detenga. Yo puedo darte todo eso.
—A cambio de ¿qué? —preguntó, y en su mirada vi que ya conocía la respuesta.
—A cambio de que dejes de luchar contra lo inevitable —dije, y esta vez levanté la mano. No para tomarla, sino para acariciar con el dorso de los dedos la línea tensa de su mandíbula. Ella contuvo la respiración, un jadeo ahogado—. A cambio de que reconozcas que desde el momento en que cruzaste el umbral de mi despacho, tu destino cambió. Que desde que tomé tu cuerpo, reclamé algo más que tu carne. Reclamé tu atención. Tu obsesión. Tu… fe.
—Nunca tendrás mi fe —logró decir, pero sus párpados parpadearon, pesados.
—No la quiero. Quiero que la pierdas. Quiero ser la razón por la que dejes de creer en milagros y empieces a creer en el poder. En mi poder. —Mi dedo siguió la curva de su labio inferior—. Porque aunque lo niegues con cada palabra, aunque te escondas en tus rezos… el deseo aún te quema por dentro. Lo veo. Brota en tus ojos cuando me miras. Es el mismo fuego que sentiste contra esa pared. Es el que te hace temblar ahora.