VALENTINA
Estoy fregando el suelo cuando la voz del padre Vittorio rompe la quietud. No lo veo, pero lo oigo a través de la puerta entreabierta de su despacho. No habla como siempre. Su tono es urgente, cansado y herido.
—Ti prego, Signor Luigi… i bambini non hanno dove andare…
Me quedo inmóvil. El trapo se detiene sobre la madera húmeda. Escucho.
Hay un silencio largo, espeso. Luego su voz baja aún más, se vuelve un susurro que no quiere ser oído.
—Lo so. Paolo me lo ha dicho también. Y Andrea. Todos repiten lo mismo… que este lugar está maledetto.
La palabra me golpea el pecho como una campana fúnebre. Maledetto. Siento cómo el cuerpo se me tensa, cómo cada músculo se convierte en una cuerda a punto de romperse.
—No… ¿cómo que no puedo volver a pedir nada? —continúa—. Deben entender que no…
Su frase se quiebra. Oigo un resuello cansado, impotente.
—Oh, Dio… —murmura—. Stiamo perdendo tutto.
El golpe del auricular contra la base del teléfono es seco, violento. Un punto final.
Me levanto sin pensar. Empujo la puerta apenas. Dentro, la luz de una sola lámpara cae pobremente sobre el escritorio.
—Padre Vittorio…
Levanta la cabeza. Primero hay sorpresa en sus ojos. Luego, resignación. La sotana está arrugada. El cuello clerical mal ajustado. Como si ni siquiera tuviera fuerzas para sostener la dignidad.
—Valentina… no deberías estar aquí tan temprano.
—Estaba limpiando —respondo—. No quise escuchar. Perdóneme.
Se pasa una mano por el rostro. No me pide explicaciones.
—Los benefactores —dice—. Se están retirando. Tres en un solo día. Luigi, Paolo, Andrea… todos dicen lo mismo. Que desde aquella noche… algo cambió. Que este lugar ya no está bajo la protección de Dios.
El aire se vuelve pesado. Me zumban los oídos.
—¿Por qué dicen eso? —pregunto, aunque temo la respuesta.
—Porque saben quién nos ronda —susurra—. Porque creen que aquí ya no manda Dios… sino otra sombra.
Bajo la cabeza. El nombre no se pronuncia, pero arde entre nosotros.
Dorian.
—¿Qué pasará ahora?
—Nos quedan menos de tres meses —responde—. Después, si no conseguimos otra solución… los niños serán repartidos a instituciones estatales, separados.
Hace una pausa. Su voz se quiebra.
—Algunos quizás no logren encontrar un lugar, Valentina. Pero no voy a rendirme, hare lo que sea necesario para conseguirles un nuevo hogar.
Veo los rostros uno por uno.
Lucía y sus trenzas torcidas. Matteo, siempre con las rodillas raspadas. Francesco, que aún no habla, pero sonríe con los ojos.
El orfanato entero pasa por mi pecho como una herida abierta.
—¿No queda ninguna salida? —susurro.
Me mira. Ya no hay reproche en su mirada, solo tristeza.
—Solo rezar —dice—. Porque lo humano ya no alcanza. Ni vendiendo postres día y noche. Ni mendigando puerta por puerta.
—Lo siento… —murmuro—. Siento no poder hacer más.
Se pone de pie con esfuerzo.
—Ya hiciste suficiente, hija —responde.
No suena a consuelo. Suena a cierre. A algo que se termina.
Sale del despacho sin mirar atrás. La puerta queda entreabierta, como una herida mal cerrada. Me quedo sola. Bajo la vista hacia mis manos. Están vacías. Siempre lo han estado.
Pero no quiero creer que lo único que puedo hacer sea ganar tres meses más. No quiero aceptar que eso sea todo. Si existe un lugar donde el dinero se mueve rápido, donde la salvación se compra sin hacer preguntas, son esos sitios que Dorian me ofreció. Lugares que juré no volver a mirar.
Trago saliva.
Tal vez estoy dispuesta a todo con tal de salvar este lugar, a mis niños. Ya estoy condenada. Un pecado más no va a inclinar la balanza de mi alma. No después de todo lo que ya pesa sobre ella.
Cuando salgo al corredor, la veo.
Madre Agnese está de pie, inmóvil. El rosario n***o cuelga de su cintura como un arma preparada.
—Hermana Valentina.
Me detengo.
—Buenos días, madre Agnes, solo cumplo con mis tareas, Madre —respondo.
—Te vigilo —dice—. Y rezo, cada vez con menos fe, para que alguna de tus oraciones sirva de algo. Porque hasta ahora, lo único que has traído aquí es ruina. Supongo que ya el padre Vittorio te habrá contado las nuevas desgracias.
Aprieto los dientes.
—Solo intenté salvarlo…
—¿Salvarlo? —repite, con una suavidad venenosa—. Has logrado lo contrario. Ahora el pueblo cree que este orfanato pertenece a ese hombre. Que somos parte de su imperio. Nos dejaste aislados, abandonados.
Da un paso más. Su voz se vuelve un susurro afilado.
—¿Y tú crees que rezar y limpiar pisos compensa eso?
Algo arde en mi pecho, no es venganza, ira, es algo nuevo.
—La penitencia que me impuso…
—Ojalá sirviera —me interrumpe—. Pero solo te ha dado tiempo, tiempo vacío, igual a lo que has conseguido para nuestra condena.
Se aleja sin pronunciar otra palabra. Algo dentro de mi se rompe. Si nadie cree ya en la salvación de este lugar…si ni siquiera Dios escucha… Quizá tenga que buscarla yo.
A mi manera.
En el único sitio donde todavía queda algo que ofrecer… o algo que perder.