CAPITULO 27

1292 Words
VALENTINA Por un segundo —apenas un segundo— Dorian palideció. Algo oscuro, primitivo, cruzó su rostro. Luego la máscara volvió a su sitio. Sonrió despacio. Burlón. —Si eso prefieres —respondió—, supongo que no echarás de menos lo que has recaudado. Me arrancó la cesta de las manos. Con un gesto mínimo, uno de sus hombres hizo lo mismo con la de Clara. —No, por favor… —suplicó sor Clara, juntando las manos—. Tengan misericordia. —No te humilles —dije, firme, sin mirarla—. No debemos doblegarnos ante estos hombres. —No te importan los huérfanos, hermana —dijo Dorian, clavando la mirada en mí, afilando cada palabra. Se acercó lo suficiente como para que su sombra me cubriera. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro venenoso junto a mi oído. —¿No estabas dispuesta a todo por ellos? Mi corazón golpeó con violencia, como si quisiera escapar de mi pecho, pero no cedí. —Me importan —respondí—. Y por ellos soy capaz de todo… excepto de hacer lo que usted me pide. Dorian volvió a reír. No fue una carcajada, sino una exhalación baja, oscura, cargada de promesas que no quise imaginar. —¿Osas desafiarme? —dijo. Su voz ya no tenía burla. Era fría. Como una sentencia pronunciada sin necesidad de levantar el tono. —Sí —respondí. La palabra salió firme, incluso para mí. —Atente a las consecuencias. Le sostuve la mirada, aunque las piernas me temblaban y el pulso me golpeaba en los oídos. —Así traiga consigo las siete plagas de Egipto —dije—, jamás me verá de rodillas ante usted. Por un instante, el silencio pesó más que cualquier amenaza. El aire pareció tensarse entre nosotros, como si el mundo contuviera la respiración. —Es lo que eliges, hermana —sentenció al fin. —Sí. Mi corazón seguía golpeando con furia, pero la humillación de la noche anterior era más fuerte que el miedo. Y por primera vez desde que lo conocía, comprendí algo con claridad brutal: no iba a romperme. Dorian se marchó sin mirar atrás. Clara estalló al segundo. Me tomó del brazo con fuerza, clavándome los dedos como si quisiera sacudirme la osadía del cuerpo. Sus ojos ardían de enojo. —¿Qué clase de escena fue esa? —susurró, furiosa—. ¿Cómo osaste desafiar a un hombre así? ¿Sabes quién es? Es Dorian Martinelli. Cuando madre Agnese se entere, no le va a gustar en absoluto. Definitivamente eres un caso perdido. Perdimos un día entero de recolección por tus malas acciones. La miré sin apartarme, con el pulso aún desbocado. —¿Y qué se suponía que hiciera? —respondí—. ¿Que me arrodillara para aceptar su dinero? ¿Tú te habrías humillado por una promesa vacía? Personas como él no cumplen su palabra, Clara. Solo compran… y cuando no pueden, humillan. Solté mi brazo con suavidad, pero sin pedir disculpas. —Yo no voy a recibir limosna a cambio de mi dignidad. Clara no quiso escuchar. Caminó directo hacia el orfanato, echando chispas. Yo la seguí en silencio, con el peso del día clavado en el pecho. Al llegar, fue directa a la oficina de madre Agnese. —Madre superiora —dijo apenas entró—, traigo el reporte del día. Por el tono de su voz, madre Agnese levantó la vista de inmediato y me miró con atención. Supo al instante que algo no había salido bien. —¿Qué ocurrió? —preguntó. —Perdimos lo recaudado —respondí antes de que Clara hablara—. Dorian Martinelli exigió que nos arrodilláramos a cambio de una donación grande. Me negué. Entonces se llevó las cestas con lo poco que habíamos reunido. El nombre bastó para que madre Agnese se pusiera de pie. —¿Martinelli? —repitió, con el ceño fruncido. Asentí. Pero Clara dio un paso al frente, crispada. —Con todo respeto, madre —intervino—, sor Valentina se comportó de manera impropia. Fue desafiante, insolente. Su forma de hablar no fue digna de nosotras. Además, un hombre llamado Marco estuvo tratándola con excesiva familiaridad. Si queremos que esta misión funcione, ella no debería seguir saliendo. El golpe fue seco, directo al pecho. Madre Agnese no dijo nada de inmediato. Su silencio fue más severo que cualquier reprimenda. —Hermana Clara, déjenos solas— ordeno. Madre Agnese cerró la puerta con cuidado. El sonido seco de la madera encajando en el marco me atravesó más que cualquier grito. —Siéntate, Valentina —dijo. Fue una invitación sin escapatoria. Me senté frente a su escritorio. Ella permaneció de pie unos segundos más, observándome como si intentara leer algo que yo misma llevaba días negándome a mirar. Luego tomó asiento, entrelazó las manos y suspiró despacio. —Ayer fuiste a ver a Martinelli y hoy lo desafiás en público. Lo provocás, nos expones. ¿Comprendes lo que eso significa? Tragué saliva. —No me arrodillé —dije—. Eso es todo lo que hice. —No —corrigió con suavidad—. Eso no es todo. Lo miraste sin miedo. Le hablaste como si no tuviera poder sobre ti. Y hombres como Martinelli no toleran eso. No en una plaza, no frente a otros, no viniendo de una mujer consagrada. Se levantó despacio y rodeó el escritorio. Su hábito rozó el suelo como una sombra larga. —Imagino —prosiguió— lo que pudo haber pasado entre ustedes. No necesito que me lo digas. Tampoco te lo voy a preguntar. Se detuvo frente a mí. —Porque ya lo negaste. Y debo creer tu palabra. Eso fue lo más duro. No la acusación, sino la fe obligatoria. —Pero creer no significa ignorar —añadió—. Significa advertir. Bajé la mirada. Sentí el peso de mis votos como una cuerda apretándose alrededor del pecho. —Valentina —dijo entonces—, tus votos no son solo castidad y entrega. También son obediencia. La palabra cayó como una piedra. —No obediencia ciega a los hombres —aclaró—, sino a la misión, a la estructura que te sostiene cuando tú ya no puedes sostenerte sola. Hoy no obedeciste. Y al hacerlo, no solo te pusiste en peligro tú. Pusiste en peligro a esta casa. Levanté la vista. —¿Debí aceptar? —pregunté—. ¿Debí humillarme? Madre Agnese no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo. Y en ese silencio entendí que la respuesta no me iba a gustar. —Debiste confiar en mí —dijo al fin—. Debiste traer la carga aquí, no resolverla sola. No desafiar al lobo creyendo que la fe basta como escudo. —La fe es lo único que tengo —susurré. —Y no es poco —concedió—. Pero no es una armadura. No contra hombres que no creen en nada. Volvió a su silla. —Escúchame bien, Valentina. Martinelli no olvida. No perdona afrentas. Hoy lo ridiculizaste. Mañana puede decidir cobrarse la deuda de otro modo. Y cuando eso ocurra, no preguntará si fuiste valiente o justa. Solo si estás al alcance. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. —No voy a permitir que vuelvas a exponerte así —continuó—. A partir de ahora, no saldrás a pedir limosna sin autorización expresa. Y no volverás a cruzar palabra con ese hombre, ni con ninguno de su entorno. —¿Y si vuelve? —pregunté—. ¿Si insiste? Su mirada se endureció. —Entonces obedecerás. Y te retirarás. Aunque el dinero arda sobre la mesa. Aunque los niños sufran. Porque hay sacrificios que no nos corresponde decidir.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD