DORIAN
El laboratorio improvisado del hospital huele a alcohol, desinfectante y café recalentado. Una combinación que siempre anuncia malas noticias.
Me quedo de pie, en silencio, observando a Emanuele Corvi mientras trabaja. No necesito hablar para saber que algo no está bien. Lo conozco desde hace años. Cuando frunce el ceño de esa manera, es porque el cuerpo humano fue violentado con intención.
El frasco descansa abierto sobre la mesa metálica.
—Marco ¿Qué tal tu día? Esper que sea igual de entretenido como el mío. —pregunta sin mirarme, mientras deposita una gota en el espectrómetro.
—¿Cómo vas con eso?
—Digamos que vamos avanzando. Hoy ingresaron tres más. Mismos síntomas: vómitos, fiebre súbita, visión borrosa, confusión.
—¿Están fuera de peligro?
—Estables. Por ahora. —Hace una pausa.
Rinaldi se acerca por detrás, apoyando el brazo sobre el respaldo de una silla.
—¿Y bien? ¿Qué es esa porquería?
Corvi lee la pantalla con una atención que me pone en alerta. Demasiada. Sus dedos se detienen sobre el teclado.
—Orégano —dice al fin—. O, al menos, eso es lo que parece a simple vista.
Levanta la vista hacia mí.
—Pero está contaminado. Mezclado con un polvo finísimo. Una combinación deliberada.
Señala los resultados.
—Hierbas comunes como anís y raíz de valeriana para enmascarar el olor. Y debajo… belladona en una variante concentrada. Extracto de semilla de ricino en dosis mínimas. Cada componente, por separado, podría pasar desapercibido. Juntos… no.
—¿Envenenamiento? —pregunto.
Corvi asiente, grave.
—Diseñado para parecer comida. Para esconderse en algo cotidiano. El orégano fue la puerta de entrada. Diseñado para no parecerlo —responde—. Esto está hecho para simular un virus o una intoxicación alimentaria común. Si no se analiza a fondo, pasa desapercibido.
—¿Y en dosis mayores?
No duda.
—Mortal.
Rinaldi suelta un insulto por lo bajo.
—Si esos chicos no hubieran recibido suero a tiempo —continúa Corvi—, algunos no lo habrían contado.
Aprieto la mandíbula.
—¿Dónde puede haberse preparado esto?
—No en una cocina cualquiera —dice—. Estas sustancias no se compran en farmacias. Alguien sabía exactamente lo que hacía. Y tenía acceso.
La imagen vuelve sin pedir permiso: Valentina, pálida, el frasco apretado contra el pecho. No como quien se defiende. Como quien entrega una culpa que no es suya… o que no puede cargar sola. Esto no fue un accidente, Marco. Fue un mensaje.
—Gracias, Emanuele. Avísame si alguno empeora.
—Vivirán. No te preocupes.
—Gracias por todo Emmanuel. Si ha ago más no dude en llamrame.
Salimos del laboratorio sin decir nada durante varios pasos.
—¿Y si fue ella? —lanza Rinaldi de pronto.
Me detengo.
—¿Valentina?
—Tiene acceso a todo —enumera—. Cocina, despensa, medicamentos. Y no me mires así. También viste cómo te miraba.
—No mezcles las cosas.
—Yo no mezclo nada —replica—. Tú sí.
Lo miro fijo.
—Si fuera culpable, no nos habría entregado el frasco.
—O sí —responde—. Para borrar rastros. Para adelantarse a nuestras sospechas.
Respiro hondo.
—No lo creo —digo—. Pero tampoco la absuelvo. No todavía.
Rinaldi me observa, evaluando.
—Entonces estamos de acuerdo en algo —dice—. Esto no termina en el orfanato.
—No —respondo—. Esto recién empieza.
Y si los Martinelli están detrás lo averiguaremos… no fue un aviso. Fue una advertencia.
—¿A dónde vamos?
—Al orfanato, necesito hablar con valentina ahora mismo.
La tarde cae lentamente sobre los muros grises del orfanato, alargando las sombras sobre los vitrales. El lugar siempre tuvo algo de mausoleo, pero hoy pesa más. Cada paso resuena como una acusación.
