CAPITULO 32

1253 Words
VALENTINA La noche duerme sobre el orfanato como un animal exhausto, envuelto en un manto espeso de cansancio y desaliento. Todo parece en calma… hasta que un gemido rompe el silencio, como un vidrio al estrellarse contra el suelo. Es Matteo. Reconozco su voz de inmediato, fuera de mi celda. Salto de la cama antes de pensar. Mis pies descalzos resbalan sobre la piedra helada mientras abro la puerta de golpe. Lo encuentro temblando, empapado en sudor, encorvado como si algo lo partiera desde dentro. —Hermana… —murmura—. Me duele mucho el estómago. Los gemidos se multiplican, se vuelven más fuertes, más cercanos, hasta hacerse insoportables. Lo tomo en brazos y lo llevo de vuelta al dormitorio. Antes de llegar, escucho más quejidos. —Por Dios santo… ¿qué está pasando? Matteo solo atina a llorar, y el corazón se me parte. Empujo la puerta del dormitorio. El olor me golpea primero. Un ácido espeso me quema la garganta. Luca está doblado sobre sí mismo, convulsionando en su cama, el rostro brillante de sudor. Clarita llora sin lágrimas, apenas un sonido seco que le desgarra la garganta. Otro niño vomita en el suelo. Luego otro. —No… no, por favor… —susurro, pero nadie me escucha. Acuesto a Matteo junto a los demás. Entonces mi estómago se revuelve. El olor, los sonidos, el miedo… todo se me sube de golpe. No alcanzo a girarme. Vomito de rodillas, temblando, con lágrimas que no puedo contener. —¡Ayuda! —grito—. ¡Por favor, ayuda! Mi voz rebota contra las paredes como un animal herido. Uno más empieza a quejarse. Luego otro. Cinco. Seis. Son demasiados. Los cuerpos pequeños se retuercen, las sábanas se empapan, las respiraciones se vuelven irregulares. El pánico me aprieta el pecho hasta doler. —¡Padre Vittorio! —grito otra vez, saliendo al pasillo—. ¡Padre Vittorio, por Dios! ¡Quien sea… ayuda! En segundos, las luces comienzan a encenderse. Sigo gritando, desesperada. Cuando lo veo aparecer por el pasillo, digo lo impensable: —¡Llame una ambulancia! —le suplico—. ¡Los niños están enfermos! Él no duda. Da media vuelta y corre a hacer la llamada. Sor Lucía asoma la cabeza en el dormitorio. Solo un segundo. Eso basta. —Santo Dios… —murmura. Entra de inmediato a ayudar, no sin antes llamar a las demás. Yo vuelvo con los niños. Les limpio el rostro como puedo, les sostengo la cabeza, les susurro que no están solos, aunque mi voz tiembla. Los minutos se vuelven interminables. Cuando llegan las otras hermanas con paños y agua, las oraciones se mezclan con los gemidos en un acompañamiento agónico. Cuando finalmente escucho a lo lejos el primer eco de la sirena, no siento alivio. Solo miedo. Doce de los veinte niños están en pésimas condiciones. Y porque, en el fondo, sé que esta noche no es un accidente. Ver a los paramédicos entrar y examinar a los niños es espantoso. Les abren los ojos, los cargan, los envuelven. Las hermanas ayudamos a llevarlos a las ambulancias. Tomo a Luca en brazos y corro hacia el vehículo. Antes de subir, Madre Agnese aparece frente a mí. —No —dice—. Tú no vas a ningún lado. —¿Cómo puede decir eso? —mi voz tiembla—. ¡Son los niños! ¡Están enfermos! Sus ojos se endurecen aún más. —Y fue después de la cena que tú misma compartiste con ellos —escupe—. ¿No lo ves, Valentina? Todo lo que tocas se corrompe. Doy un paso hacia ella. El rostro me arde, una mezcla de furia y culpa que me asfixia. —¡No se atreva a culparme sin pruebas! —respondo—. Yo doy la vida por esos niños. No soy un demonio. Entorna los ojos. —Desde que fuiste a ver a ese mafioso hemos caído en picada: asaltos, pérdida de benefactores… y ahora esto. La enfermedad de los niños. —Si existe un culpable, es usted —escupo—. Si no hubiera querido tapar el sol con un dedo, nada de esto… —¡Cómo te atreves, insolente! —me corta, con los ojos encendidos—. Si algo les sucede a esos niños, tú serás la única responsable. Ahora desaparece de mi vista. Se da la vuelta y sube a una ambulancia para ir con ellos, como si nada hubiera ocurrido. Me quedo ahí, con los brazos vacíos, mirando cómo las puertas de la ambulancia se cierran. No corro a la capilla como las otras. Mis pasos me llevan, casi sin darme cuenta, a la cocina. Ese lugar que solía ser cálido y vivo ahora parece envenenado. El aire huele a metal, a vinagre… y a algo más. Algo que no sé nombrar, pero que me eriza la piel. Entro descalza y cierro la puerta tras de mí. Todo está en orden: los cucharones alineados, las mesas limpias, los recipientes lavados. Me acerco a los restos de la cena y respiro hondo. Hay un dejo agrio en el ambiente, como leche cortada o hierbas hervidas durante demasiado tiempo. Abro los armarios. Nada fuera de lugar. Reviso la bolsa de lentejas, el frasco de sal, los tarros de especias. Los huelo uno por uno… hasta que me detengo frente al orégano. Lo abro y frunzo el ceño. —¿Qué es esto? —murmuro. Froto las hierbas secas entre los dedos. No es solo orégano. Hay algo más. Una sustancia terrosa, áspera, que pica en la nariz y me deja un cosquilleo desagradable en la garganta. —No lo toques. La voz surge desde la penumbra, seca como madera vieja. Me giro de golpe. Sor Benedetta está en el umbral. Su rostro es afilado, sin concesiones. Acaricia un rosario entre los dedos nudosos, cuenta por cuenta, como si dictara una sentencia silenciosa. —No deberías estar aquí, Hermana Valentina —dice con una calma venenosa—. El pecado no se limpia con vinagre. Y tú… ya no deberías meter las manos donde han causado tanto daño. Trago saliva. —Solo quiero saber qué pasó —digo—. Los niños… esto no puede ser casualidad. —¿Ahora buscas redención entre frascos? —se adelanta un paso y empuja el orégano hacia el fondo de la repisa—. El Padre Vittorio ya fue informado. Desde mañana, no tocarás los alimentos. Aprieto los puños. —¿Cree que yo les hice daño? —Yo no creo nada —responde—. Pero las consecuencias existen. Y la policía no tardará en llegar. Esboza una sonrisa de ternura torcida. —Será mejor que no toques nada… a menos que quieras mancharte aún más. —¿También me considera una amenaza? —pregunto, con la voz baja pero firme. Sor Benedetta me observa un largo segundo. —Lo único que sé —dice al fin— es que han ocurrido demasiadas cosas extrañas en los últimos meses. Desde que fuiste a ver a ese hombre. —Suspira—. Reza. Acepta tu penitencia. Y aléjate de los niños. Por su bien… y por el tuyo. Se da la vuelta y se marcha. La puerta queda abierta tras ella, como una herida. —No se quede ahí, hermana. Abandone el lugar de inmediato —advierte sin mirarme. Veo que el frasco aún tiembla levemente en la repisa. Sin pensarlo, lo tomo con rapidez y lo escondo en el bolsillo de mi hábito.
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