CAPITULO 39

826 Words
DORIAN Continúo de pie frente al ventanal, viendo cómo la ciudad se empapa bajo una lluvia fina y pertinaz. Detrás de mí, la oficina es un silencio caro, roto solo por el tictac del reloj de pared y el leve sonido de las teclas en la laptop de Gaetano. Hasta que la puerta se abre sin el aviso de un golpe. Matteo entra y se apoya contra el marco de la puerta, cruzando los brazos, como un actor que sabe que tiene un papel bueno. —Tenemos un pequeño escándalo, padrone —anuncia, y su voz tiene ese tono de quien comparte un chiste privado, sórdido—. De los que venden periódicos. Niños intoxicados el día de ayer en el orfanato Santa María, nada menos. Imagínate el drama: ambulancias, médicos corriendo, monjitas histéricas rezando en los pasillos, cruces al aire. Y la policía, por supuesto, con esa cara de mártir aburrido que ponen cuando el caso es demasiado triste para su café de la mañana. No me giro. —Continua. —Parece que alguien se puso juguetón en la cocina —continúa él, con un deje burlón que empieza a irritar mi paciencia—. Jugó a la alquimia con la cena de los angelitos. Y lo mejor del asunto… —hace una pausa deliberada, saboreando el momento— es que hay una monjita justo en el centro del huracán. Joven, de carita dulce e inofensiva. La clase de inocente perfecta para cargar con el pecado ajeno, ¿no crees? Permanezco inmóvil. Pero dentro, algo se enciende. —Hermana Valentina —dice él, soltando el nombre como quien tira un dado cargado—. Estaba cerca de las ollas cuando todo empezó. Ya la llevaron a la comisaría a ‘declarar’. La policía necesita cerrar el asunto rápido, limpiar el expediente… y ya sabes cómo funcionan estas cosas. Una monja solitaria, sin protectores, con un motivo cualquiera inventado… es la solución más elegante para todos. Menos para ella, claro. Esta vez, me giro. Matteo sostiene mi mirada con esa sonrisa torcida aún en su rostro. —¿Muertos? —pregunto. —No. Todavía no —responde, encogiéndose de hombros con una falsa indiferencia—. Pero el miedo, el escándalo, la duda… eso vende mejor que los c*******s, jefe. Deja más huella. El ruido ya empezó. Para hoy en la tarde, todo Nápoles creerá que la Hermana Valentina envenenó a sus propios huérfanos. Un silencio punzante cae entre nosotros. Lo observo, buscando en sus ojos no la noticia, sino la intención detrás de ella. —Quiero saber quién hizo esto —digo, y cada palabra es de acero. Matteo se ríe sin humor. —¿De verdad te importa quién? Podrías dejarlos que se ahoguen solos en su miseria. Si te dejas ver cerca de este lío, si muestras el más mínimo interés… los policías, los periodistas, los leones que siempre están al acecho… empezarán a conectar puntos. Y ya sabes lo que eso significa. —Se acerca un paso, bajando la voz a un susurro conspirativo y venenoso—. Será tu tumba. Una tumba lenta, hecha de papeles y rumores. Lo miro con una calma que es más peligrosa que cualquier explosión de furia. La tensión en la habitación es palpable, un alambre tensado a punto de romperse. —Voy a ir al hospital —declaro, y es una sentencia, no un plan—. Quiero ver con mis ojos qué pasó. El ceño de Matteo se frunce de inmediato. La máscara de indiferencia se resquebraja, dejando ver la irritación pura y dura. —¿Al hospital? ¡No tienes por qué involucrarte personalmente! Para eso me tienes a mí. Para manejar esta… basura. Antes de que pueda responder, Gaetano se pone de pie ajustando su saco. —Yo me encargaré. Su presencia es como la de una piedra en un río: silenciosa, inmutable, que cambia la corriente con solo estar ahí. Matteo gira lentamente hacia él. Sus ojos, ahora encendidos de algo más oscuro que la irritación, se clavan en Gaetano. —¿Tú? —escupe la palabra, cargada de desprecio—. ¿Desde cuándo esto es asunto tuyo? ¿Desde cuándo te metes en lo que yo traigo? Gaetano no le presta atención. Cuando habla, lo hace mirándome a mí, ignorando por completo la presencia hirviente de Matteo. —Desde que alguien tocó algo que no debía —dice, su voz un rumor grave y controlado—. Y desde que tú, Matteo, prefieres bromear y disfrutar del espectáculo en lugar de usar la cabeza para pensar. Camina hacia la puerta sin prisa, sin mirar atrás. Al pasar a mi lado, nuestros ojos se encuentran un instante. No hay necesidad de palabras. Hay un entendimiento allí, forjado en años de lealtad silenciosa y acciones. —Te mantendré informado, Dorian —dice, y sale, cerrando la puerta tras de sí con un suave clic que suena más definitivo que cualquier portazo.
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