CAPITULO 38

904 Words
VALENTINA El detective Bellini tiene algo en la mirada. Algo que no debería notar… y sin embargo noto. No es bondad. Es calidez. Una peligrosa. De esas que no prometen nada y aun así invitan a acercarse. Eso es lo que me perturba. Y lo que me hace sentir culpable. Y viva. —Está bien… solo un momento —murmuro, como si me estuviera dando permiso a mí misma. Me sostiene la puerta del coche con naturalidad. No hay prisa. No hay presión. Subo, y mientras avanzamos, siento su mirada volver a mí más de una vez. No es descarada, es atenta. Como si intentara leer algo que ni yo me atrevo a nombrar. En la heladería pide dos conos, uno de fresa para mí y uno de vainilla con chispas de chocolate. Cuando me lo entrega, nuestros dedos se rozan. Es un contacto mínimo, casi inocente, pero el cosquilleo me sube por el brazo como una confesión. —Gracias —digo en voz baja. Nos sentamos en un banco bajo un árbol. Lamo el helado con timidez, consciente de su atención, de cómo su silencio no pesa sino acompaña. Hablamos de cosas pequeñas, casi inútiles, como si ambos necesitáramos fingir normalidad: del clima que cambia sin avisar, de cómo los días se nos escapan de las manos, de los colores desparejos de las casas del barrio. Señala a un grupo de niños que corre por el parque y sonríe. —Corren como si el mundo no pudiera alcanzarlos —dice. —Ojalá siempre fuera así —respondo, y me sorprende lo fácil que me sale. Reímos. Una risa breve, compartida, que se queda flotando entre nosotros. Me cuenta que de niño odiaba el helado de vainilla con chispas de chocolate y ahora lo pide solo para llevar la contraria. Yo confieso que siempre digo que no tengo frío aunque lo tenga. Son tonterías, pero en ellas hay un refugio. Entonces se inclina bruscamente hacia mí. —Tienes una mancha aquí. No alcanzo a reaccionar. Bellini alza la mano y su pulgar roza la comisura de mis labios, limpiándola con una delicadeza que me deja sin aire. El gesto es lento, consciente. Se detiene un segundo, para luego, sin apartar la mirada de la mía, lleva el pulgar a su boca y lo saborea, como si probara el helado… o algo más. No puedo moverme. Su mirada se clava en la mía, firme, directa, despojándome sin tocarme. Siento que me ve entera. No como monja, sino como mujer. El corazón me golpea el pecho. Bajo la mirada demasiado tarde; el rubor ya me quema el rostro. Rezo en silencio no para que se detenga, sino para recordar por qué esto está mal. Y aun así… no retiro el helado de mis labios. —No… no deberíamos estar aquí —digo al fin, nerviosa, mirando a mi alrededor como si el mundo pudiera delatarnos. Él reacciona de inmediato. Se pone de pie con brusquedad, como si también hubiera cruzado una línea invisible. —No quise incomodarte —dice—. Si te ofendí… te pido disculpas. Fue solo una reacción. —Debo irme. Gracias por el helado. Doy un paso, pero lo siento detrás de mí. —Espera. Te llevaré de regreso. Asiento sin mirarlo. Sus ojos brillan con algo que no es solo vergüenza. Me guía hasta el auto con una calma que contrasta con el torbellino que llevo dentro. Antes de abrirme la puerta, me mira una vez más, fijamente. —No fue mi intención, hermana. —No se disculpe por ser como es —murmuro. No añade nada. Me siento en silencio, sosteniendo el cono entre las manos, tratando de terminarlo sin sentir que su mirada aún me sigue. El camino de regreso es silencioso. El murmullo del tráfico, el zumbido del aire acondicionado, el crujir del papel del cono: sonidos pequeños que llenan un espacio demasiado cargado. No lo miro, pero su presencia vibra a mi lado. Es demasiado. A unas cuadras del orfanato, hablo sin apartar la vista de la ventana. —No debería involucrarse más de lo necesario, detective Bellini. Él frunce el ceño y gira apenas hacia mí. —¿A qué te refieres? Trago saliva. Mi voz es firme, aunque mis dedos tiemblan. —Dorian Martinelli es un hombre peligroso. Me observa con atención. —¿Te ha hecho daño? Niego de inmediato. Demasiado rápido. —No. Solo… quiero que entienda que, si desea ayudar a los niños, está bien. Pero manténgase al margen. No vuelva a buscarme. El silencio se espesa. No insiste. No todavía. Detiene el coche frente al portón del orfanato y se vuelve hacia mí, serio. —Valentina… no puedo hacerme el ciego. No si hay alguien en peligro. Ni tú ni esos niños merecen vivir bajo la sombra de alguien como Martinelli. Me quedo inmóvil, la mano en la manija. Abro la puerta, pero no bajo enseguida. El aire frío de la noche se cuela… y con él, la certeza de que algo está a punto de quebrarse. —Si de verdad quiere ayudarnos… manténgase lejos de este lugar. Al fin lo miro. Mis ojos son un mapa de emociones que no sé esconder: miedo, fuerza, culpa. Él sostiene mi mirada, leyendo más de lo que digo. Bajo del auto y camino hacia el portón sin mirar atrás. Y sé con una claridad que me asusta, que nada de esto ha terminado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD