CAPITULO 36

1242 Words
MARCO Salgo de la oficina con el ceño fruncido y la mandíbula apretada. No digo nada. No hace falta. Con un gesto seco le indico a Rinaldi que es hora de irnos. El pasillo del orfanato parece más largo que antes. Cada paso resuena contra las paredes como un reproche. No miro atrás. Sé que Valentina no nos sigue. Se queda allí, sola, frente a esa cruz colgada en la pared, buscando respuestas donde ya no queda nadie dispuesto a darlas. Apenas cruzamos la puerta, el calor húmedo de la tarde me golpea como una bofetada. El aire pesa. Rinaldi camina en silencio hasta el auto, pero sé que no va a aguantar mucho. —¿Qué pasó ahí dentro? —pregunta al fin, con la voz baja, tensa, antes de subir. Me detengo. Saco un cigarro. Lo enciendo con manos rígidas. Aspiro hondo. El humo me da unos segundos para ordenar el caos, pero no alcanza. —Martinelli está involucrado —digo finalmente—. Y aunque Valentina no lo dijo, alguien de adentro envenenó la comida. Una de las hermanas. Ahora solo falta saber quién… y por qué. Rinaldi parpadea. —¿Y por qué no pensar que fue ella misma? —dice—. Ahora se arrepiente. Nos entrega migajas y se lava las manos. Exhalo despacio. El cigarro se consume entre mis dedos. Lo arrojo al suelo y lo aplasto con el zapato, como si pudiera hacer lo mismo con la sospecha que me roe por dentro. —No fue ella —respondo—. Lo sé. —¿Otra de tus corazonadas? —escupe—. Te dejas convencer fácil por un par de ojos bonitos. No le contesto de inmediato. —¿En qué estás pensando? —insiste. —En que esto recién empieza —digo—. Y antes de mover otra ficha, quiero que investigues a la hermana Valentina. Todo. Su pasado, sus votos, cómo llegó aquí. En algún punto hay una conexión entre ella y Martinelli. Tiene que haberla. Rinaldi arquea una ceja. —¿Sabes lo que estás pidiendo? —dice—. Vincular al mafioso más peligroso del país con una monja no es exactamente sencillo. Todo lo que tenemos de él está en ese informe… y no promete milagros. —Si alguien puede hacerlo, eres tú —respondo, cruzando los brazos—. No necesito milagros. Necesito hechos. Rinaldi sonríe de lado. —Halagarme no va a hacer aparecer pruebas —dice—. Pero hay otra forma de obtener respuestas. Lo miro. —¿Cuál? —Convencer a la monjita de que te las cuente —responde, dándome una palmada en el hombro—. Si alguien puede hacerla hablar, eres tú. Usa lo que tengas. Hasta hoy no he visto una sola mujer que se te resista. —Es una monja —gruño. —Y tú eres un soltero con carisma y una peligrosa tendencia a meterte donde no debes —replica—. No es una insinuación. Es un recordatorio de tus talentos. Suelto una risa breve, amarga. —A veces me pregunto qué tan lejos estamos dispuestos a llegar por la verdad. Rinaldi abre la puerta del auto. —A esta altura, Marco… ya cruzamos el punto de retorno. Subimos. El motor ruge. Mientras nos alejamos del orfanato, no puedo sacarme una idea de la cabeza: dejamos de investigar un simple caso de intoxicación hace rato. Ahora estamos entrando en algo más oscuro. Algo que huele a poder, fe quebrada y sangre vieja. Y en el centro de todo, como una sombra imposible de ignorar, está su nombre: Dorian Martinelli. El motor del auto todavía vibra cuando dejo de mirar por el retrovisor. El orfanato se empequeñece detrás de nosotros, tragado por la noche que empieza a caer. —No pienses tanto, Marco —dice Rinaldi mientras conduce—. Los mejores casos toman tiempo en resolverse. —Y otros se quedan sepultados en los cajones de la oficina —respondo sin mirarlo. —Los peces gordos provocan esos casos especiales. Pero este… este va a tener un