VALENTINA
El sol apenas se alzaba sobre las torres grises de la iglesia cuando un par de autos oscuros se estacionaron frente al portón del orfanato.
Sor Beatrice, fue la primera en verlos desde la galería. Avisó de inmediato a la Madre Superiora, quien con rostro grave pidió al Padre Vittorio que se presentara junto a ella en la entrada.
—Buenos días, reverenda madre —saluda el oficial de mayor rango. Su voz es correcta, pulida. Su mirada no—. Soy el inspector Giulio Malvezzi. Disculpe la visita sin aviso, pero encontramos un cuerpo esta mañana, a dos calles de aquí. Era uno de los hombres del clan De Santis. Los rastros nos trajeron hasta esta zona.
La Madre Agnese junta las manos, como si rezara. Su rostro no se quiebra.
—Un crimen tan cerca de un lugar sagrado… qué desgracia —dice—. Pero este convento duerme tras el toque de queda. No vimos ni oímos nada anoche.
El padre Vittorio asiente, firme.
—Aquí reina el silencio. Nadie entra sin permiso. Nadie sale. ¿Están seguros de que este lugar tiene relación con lo ocurrido?
Malvezzi baja la mirada apenas. No es humildad; es cálculo.
—No venimos con certezas, sino con dudas. El c*****r presentaba marcas de arrastre. El rastro apunta hacia aquí. Solo necesitamos revisar el perímetro y la capilla. Nada invasivo.
La Madre Agnese duda un segundo. Uno solo. Luego abre el gesto.
—Revisen todo el lugar si lo creen necesarios. No obstaculizamos a la justicia. Confiamos en Dios… y en la ley.
Cinco oficiales ingresan. El sonido de sus botas rompe el aire quieto.
—Valentina —dice la madre—, acompaña a los oficiales a la capilla.
El estómago se me contrae. Camino delante de ellos y abro la puerta lateral. El interior parece limpio, intacto. Incienso, cera, piedra fría. Nada delata lo que ocurrió aquí, salvo lo que yo sé.
Tres oficiales entran conmigo. Detrás, el padre Vittorio y la Madre Agnese. Los otros dos se quedan afuera con el inspector Malvezzi, recorriendo el patio junto a Sor Beatrice.
Uno de los policías se acerca al altar. Otro se arrodilla y observa un rincón junto al reclinatorio. Mi respiración se vuelve demasiado consciente.
Entonces lo veo.
Un rastro mínimo. Casi inexistente. Una gota seca, olvidada, aferrada al mármol como un pecado que se niega a desaparecer.
El corazón me golpea en el pecho. Si la ven, si la tocan, si la levantan para analizarla, todo cae: mis palabras, las mentiras piadosas, la protección silenciosa de la Madre Agnese.
Bajo los escalones con la calma que solo el miedo verdadero enseña. Paso detrás de un banco como si fuera a rezar. Cuando uno de los agentes se distrae mirando otra pared, me arrodillo frente al reclinatorio. Saco el pañuelo blanco que llevo oculto en la manga y lo presiono contra el mármol.
—Ave Maria, piena di grazia… —susurro, inclinando la cabeza como cada mañana.
—¿Sucede algo, hermana? —pregunta una voz a mi espalda.
No me sobresalto. No puedo hacerlo.
—Nada, signore —respondo con suavidad—. Solo comenzaba el rezo de cada mañana.
El pañuelo ya ha absorbido la mancha. Lo doblo con cuidado y lo escondo antes de incorporarme. Al girar, el oficial me observa con atención, como si intentara leer algo detrás de mis ojos.
—¿Estuviste aquí anoche?
Sostengo su mirada. No tiemblo.
—Sí. Limpiando la capilla antes de la misa, como siempre. No ocurrió nada fuera de lo habitual.
El oficial no responde de inmediato. Me observa unos segundos más, como si esperara que algo se quiebre en mi rostro. No sucede. Finalmente asiente y se aparta, pero no se va del todo.
Los minutos se arrastran. Permanezco arrodillada, fingiendo oración, con las manos juntas y la cabeza inclinada. El mármol está frío bajo mis rodillas. De reojo veo a la Madre Agnese y al padre Vittorio intercambiar palabras en voz baja, tranquilos en apariencia, tensos en lo profundo.
El silencio es denso, cargado de respiraciones contenidas y pasos medidos.
Entonces, uno de los policías se endereza.
—Aquí no hay nada.
—El lugar está limpio —confirma otro, cerrando su libreta.
El inspector Giulio Malvezzi entra en la capilla en ese momento. Avanza despacio, con la mirada entrenada de quien no cree en casualidades. Recorre el altar, los bancos, las imágenes sagradas. Cruza algunas palabras con los oficiales. Luego se detiene.
Justo donde yo estuve arrodillada.
Siento su atención clavarse en mi espalda, una presión invisible que me obliga a controlar la respiración. No me muevo. No levanto la cabeza.
—Parece que nos equivocamos —dice al fin—. Lamento la molestia, madre superiora.
La Madre Agnese inclina la cabeza con serenidad estudiada.
—Este lugar está a su entera disposición, detective. Deseamos colaborar para que todo se aclare lo antes posible.
—Agradezco su colaboración, madre.
—Que Dios los guíe.
Los policías se retiran por la puerta principal de la capilla. La Madre Agnese los acompaña hasta los autos. Yo observo desde el umbral, inmóvil.
Antes de subir, los hombres miran alrededor una última vez. Sus ojos recorren los muros, el patio, los ventanales. Hay cautela en esos gestos. Demasiada. Como si supieran que algo se les ha escapado entre los dedos.
Se marchan a regañadientes, frustrados por no haber encontrado nada.
Cuando el ruido de los motores se pierde, el silencio regresa, pesado, casi sagrado. Nos miramos los tres por un instante y, en ese breve descuido, dejamos ver la angustia y el miedo que nos sostienen.
—Lo hemos hecho bien —dice la Madre Agnese al fin—. Hemos superado esta prueba. Ahora… viene la penitencia.
Nos dirigimos al altar y nos arrodillamos para rezar. Mis labios repiten las palabras aprendidas, pero mi mente sigue atrapada en la noche que intentamos borrar.
Tras unos segundos, la puerta se abre. Sor Beatrice aparece en el umbral.
—Madre… —pronuncia, pero se detiene al vernos rezando.
Inclina la cabeza y se retira en silencio.