DORIAN
Levanto la mirada y dejo que el nombre se derrame en la habitación como un ácido refinado, imposible de limpiar una vez que quema la piel. Falconi. No es un apellido, es un diagnóstico. Riccardo es pólvora barata y ruido, un animal que muerde hasta reventarse y termina desangrado en un callejón de mierda. Los Falconi son otra cosa. Otra r**a. Trajes que cuestan más que un c*****r limpio, sonrisas que nunca llegan a los ojos, abogados con la paciencia viscosa de una araña y manos que nunca se ensucian con sangre propia. No disparan: asfixian. No te matan: te desangran gota a gota hasta que firmas tu propia condena. Te rodean, te esperan, te convencen de que todavía respiras cuando ya eres un cadavere che cammina..
Son buitres que huelen la debilidad a kilómetros y se alimentan de lo que el mundo todavía cree intocable. De lo que llaman inocencia. De lo que llaman fe. De lo sagrado. scarafaggi in giacca e cravatta.
—Entonces no tenemos tiempo —digo al fin, y mi voz no tiene temblor, solo el filo del acero—. Si Riccardo no la encuentra primero, lo harán los Falconi. Y ahora sabemos por dónde empezar.
Gaetano se ajusta el cuello de la camisa, como si el aire se hubiera vuelto una soga. Matteo, en cambio, da un paso al frente, intentando clavarme los talones en la tierra con razones que ya huelen a polvo.
—No te precipites, maldita sea —gruñe—. ¿De qué mierda estás hablando, Dorian? ¿De una monja? ¿Quieres arrastrar a la familia a una guerra que no es la nuestra por una mujer que ni siquiera sabe que está en la mira de nadie?
Lo miro un instante como dejándolo pensar.
—Tengo una deuda —respondo—. Y las deudas no se discuten. Se pagan. En sangre o en algo más.
—¿Una deuda? —escupe Matteo—. ¿Quieres protegerla? La mejor manera es mantenerse lejos. Si te acercas, si muestras el más mínimo interés, ellos conectarán los puntos. Y entonces, Dorian, no habrá vuelta atrás para ninguno de los dos.
—Soy el jefe, Matteo. No lo olvides.
Su mandíbula se contrae.
—Sí, eres el nuevo jefe —replica—. Pero no un rey. Anoche casi te matan. Te sacaron balas del cuerpo. ¿Y tu primer movimiento es declarar la guerra a otra familia por… por una mujer?
Inspiro lentamente. El dolor en el costado responde.
—No es por una mujer —corrijo—. Es el principio.
Me inclino hacia adelante, solo un poco.
—Quiero que ese lugar desaparezca de sus mapas. Que deje de existir para ellos. Lo primero es arrancarlo de las garras de los Falconi. A cualquier precio.
Gaetano suelta una risa seca, nerviosa, pero no interviene. Sabe cuándo una conversación ha superado el punto de no retorno.
—La fiebre te ha frito el cerebro —dice Matteo, alzando la voz—. ¿Oyes lo que estás diciendo?
—Ocúpate de eso. Hoy.
—¿Estás bromeando? ¿Cómo coño vamos a…?
—Hazlo ahora, Matteo —lo interrumpo—. O tu cabeza será el único adorno en mi mesa esta noche.
Matteo no es un hombre fácil de doblegar, pero reconoce una orden definitiva cuando la escucha. Traga saliva.
—Comprarlo costaría un puta fortuna —murmura—. Ni siquiera tu padre quiso meterse en eso. Es solo un pedazo de tierra muerta.
Una risa baja se me escapa, áspera, sin humor.
—¿Pagar? —repito—. No les daré un solo euro por algo que quieren usar como carnada para pescar algo más grande.
Gaetano me observa en silencio, como si estuviera viendo encajar una pieza antigua de un rompecabezas que nadie quiso completar.
—Entonces… ¿cómo piensas conseguirla? —pregunta, ingenuo o fingiendo serlo.
Me acomodo en la cama con dificultad.
—Que quede claro —digo—. No voy a comprar la propiedad. La voy a tomar.
Hago una pausa.
—Los Falconi tienen tres hijos, ¿verdad? Paolo, el mayor. Maneja sus licorerías, se cree intocable detrás de sus números limpios y sus exportaciones legales. Luca, el flacucho, el refinado, el que juega a ser proxeneta de lujo y se cree un artista por elegir bien a sus putas. Y Sandro… —sonrío apenas—. Sandro es un estúpido. Juega a ser contable y no entiende que los números también sangran.
Gaetano desvía la mirada. Matteo aprieta los dientes.
—Vamos a arrancar cabezas —continúo— hasta que el viejo Falconi entienda que un edificio de ladrillos viejos y niños llorando no vale la sangre de su descendencia.
Me dejo caer contra las almohadas. La seda negra cruje bajo mi peso. El techo vuelve a observarme, pero ya no como un juez: ahora parece un cómplice silencioso. La luz baja dibuja sombras duras en las paredes, como barrotes.
—La propiedad será mía —concluyo—. Y necesito que ustedes dos se pongan a trabajar en eso. Ahora.
El silencio que sigue es breve, pero espeso.
—Me encargaré de ello —dice Matteo al fin.
No me mira al decirlo. Se da la vuelta y sale de la habitación con pasos tensos, dejando que el portazo revele su enojo sin necesidad de palabras. Matteo siempre fue así: obediente, leal… pero no ciego. Y esto lo asusta.
Gaetano permanece inmóvil unos segundos más. Luego se rasca la cabeza, despacio, como si intentara ordenar una jugada que no termina de encajar.
—No pienso opinar sobre lo que no me concierne como familia —dice finalmente, sentándose de nuevo a mi lado—. Pero sí debo hablar como amigo.
No lo detengo.
—Matteo tiene razón en una cosa —continúa—. Ya estamos investigando el apagón en la zona. Demasiadas coincidencias para ser un accidente. Si tiramos de ese hilo y nos enfocamos en Riccardo, sabremos por dónde empezar.
Asiento apenas.
—Por cierto —agrega—, los c*******s de Leo y Toni están en la morgue. Ya se están encargando de la indemnización para sus familias.
—Bien —respondo—. Es lo adecuado. Supongo que no quedó ningún cabo suelto.
—Toda huella fue borrada a más de un kilómetro a la redonda.
—Perfecto.
Gaetano guarda silencio un instante, pero sé que aún no ha terminado.
—Involucrarte con los Falconi es un error —dice al fin—. Y antes de que me recuerdes que es tu decisión, necesito darte mi punto de vista como amigo.
Lo miro.
—Está bien que te preocupe la mujer que te protegió anoche —prosigue—. Es humano. Pero intentar arrebatarle una propiedad a esa familia es una locura absoluta. Vas a desatar una guerra no solo con ellos, sino también con los Montanari, que llevan años chocando con los Falconi. Si uno de esos bloques se quiebra, los otros vendrán por ti. Y sin contar que los De Santis también quieren tu cabeza. Sin tu padre al frente…
—Soy tan capaz como él —lo interrumpo.
Gaetano niega lentamente.
—Puede ser. Pero tus decisiones no están siendo las mejores. ¿Qué pensaría tu tío de todo esto?
El dolor en el costado late, profundo, como un tambor de guerra. Sonrío apenas.
—Mi tío pensaría lo mismo que yo —digo—. Que este mundo no se mantiene con prudencia, sino con miedo. Y alguien necesita recordarles quién manda ahora.