Camino junto a Rinaldi por el hall central. El padre Vittorio nos guía en silencio hasta su oficina, con las manos entrelazadas, como si rezara sin palabras.
—Estamos dispuestos a cooperar —dice al fin, con cautela—, pero… ¿puedo saber por qué están aquí?
—Descubrimos qué causó el envenenamiento de los niños —respondo—. Necesitamos hablar con la hermana Valentina.
El color abandona el rostro del padre Vittorio.
—¿Qué…? ¿Envenenamiento?
—Por favor —insisto—. Tráigala.
Rinaldi se detiene junto a la puerta.
—Yo me quedo afuera, para que nadie se acerque.
—No creo que sea necesario —replica el padre Vittorio, incómodo.
—Me temo que esta vez sí —insiste Rinaldi.
Cruza los brazos, rígido. Sus ojos barren el pasillo como si esperara que algo —o alguien— se moviera. Pasan unos minutos tensos, hasta que la puerta vuelve a abrirse.
Valentina entra.
—Hermana Valentina —empiezo, con una voz más suave de la que había planeado—. Lamentamos esta formalidad, pero necesitamos interrogarla oficialmente. Lo ocurrido con los niños es grave… y tememos que esté relacionado con fuerzas que podrían alcanzarla también a usted.
Me mira.
Y algo en su mirada se rompe.
Por primera vez no veo a la monja serena, casi etérea. Veo a una mujer exhausta, sosteniéndose apenas, cargando silencios que pesan más que la culpa.
Le indico que se siente.
—¿Qué pasó, Valentina? —pregunto en voz baja, sin rodeos—. ¿Quién está detrás de esto? ¿Qué sabe usted?
Traga saliva. Sus labios tiemblan antes de obedecerle a la voz.
—He estado aquí desde el primer día —susurra—. Desde que este lugar abrió sus puertas. Conozco a todos. Nadie… nadie que haya entregado su vida a estos niños querría hacerles daño. Quiero creer que eso sigue siendo verdad.
Asiento despacio. No aflojo.
—Hace seis meses encontramos un c*****r a dos cuadras de aquí —digo—. Un asesinato ligado a la mafia. Ese hombre trabajaba para los Di Santis, enemigos históricos de los Martinelli. ¿Sabe algo de eso?
Vacila.
—No —responde.
Pero la duda se le filtra en el tono. Apenas una g****a. Suficiente para saber que no me dice todo.
—Puede confiar en mí —le digo—. Quiero ayudarla. Ayudar a los niños.
Ella frunce el ceño.
—Por eso nos vigilaban desde hace meses, ¿verdad? —dice con voz baja—. Con la excusa de comprar galletas, de acercarse a nosotras… sospechaban de este lugar por ese crimen.
—No —respondo con firmeza—. Ese acercamiento fue real. Nunca la estuve vigilando.
Valentina me sostiene la mirada unos segundos.
—Sus ojos dicen otra cosa, detective.
Aprieto la mandíbula.
—Valentina. Créame. Solo quiero ayudar. Dígame lo que calla. ¿Sabe quién pudo hacerles daño a los niños?
Niega, casi con dolor.
—Si sabe algo, debe decirlo —insisto—. La vida de esos niños sigue en riesgo. La de todos ustedes también. Si Martinelli quiere estas tierras, están en medio de un fuego cruzado.
Sus ojos se humedecen.
—Usted… ni nadie puede ayudarnos —susurra—. Este lugar está maldito.
Hace una pausa, como si le costara respirar.
—La madre superiora tenía razón. Todo empezó cuando fui a ver a Dorian Martinelli. Yo traje la desgracia.
No disimulo la tensión en la voz.
—¿Por qué fue a verlo?
Baja la mirada.
—Tal vez pensé que podía tocar su corazón —dice—. Pero los hombres como él… no tienen sentimientos.
Y en ese instante entiendo algo peligroso: no fue ingenuidad lo que la llevó hasta Martinelli. Fue fe, y la fe en este mundo, suele cobrarse con sangre.