CAPITULO 26

1189 Words
VALENTINA El amanecer no trajo alivio. La campana sonó cuando el cielo aún estaba indeciso, suspendido en un gris sin promesas. Yo ya estaba despierta. No había dormido. El cuerpo había descansado por pura costumbre, pero la mente siguió despierta toda la noche, repitiendo escenas que no pedí recordar. Me vestí en silencio. El hábito cayó sobre mí como una segunda condena. Cuando salí al pasillo, la hermana Clara ya me esperaba. Su rostro era sereno, casi luminoso, como si la fe fuera un abrigo que realmente la protegía del frío. —Hoy vienes conmigo —me dijo—. A la plaza. Pediremos limosna. Madre Agnese cree que empezar abajo ayuda a volver a subir. Asentí. No pregunté. No discutí. La penitencia no admite opiniones. Salimos cuando la ciudad apenas respiraba. Las calles estaban húmedas por la llovizna nocturna y el aire olía a piedra mojada, a pan recién horneado y a cansancio viejo. Caminé con la cabeza baja, contando los pasos, repitiendo mentalmente oraciones que ya no sentía mías. La plaza se abría ante nosotras como una boca hambrienta. Los comerciantes armaban sus puestos, los primeros transeúntes cruzaban con prisa, sin mirar demasiado. Clara eligió un lugar cerca de la fuente. Sacó la cesta. Yo hice lo mismo. Al principio fue mecánico. Una moneda. Un “Dios se lo pague”. Otra moneda. Un gesto indiferente. El sonido del metal cayendo en la cesta se volvió una medida del tiempo. —Dios provee incluso cuando calla —dijo Clara en voz baja. Pensé que Dios callaba demasiado. Entonces lo sentí. No fue un pensamiento ni una intuición piadosa, fue una presión en la nuca, un aviso primitivo. Alcé la mirada por puro reflejo… y el mundo se estrechó. Marco estaba apoyado contra una columna, a unos metros. Traje oscuro, abrigo abierto, No parecía haber llegado ni estar a punto de irse. Simplemente estaba allí, quieto, observándonos. El corazón me dio un golpe seco, instintivo, animal, como si hubiera reconocido un peligro antes que yo. Bajé la mirada de inmediato, pero ya era tarde. Sabía que me había visto. Clara hablaba con una mujer mayor, explicándole con paciencia la situación del orfanato, la amenaza de demolición, la necesidad urgente. Yo asentía, mecánicamente, pero las palabras me llegaban amortiguadas, como si vinieran desde el fondo del agua. Cuando Marco se acercó, lo hizo sin prisa, sin ruido. —Hermana —dijo—. No esperaba verte aquí tan temprano. Su voz me atravesó. Clara se volvió de inmediato cuando la anciana se marchó. —¿Se conocen? —preguntó, mirándonos con sorpresa. Un nudo se me cerró en el estómago. Busqué una respuesta correcta, neutra, algo que no dejara grietas. Pero Marco habló antes. —Nos hemos cruzado algunas veces los viernes, durante la venta de postres —dijo—. Valentina siempre ha sido muy comprometida. Dijo mi nombre sin título, sin distancia, como si no hubiera hábito ni votos de por medio. —Hermana Valentina —corrigió Clara con firmeza—. Y no es apropiado ese tono, señor… ¿quién es usted? Marco esbozó una sonrisa mínima. Educada. Vacía. —Mis disculpas, hermana. Soy Marco. Sacó la billetera. El gesto fue lento, deliberado. Depositó varios billetes en la cesta. No miró el dinero. Me miró a mí. —Para los niños —dijo—. Y para que este lugar no desaparezca. El peso de esos billetes fue distinto al de las monedas. No por su valor, sino por la intención que arrastraban. Clara dudó un segundo antes de inclinar la cabeza. —Que Dios se lo pague —murmuró, agradecida e incómoda a la vez. Marco dio un paso atrás y se retiró sin añadir nada más, perdiéndose entre la gente como si nunca hubiera estado allí. Clara me miró de inmediato. Su expresión ya no era serena. —Madre Agnese advirtió sobre tu comportamiento —dijo en voz baja—, y ahora empiezo a entenderlo. Eres muy… popular. La palabra cayó como una acusación. —No me gustó cómo te habló ese sujeto — continuó— Ni cómo te miraba. Los hombres así creen que todo se compra. Más aún cuando las mujeres les damos alas. Y parece que tú se las has dado. Sentí el calor subir por el cuello. —No estoy de acuerdo con sus insinuaciones, hermana —respondí—. Solo fui amable durante las ventas. Nada más. —Ah —dijo ella, con un dejo de sarcasmo—. Y eso explica las buenas ventas. Apreté la cesta con fuerza, los dedos clavándose en el mimbre como si pudiera anclarme a algo sólido. —Solo fue generoso —dije, intentando cerrar la conversación. La mentira me dejó un sabor amargo en la boca, espeso, difícil de tragar. —Ten cuidado, hermana —insistió Clara—. La caridad de algunos viene con cuentas que Dios no reconoce. Asentí sin responder. ¿Qué podía decirle? Que ya era tarde. Que esas cuentas ya existían. Que yo ya estaba marcada. Seguimos pidiendo limosna. El sol empezó a asomarse entre los edificios, pero no trajo calor. Para Clara, cada mirada se volvió sospechosa. Cada hombre bien vestido que pasaba cerca parecía, a sus ojos, una amenaza dirigida a mí. Me observaba más a mí que a su propia cesta, pendiente de cada gesto, de cada respiración fuera de lugar. Unas horas después, cerca del mediodía, un automóvil elegante se detuvo a pocos metros. Lo reconocí al instante, era Dorian. El aire se me atoró en el pecho. Por un impulso casi infantil quise salir corriendo, desaparecer entre la gente, pero me obligué a quedarme. Me mantuve erguida, aunque por dentro todo se deshacía. Él se acercaba, y mi corazón se rompía en pedazos diminutos, irregulares. Mis manos temblaban bajo las mangas del hábito. Recordé sus palabras, su mirada, la humillación aún fresca, viva en la piel. —Ese hombre te observa —murmuró Clara, inclinándose hacia mí—. Y no con buenos ojos. Bajé la cabeza, intentando ocultarme, volverme invisible. —También es amigo tuyo, ¿verdad? —No —respondí, casi sin voz. Uno de los hombres que acompañaba a Dorian sonrió, evaluándonos como mercancía. —Dichosos los ojos que lo ven —dijo—. ¿Qué hacen por aquí, hermanas? —¿Pidiendo caridad? —añadió Dorian—. Eso está anticuado. Alzó la mirada entonces y me encontró. Sus ojos eran fuego, no ardían: quemaban. Se acercó un paso más y mi cuerpo reaccionó antes que mi voluntad. Un estremecimiento involuntario me recorrió de arriba abajo. Extendió la mano y tomó mi mentón, obligándome a mirarlo. —Podría hacer una donación generosa —dijo, con voz baja— si te arrodillas. El mundo se detuvo. Respiré hondo y le escupí. El gesto fue instintivo, salvaje. El sonido húmedo rompió el aire. Clara ahogó un grito. Dorian no retrocedió. Sonrió, como si hubiera obtenido exactamente lo que buscaba. —Prefiero seguir pidiendo limosna toda mi vida, de sol a sol —dije, con una firmeza que no sabía que poseía— antes que arrodillarme ante usted.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD