CAPITULO 25

1280 Words
DORIAN La puerta de mi despacho se cerró tras de mí con un golpe seco, definitivo. No miré atrás. Avancé por el pasillo largo y estrecho que conduce al ascensor, mis pasos resonando contra el mármol como un conteo que no sabía a dónde me llevaba. Ninguno de mis hombres dijo una palabra. Sabían leerme el rostro, y lo que vieron allí no admitía comentarios. El alboroto detrás de la puerta, había dejado muy poco a la imaginación. Al salir al exterior, la llovizna caía fina, persistente, casi invisible. Las calles estaban vacías, entonces pensé en ella. El orfanato estaba lejos. Fue un gesto estúpido impropio e innecesario de mi parte, pero que nació hacerlo. Vi un taxi libre avanzar despacio por la avenida. Levanté la mano apenas, un movimiento mínimo, y el coche se detuvo de inmediato. Me acerqué a la ventanilla. —Espérate aquí —le dije al conductor, quien pareció recocerme o al lugar y asintió—. Dentro de unos minutos, una monja saldrá de ese edificio. La llevarás a su destino sin hacer preguntas y más te vale que no le cobres el recorrido o te las veras conmigo. Saqué un fajo de billetes y le extendí un par, doblados. El hombre me miró con confusión, pero no hizo preguntas. Apagó el motor y esperó. Me alejé hacia mi propio coche. Un Bentley n***o, estacionado en la sombra como una bestia paciente. No paso mucho para que saliera. Caminaba despacio, como si el cuerpo pesara más que antes. Los hombros ligeramente caídos. El rostro pálido, ausente. No era la mujer de mirada de fuego que había entrado a mi despacho horas antes, esa que me sostuvo la mirada con una mezcla de miedo y orgullo que me irritó desde el primer segundo. Esta… estaba apagada, rota en silencio y eso me incomodó. No era remordimiento, era algo más que me golpeaba de manera desesperada el corazón. —¿Qué diablos me pasa? —murmuré, viéndola subir al taxi. El coche arrancó y se perdió en la carretera. —Mierda —susurré, golpeando el timón, mientras el Bentley se ponía en marcha. Saqué el teléfono y llamé a Gaetano. —Voy a tu departamento —dije en cuanto atendió—. Prepara un trago. No esperé respuesta. No estaba pidiendo permiso. Le informaba. Estaba en camino y necesitaba que él estuviera allí para recibirme. El trayecto se me hizo eterno. Cada semáforo, cada curva, cada reflejo de luz sobre el parabrisas parecía darme tiempo de sobra para pensar en lo que no debía. En su mirada al final, mientras decía que lamentaba haberme salvado. Luego, el silencio. Y la forma en que no me maldijo, como si eso doliera más que cualquier insulto. Cuando Gaetano abrió la puerta, fui directo a la botella de whisky que descansaba sobre la mesa, sin saludar. —Buenas noches, amigo. Gracias por recibirme —dijo con un reproche cargado de ironía—. Yo también tengo una vida, ¿sabes? Tuve que sacar a una escultura modelo de mi cama porque se te antojó venir sin previo aviso. —Te lo compensaré —respondí, sirviéndome. —Como todas las veces anteriores. Un cheque no compra la felicidad recibida entre sábanas —replicó, dejándose caer en su sillón—. Tienes cara de haber matado a un hombre. Y de que te haya gustado demasiado. —Algo así —gruñí, llenando la copa hasta el borde. Bebí sin brindar. El alcohol bajó fuerte, pero no ordenó nada. —La monja fue a verme —dije. Gaetano alzó una ceja, atento por primera vez. No fue curiosidad: fue cálculo. —Así que tu plan de chantaje hizo efecto. —No fue como lo había planeado. —¿Llevó el dinero para pagarte? Negué con la cabeza. Me apoyé contra la mesa, el vidrio frío presionándome la espalda. La copa quedó suspendida entre mis dedos, como si soltarla implicara aceptar algo. —Creí que quería humillarla —continué—. Romper esa pureza que me desafiaba solo por existir. Creí que el deseo que sentía era el de poseer, de manchar, de demostrarle que su Dios no estaba en esa habitación… que solo estaba yo. La imagen volvió sin permiso. No su cuerpo. Su rostro cuando lo entendió todo. Ese segundo exacto en el que supo que no habría milagro. Que no habría rescate. Que había entrado sola y saldría marcada. No gritó. No lloró. Me sostuvo la mirada como si me estuviera juzgando desde un lugar al que yo no podía alcanzar. Giré el líquido ámbar en la copa. El reflejo tembló. —Pero hoy, Gaetano… cuando la tenía allí, temblando, destruida… no sentí triunfo. Él no habló. No me salvó. Esperó, como hacen los médicos antes de dar un diagnóstico que saben mortal. —Sentí hambre —dije—. Una hambre sucia, profunda. No se sacia con un cuerpo ni con una rendición. No quería solo su piel. Quería su mirada. No la de la monja asustada, sino la de la mujer que decidió quedarse. Quería oír mi nombre en su boca, no como una súplica… sino como un reconocimiento. Y cuando se fue…lo único que quise fue traerla de vuelta. El silencio cayó pesado, como una sentencia sin leer. —Creo que no estoy entendiendo —dijo Gaetano al fin, despacio—. Tú y ella… —Quise darle una lección —lo interrumpí. La frase salió automática. Hueca. Un reflejo aprendido. Gaetano soltó un suspiro largo, cansado, como si acabara de confirmar lo que llevaba tiempo temiendo. —Dorian —dijo, usando mi nombre como rara vez lo hacía—. Lo que describes no es el capricho de un mafioso por una mujer prohibida. Eso es amor. O la semilla más torcida y peligrosa de él. —No digas esa palabra aquí —espeté, girándome hacia él—. No en mi casa. —Es la única palabra que importa —replicó sin levantar la voz—. Y es la más cara que puedes pronunciar en nuestro mundo. Amar a una monja. A una mujer que representa todo lo contrario a lo que somos. A lo que tú eres. Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas, la mirada fija en mí como en un paciente que se niega a aceptar el diagnóstico. —No estás obsesionado con su cuerpo. Estás obsesionado con lo que viste cuando se fue. Con lo que no pudiste romper. Y eso te vuelve predecible. Sentí el golpe donde dolía. —Cuidado —advertí. —No. Tú cuidado —corrigió—. Porque desde que esa mujer cruzó tu puerta, has empezado a cometer errores pequeños. Gestos innecesarios. Consideraciones que no tienes con nadie. Y en este negocio, Dorian, no se muere por grandes traiciones. Se muere por una sola debilidad bien observada. Apreté la copa hasta que el cristal crujió. —No volveré a verla. Gaetano sostuvo mi mirada. No me creyó. —Eso dices ahora —respondió—. Pero ya no se trata de si quieres. Se trata de cuánto estás dispuesto a perder cuando regreses por ella. Es una sentencia de muerte. Para ella, para ti, para cualquiera que se interponga. ¿Te has puesto a pensar que desde que pusiste los ojos en ese lugar, los Falconni, los Di Santis, todos están preguntándose por qué Dorian Martinelli quiere ese edificio? Están buscando la razón. Y cuando la encuentren…Encontrarán en ella el talón de Aquiles perfecto. Y en ese instante supe que, por primera vez en años, no tenía una respuesta que me dejara ileso. Apreté la copa hasta sentir el cristal contra la piel.
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