VALENTINA
La mañana llega con un cielo gris que no promete piedad. El convento está en un silencio espeso, antinatural. Nadie canta, nadie barre, las campanas no suenan a tiempo, como si incluso el metal dudara.
Cerca de las siete los veo llegar. Dos patrullas y un auto n***o, sin distintivos. Los observo desde el corredor que da a la cocina y siento cómo el estómago se me contrae. El miedo no irrumpe de golpe; se instala lento, como una humedad fría en los huesos.
El padre Vittorio sale a recibirlos.
—Estoy muerta de cansancio. Quiero dormir. Sor Benedetta nos obligó a permanecer en oración hasta que llegara la policía, y recién ahora aparecen. — menciona Sor Lucia —acercándose.
—Seguramente estuvieron primero en el hospital —agrego, intentando encontrar una explicación que no suene a reproche, aunque el agotamiento me pese en los huesos.
Mis piernas tiemblan. La noche ha sido demasiado larga, y aún no ha terminado.
Entonces lo veo. Entre ellos está Marco. El mismo hombre que algunas mañanas vi en la plaza comprando postres, siempre solo, siempre observando demasiado. ¿Vigilancia? ¿Casualidad? La duda me muerde. Y, por primera vez, un pensamiento que me duele aceptar se abre paso: quizá la Madre Agnese tenga razón. Desde que Dorian apareció en mi vida, todo a mi alrededor comenzó a romperse.
Nos conducen a la pequeña sala de reuniones. El interrogatorio empieza temprano y con un tono áspero.
El sargento Rinaldi, un hombre corpulento de rostro cuadrado, actúa como un sabueso sin paciencia. Lanza las preguntas como golpes, interrumpe las respuestas, observa a todas con la certeza de quien ya ha elegido a su culpable.
Las hermanas pasan una por una. Algunas tartamudean. Otras lloran. Una incluso murmura que Dios conoce la verdad aunque la justicia no.
Yo soy la última. Cuando entro, el aire cambia. Sor Benedetta ya está sentada, con las manos cruzadas sobre el regazo, rígida como una estatua de mármol. A su lado, el padre Vittorio mantiene la mirada baja, los dedos temblándole sobre el crucifijo. Ambos se presentar brevemente. Bellini me mira con dulzura sus ojos no tienen la dureza de Rinaldi. Hay cansancio, sí, pero también algo humano. Algo que no juzga. Por un instante fugaz, siento ese gesto como una mano invisible sosteniéndome desde lejos.
—Hermana Valentina —dice Rinaldi, seco—. ¿Puede decirnos con exactitud qué día fue a ver al señor Dorian Moretti?
—¿Qué tiene que ver eso con los niños? —pregunto, sin poder contenerme.
—Responda —ordena, intimidante.
Miro al padre Vittorio con un gesto entiendo que no debo mentir.
—Hace tres días —digo, firme.
—¿Fue sola?
—Sí.
—¿La madre superiora o el padre se lo pidieron?
—No
Rinaldi escribe con fuerza, como si grabara una sentencia. Bellini no aparta la mirada de mí. No me observa como sospechosa, sino como alguien que no quiere dejar caer.
—Curioso —dice Rinaldi—. El mismo día en que los benefactores del orfanato se retiran. Y al día siguiente, varios niños terminan intoxicados. ¿No le parece… conveniente?
Sor Benedetta interviene de inmediato.
—Esa visita nos condenó, señor. Desde entonces se ha corrido la voz de que este orfanato está bajo la influencia del crimen.
—Yo solo intenté salvar este lugar —murmuro, clavando la vista en el suelo.
El padre Vittorio no me defiende. Traga saliva. Guarda silencio.
—Ese intento nos costará caro —continúa Sor Benedetta, fría—. Tres meses. Eso es lo que nos queda antes del desalojo. Todo por acercarse a un demonio con rostro de benefactor. Para él, el dinero no era nada. Para nosotros, fue la ruina. Este ya no es un lugar de fe. Es territorio de mafia. Un poder que no podemos enfrentar.
Alzo la vista, conteniendo las lágrimas.
Bellini me está mirando. Nuestros ojos se encuentran y, por un segundo, todo lo demás desaparece. Él ladea apenas la cabeza, como si me pidiera perdón. Como si quisiera decirme sin palabras: yo te creo, aunque nadie más lo haga.
Rinaldi cierra su libreta de un golpe.
—Creo que ya tenemos suficiente. Nos vamos. Pero esto no ha terminado.
—¡Espere! ¿es todo? ¿No me preguntan por la cena. Ni por lo ocurrido anoche?
—De eso hablaremos después —dice el sargento Rinaldi—. Las demás hermanas ya han declarado. Usted es la única que se acercó a Dorian Martinelli.
—¿Por qué lo dice de esa manera? —pregunto.
Rinaldi alza apenas una ceja.
—¿Usted por qué cree?
Antes de que pueda responder, Bellini interviene.
—Ya es suficiente. —Su voz es firme, pero controlada—. Hermana Valentina, mañana necesito que me acompañe a la comisaría.
—¿Por qué? —pregunto, sintiendo cómo se me seca la garganta.
—Es necesaria su presencia, hermana —insiste Rinaldi—. Y no creo que le agrade que tengamos que llevarla con esposas.
—No serán necesarias las esposas, sargento —interviene Bellini de inmediato, suavizando el filo de la amenaza—. Pero sí es necesario que la hermana Valentina y yo hablemos.
La frase cae como un trueno.
Sor Benedetta y el padre Vittorio cruzan miradas rápidas, cargadas de cálculo y temor.
—Haremos todo lo que esté en nuestras manos para colaborar con la policía —dice Sor Benedetta, con una corrección impecable.
—Excelente —responde Bellini—. Mañana vendré por usted, hermana Valentina.
Lo miro, atónita.
Bellini sostiene mi mirada. No hay dureza en él. Solo una sombra leve de algo más profundo: una voluntad silenciosa de protegerme… o de arrastrarnos a ambos hacia un abismo del que ninguno saldrá intacto.
Cuando la puerta se cierra, Sor Benedetta no pierde tiempo en retirar el veneno.
—Parece que Dios ha empezado a escucharnos.
—Quisiera pensar que esa satisfacción en sus palabras no se debe a mi visita a la comisaría, hermana —respondo, seria.
Sus labios se curvan apenas.
—Las piezas siempre caen en su lugar, tarde o temprano. Y si la culpable es una, deberá aceptar las responsabilidades.
Sus palabras no suenan a fe, suenan a sentencia.