El silencio que queda es denso, incómodo, cargado de la rabia no dicha de Matteo. Él se ríe de nuevo, pero ahora el sonido es amargo, roto.
—Bonito gesto —dice, escupiendo las palabras—. Tu mano derecha. Siempre él. Siempre un paso por delante. Siempre el que recibe la mirada de confianza.
Me acerco al escritorio, alineo un par de documentos que no necesitan ser alineados. Un gesto para ocupar las manos, para demostrarle que su drama me importa menos que el polvo sobre la madera pulida.
—Gaetano es mi mano derecha —digo, sin levantar la vista—. Y lo seguirá siendo. Porque cuando habla, es para decir algo. No para escucharse a sí mismo.
Matteo da un paso adelante, la sonrisa completamente desaparecida, su rostro ahora es una máscara de resentimiento puro. —Yo fui quien trajo la noticia. Yo soy el que se mueve en los bajos fondos, el que escucha los rumores en las tabernas, el que tiene los oídos en todas partes. Y aun así… cuando hay algo delicado, algo que importa, pones a él por encima de mí.
Finalmente, alzo la mirada para enfrentar la suya. —Porque confío en él —digo, y la simpleza de la frase es el insulto más grande—. Y la confianza, Matteo, no se regala en una bolsa de monedas por un chisme. Se gana con acciones, con silencio cuando es necesario, con lealtad.
—Te equivocas conmigo, Dorian —dice, y su voz ahora es un hilillo tenso, peligroso—. Podría hacerlo mejor. Podría encargarme de todo esto sin levantar ni una mota de polvo. Sin que nadie supiera nunca que estuviste cerca. Pero tú nunca me das la oportunidad. Nunca me das el voto de confianza. ¿porque?
—Porque si te sucede algo, mi tío jamás me lo perdonaría.
Matteo me mira un segundo más, un instante que se dilata en el aire cargado de nuestra tensión no dicha. En sus ojos, veo la batalla interna reflejada con perfecta claridad: el impulso animal de escupir todo su veneno, de desafiarme aquí y ahora, de marcar un territorio que nunca será suyo, choca contra el instinto de supervivencia primario, ese que le susurra al oído que cruzar esta línea sería firmar su propia sentencia con un gesto estúpido.
—Haz lo que quieras —murmura. Su voz ya no tiene la falsa ligereza de antes; está cargada de una amargura densa, aceitosa, que ya no se molesta en disfrazar—. Sigue confiando en tu piedra silenciosa. Tu roca leal. —Hace una pausa, dejando que el desprecio por Gaetano cuele entre las palabras—. Pero no digas después que no te advertí. No digas que no viste venir la tormenta que tú mismo estás alimentando.
Da media vuelta. No hay un portazo dramático, un ruido que delate su furia infantil.
Tomo el teléfono y llamo a Gaetano.
—Escucha con cuidado —digo—. Te vas a hacer cargo personalmente de todo. No quiero huellas, no quiero nombres, no quiero que nadie, ni la policía, ni los periodistas, ni los malditos fantasmas, sepa quién está moviendo los hilos. Tu primera y única prioridad es que Valentina salga limpia de esto. Que su nombre no roce ni un solo papel de la investigación. Que sea invisible. ¿Está claro?
—Entendido —responde.
—Y después —continúo—, averigua quién se atrevió a poner sus manos sucias cerca de esos niños. No me importa si fue un accidente, negligencia, o un mensaje dirigido. Encuentra al responsable. Tráemelo a mí. Yo me encargaré de que entienda el precio de tocar lo que no le pertenece.
—Será hecho —dice Gaetano, y la simpleza de la promesa tiene el peso de un juramento de sangre.