CAPITULO 34

1274 Words
MARCO Cuando cruzamos el portón del orfanato, el silencio que nos siguió fue más punzante que cualquier despedida. La puerta del convento se cerró a nuestras espaldas con un chirrido largo, cansado, como si el edificio mismo exhalara aliviado al vernos partir. El aire afuera era más limpio, pero no menos denso. Rinaldi bajó los escalones con el ceño fruncido, mascando el silencio como si fuera tabaco rancio. Yo caminé detrás, con las manos en los bolsillos, la mirada fija en los portones de hierro. —¿Qué es lo que pretendes, Bellini? —escupió de pronto—. ¿Por qué demonios quieres llevarte a esa monjita a la comisaría? No respondí enseguida. Me detuve a unos pasos del auto y miré hacia el edificio. —Porque aquí no va a decir nada —dije al fin—. No mientras esa madre superiora la vigile como un halcón. Hay algo que no encaja… algo que la obliga a callar. Rinaldi soltó un bufido. —¿Tú crees que fue ella la que envenenó a los críos? Negué con la cabeza. —No. Ella no hizo daño a nadie. Pero sí se acercó a Dorian Mortinelli. Y él no solo la recibió… habló con ella. Le dio un plazo. —Lo miré de reojo—. ¿Tú conoces a algún mafioso que dé plazos si no ve algo que le sirve? Rinaldi me sostuvo la mirada, entre burlón y desconfiado. —¿Y eso qué prueba? Que se la está tirando, tal vez. Di un paso hacia él. No alcé la voz, pero sentí el frío en los ojos. —No hables así de ella. Ni aquí… ni en ningún lado. Rinaldi levantó las manos, fingiendo rendición. —Mira qué caballero. No me digas que te ablandó esa mirada de mártir. Respiré hondo. —Desde hace años intentamos ponerle la soga al cuello a Martinelli. Vigilancias, micrófonos, informantes. Nada. Ni una g****a. —Señalé el orfanato con la barbilla—. Y esa mujer logró lo que nadie: entró en su oficina… y salió viva. —¿Y tú crees que puede ser aliada de la ley? —No lo sé. Pero sé que él se fijó en ella. Y eso puede convertirse en un arma… o en un escudo. Rinaldi me observó en silencio durante unos segundos. Luego abrió la puerta del auto de un tirón. —Solo te digo una cosa, Marco. No te metas tan profundo que luego no sepas si estás protegiendo a una víctima… o encubriendo a una santa caída del cielo que todavía no mostró los colmillos. No le respondí. Me quedé allí, de pie, mirando la cruz que coronaba la fachada del orfanato, esperando una señal que sabía que no iba a llegar. Porque las señales no vienen del cielo. Vienen del infierno y a veces usan hábito, y a veces te miran con unos ojos que todavía suplican redención. Justo cuando estoy por subir al auto, la puerta principal del orfanato se abre con un chirrido breve, casi culpable. Levanto la vista de inmediato. Valentina aparece en el umbral, lleva los ojos bajos. Las manos le tiemblan y aprieta algo contra el pecho. Me giro del todo. Mis pasos se adelantan antes de pensarlo. Detesto cuando el cuerpo decide por mí. Cuando alza la mirada y nuestros ojos se cruzan, siento el golpe seco de algo que no debería permitirme sentir. —Tenía que dárselos yo… —murmura. Abre la mano despacio. Un frasco pequeño de vidrio. Sin etiqueta, sin marcas. El polvo dentro es verdoso como regano a simple vista. Lo tomo con cuidado. —Lo encontré esta madrugada —dice, casi sin voz—. Siempre ha estado en la alacena, pero… algo era distinto. Es lo único fuera de lugar. No sé si sirve, pero siento que tiene que ver con lo que les pasó a los niños. Rinaldi se acerca de inmediato. No disimula el recelo. —¿Y por qué no lo entregó antes? —dispara—. Pudiste hacerlo adentro. Con todos presentes. Valentina baja aún más la cabeza. —No podía hacerlo. —¿Y espera que le creamos? —insiste Rinaldi—. Qué oportuno, ¿no? Justo al final aparece el frasquito milagroso. —Rinaldi —lo corto, sin alzar la voz—. Basta. Vuelvo a mirarla. —Lo analizaremos, hermana Valentina. Gracias por traerlo. Sus hombros se aflojan apenas. Como si no esperara que nadie la creyera. —Mañana vendremos temprano —añado—. Necesitamos hacerle más preguntas. —Sí… estaré lista. —¡Valentina! — se oye una voz autoritaria. Una de las hermanas aparece en el umbral, rígida como una orden. —Vuelve ahora mismo. Valentina se estremece. Asiente rápido, casi con culpa. Se despide con una inclinación torpe y retrocede. Sus pasos resuenan en las baldosas. La puerta se cierra tras ella con un golpe seco. Guardo el frasco en la bolsa de evidencia y Rinaldi no me quita los ojos de encima. —No me gusta —murmura—. No me trago esa cara de santa. No respondo. Sigo mirando la puerta cerrada. —A veces —digo— la verdad se esconde donde menos ruido hace. —O es una trampa —replica—. Y tú la estás mirando como si fuera un ángel caído. Lo miro de lado. —No confundas atención con debilidad. —¿Ah, no? —se burla—. Porque desde donde yo estoy, ya te cruzó la piel. Y te recuerdo algo: si esa mujer está vinculada a los Martinelli, estamos hasta el cuello. Sin margen para errores… ni para impulsos. Aprieto la mandíbula. —Es una monja. —Y tú un policía —responde—. Mala combinación. Además, dime tú: ¿desde cuándo las monjas rompen reglas a medianoche para husmear en cocinas? No contesto enseguida. —Dijo que no podía hacerlo delante de las demas —respondo al fin—. Y no me dio la impresión de estar mintiendo. Rinaldi suelta una risa sin humor. —Los mejores mentirosos nunca lo parecen. Escucha: no digo que sea culpable. Digo que si te dejas llevar por lo que provoca, y resulta estar metida, el caso se cae. Y tú con él. Miro el frasco. Parece más pesado de lo que es. —Lo sabremos cuando lo analicen —digo—. Una cosa u otra. Rinaldi abre la puerta del auto. —Mañana, cuando vengamos por ella, trae la placa. No el corazón. Sube. Yo me quedo un segundo más mirando la fachada del orfanato. Las piedras viejas, la Cruz, el silencio. —¿Y si no está involucrada? —pregunto en voz baja—. ¿Y si es la única que intenta hacer lo correcto? —¿Y si es solo otra pieza? —responde—. No te fíes, Marco. No ahora. Arranco el vehiculo. —Hazme un favor —digo, con la vista al frente—. Investiga el pabellón trasero. El que no figura en los planos. Y quién tendría motivos para arruinar este lugar. Porque algo está podrido ahí dentro. Rinaldi guarda silencio un momento. —Espero que no tenga nada que ver con lo de hace seis meses. Lo miro de reojo. —¿Via dei Tigli? Asiente. —Carlo Ventresca. Ejecutado a dos cuadras de aquí. Llovía, apagón, todo limpio. Nada que agarrar. Y ahora niños intoxicados, monjas nerviosas… y una mujer que no encaja en ningún lado. Aprieto el volante. No necesito decirlo en voz alta, las cosas que no encajan… son las que suelen romperlo todo.
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