final. Aprieto la mandíbula. —Hemos luchado en las sombras con la mafia durante décadas y no logramos frenarla. Pero ahora tenemos una resquebrajadura en ese armazón blindado. Y creo que, si empujamos bien, puede romperse del todo. Rinaldi resopla. —Empecemos por vigilar a esa monja. Sabe más de lo que dice. No respondo. Las palabras de Valentina siguen resonando en mi cabeza como una oración mal dicha. Yo traje la desgracia. No dijo él. Dijo yo. Eso es lo que me jode. Llegamos a la comisaría ya entrada la noche. Rinaldi se baja primero. —Voy a mover algunos contactos —dice—. Pero no te enamores de tus sospechas, Marco. Subimos. Me quito la chaqueta apenas entro y voy directo al archivador metálico del fondo. —Va a ser una noche larga —murmuro—. Trae café. Cuando se va, saco la carpeta y la dejo sobre el escritorio. MARTINELLI, DORIAN. Abro el expediente otra vez. Esta vez lo leo despacio, como se leen las mentiras bien escritas. En el papel, todo es impecable: hombre de familia tradicional, fortuna antigua, apellido respetado. Educación privada, estudios en economía, regreso al país a los veintiocho para incorporarse al Grupo Martinelli. Bienes raíces, transporte, exportaciones, fundaciones benéficas. Todo legal. Todo limpio. Demasiado ordenado. Paso las hojas. Su padre, Alessandro Martinelli, aparece mencionado varias veces, siempre en pasado. Investigaciones antiguas por falsificación de títulos de terreno, triangulación de propiedades rurales, posible lavado de dinero. Nunca hubo pruebas suficientes. Archivo tras archivo cerrado por falta de mérito. Muerte natural. Infarto. Eso dice el informe. Dorian hereda todo. Sin disputas, sin conflictos, sin objeciones legales. Las propiedades se multiplican después de la herencia. Compra terrenos, edificios, instituciones enteras, siempre mediante intermediarios, fundaciones o sociedades anónimas limpias como quirófanos. Más adelante aparecen el tío, primos lejanos, socios menores. Nombres con antecedentes borrosos: contrabando, extorsión, apuestas ilegales. Algunos muertos. Otros desaparecidos. Pero él no. Dorian Martinelli no figura vinculado directamente a nada ilegal. Ni una causa, ni una imputación, ni siquiera un rumor documentado. Camina siempre un paso fuera del alcance de la ley. Auditorías impecables. Donaciones registradas. Impuestos al día. Fundaciones infantiles, incluso una con fines religiosos. Todo correcto. Y, sin embargo, el expediente pesa. Porque cuando busco acciones, su nombre no aparece. Cuando busco decisiones, hay sellos de terceros, firmas delegadas. Cuando busco culpas, hay silencio. Dorian Martinelli no ensucia sus manos. Otros lo hacen por él. Me froto la cara. Este hombre no es un criminal común. Es peor. Aprendió desde niño que el poder real no deja huellas. Su padre fue investigado. Su tío cayó. Sus primos pagaron errores. Él observó, esperó, heredó. Paso otra hoja y el pulso se me frena en seco. Intento fallido de adquisición: Orfanato Santa María. Cierro los ojos un segundo. El informe es breve. Negociación iniciada décadas atrás por Falconi y Di Santis. Disturbios. Muertes. Luego, hace unas semanas, la propiedad pasa a manos de Dorian Martinelli. Según el padre Vittorio, exigen 2,8 millones para no desalojarlos. Después, una prórroga de tres meses para conseguir el dinero. Martinelli no da plazos, ni deja ir a la gente que entra en su oficina. Paso la página. Seis meses atrás: Carlo Ventresca, hombre de los Di Santis. Ejecutado a dos cuadras del orfanato. Trago saliva y cierro el expediente de golpe.
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