DORIAN
Intentó apartar la cabeza, pero no tenía adónde ir. Mi otra mano se posó en la pared, a un lado de su cabeza, encerrándola.
—Dime que no lo sientes —desafié, acercando mi boca a la suya, hasta que nuestro aliento se mezcló—. Dime que no recuerdas el peso de mis manos, el sabor de mi piel. Dime que no has soñado, en el silencio de tu celda, con el pecado que te hice cometer.
—Eres un monstruo —jadeó, y en su voz había lágrimas de rabia y de una verdad aterradora.
—Soy el hombre al que le perteneces —corregí, y esta vez fue una afirmación absoluta—. Desde que dijiste «sí», desde que ofreciste tu cuerpo como moneda, dejaste de ser solo de Dios. Ahora también eres mía. Y yo no comparto.
No pude resistirlo más. La necesidad de reafirmar mi dominio, de probar mis palabras en su carne, fue un tsunami. Incliné la cabeza y traté de capturar sus labios.
Ella se resistió. Gritó un «¡No!» ahogado y giró la cara. Pero no fue lo suficientemente rápido. Mis labios no encontraron los suyos, sino la suave, palpitante piel de su mejilla, justo debajo del pómulo. Fue un beso fallido, un roce húmedo y eléctrico que, sin embargo, hizo que todo su cuerpo se tensara de manera violenta, como un arco.
No fue solo tensión de miedo. Lo sentí. Fue una sacudida de puro, inconfundible deseo, inmediatamente seguida por un horror aún mayor. Su cuerpo traicionó a su alma en ese instante, y ambos lo supimos.
Me separé apenas unos centímetros. Nuestros ojos se encontraron en la penumbra. En los suyos había pánico, vergüenza… y un brillo oscuro, húmedo, de un fuego que ella jamás admitiría.
—¿Ves? —susurré, victorioso y hambriento—. Tu cuerpo no miente, Valentina. Tu cuerpo me recuerda. Me desea, incluso ahora. Incluso aquí.
—Nunca… —comenzó, pero la voz le falló.
—Nunca digas nunca —corté, suave como una cuchillada—. Es una palabra peligrosa. Porque cada vez que la dices, el universo se encarga de demostrarte lo frágil que es. —Retiré mi mano de su rostro, limpiándole los labios con el dorso de los dedos en un gesto deliberadamente obsceno—. La oferta sigue en pie. La escalera. Cuando estés lista para dejar de caer y agarrarte a ella, ya sabes dónde estoy.
Di un paso atrás, liberándola de mi jaula. Ella se deslizó por la pared, jadeando, como si le hubieran quitado un peso físico inmenso. Me miró, y en su expresión había algo roto, algo que ya no era solo odio o miedo. Era el principio de una rendición mucho más profunda.
—Sor Clara te espera —dije, señalando despreocupadamente hacia la puerta—. Sería una verdadera lástima que su fe inquebrantable en tu fortaleza… se viera defraudada. —Hice una pausa, dejando caer la última provocación como una gota de veneno—. ¿Aceptas, al menos aquí, en secreto, que estás perdiendo? ¿Que nunca, por tus propios medios, vas a conseguir lo que se necesita para que tu amado orfanato siga funcionando?
El desafío encendió una chispa de su antigua rabia. Enderezó la espalda, un destello de orgullo herido en sus ojos.
—Conseguiré el dinero —dijo, con una fuerza sorprendente—. Y te lo arrojaré a la cara.
Una sonrisa lenta, genuinamente divertida, se dibujó en mis labios. —¿Y cómo, exactamente, planeas hacer eso, preciosa? ¿Buscarás a mis socios uno por uno? ¿Ofrecerás… amenities a otros para obtenerlo?
El rubor de indignación que le subió al rostro fue delicioso. —Preferiría prostituirme con los asquerosos millonarios de esta ciudad —escupió— que volver a estar en tus brazos.
La frase, cargada de un odio visceral, me golpeó en un lugar que no sabía que podía sentir algo. Jugué al drama, llevándome una mano al pecho. —Eso… me rompió el corazón, Valentina.
Ella me miró con desprecio absoluto. —No sabía que tenías uno.
El golpe fue limpio, certero. Y en lugar de enfurecerme, la admiración por su fuego, por esa chispa indomable que ni el miedo ni el deseo lograban apagar completamente, creció dentro de mí. Era lo que la hacía irresistible.
—Ahí te equivocas —susurré, mi voz recuperando su tono grave y peligroso—. Lo tengo. Es pequeño, duro y n***o como el carbón. Y desde hace tiempo, late sólo por poseerte.
Antes de que pudiera reaccionar a esa confesión envenenada, ella giró sobre sus talones. No salió caminando. Salió corriendo. Como un animal herido y aterrado, se lanzó hacia la puerta, la abrió de golpe y desapareció por el pasillo, dejando atrás solo el eco de sus pasos precipitados y el perfume embriagador de su furia, su miedo y su deseo negado.
Me quedé solo en la oficina polvorienta, el sabor de su piel aún en mis labios, el espectáculo de su derrota temporal y su feroz resistencia vibrando en el aire. No había ganado, no del todo.