VALENTINA
Las horas pasan sin que me dé cuenta. Las cajas se vacían una a una y el azúcar deja de pegarse a los dedos. Los niños, cansados y felices, regresan con Sor Lucía y Sor Elisabetta para almorzar.
—Parece que hoy lo venderemos todo —dice el padre Vittorio, acercándose a las mesas mientras doblamos las cajas vacías y las apilamos para usarlas otro día.
—Dios nos está dando una mano —respondo, y la sonrisa me sale sola.
Estoy a punto de decir algo más cuando un auto oscuro se detiene frente a nosotros.
No se apaga. El motor queda encendido, vibrando bajo el capó. Algo dentro de mí se tensa, como si el aire acabara de cambiar.
Dos hombres descienden del vehículo. Trajes baratos, miradas duras, manos que no conocen el temblor. No miran los dulces. Nos miran a nosotros.
—Esos hombres tienen cara de pocos amigos —murmura Sor Benedetta, muy cerca de mi oído—. Y vienen hacia aquí.
—Tranquila, hija —dice el padre Vittorio, adelantándose—. Quizá solo sean buenos clientes.
El primero de ellos se detiene frente a la mesa. El segundo queda un paso atrás, vigilando. No sonríen.
—Buen día, hijos —saluda el padre, forzando una ligera sonrisa—. ¿Se les ofrece algún postre?
—Padre —responde uno, sin mirarlo, con los ojos fijos en la caja de las ventas—. ¿Ya sacaron el permiso para hoy?
Siento el golpe seco del miedo en el estómago. Sin pensarlo, tomo la caja y la deslizo bajo la mesa.
—¿Permiso? —pregunta el padre.
El hombre sonríe apenas. No es una sonrisa. Es una advertencia.
—No se haga el distraído. Sabe que este lugar nos pertenece.
—La plaza es del pueblo —responde el padre, firme.
—Tal vez —dice el hombre—. Pero la tierra que pisan es de los Di Santis desde hace años. Y hoy trajeron más cajas. Parece que les fue bien. ¿No cree que es justo pagar?
—Nunca hemos pagado por estar aquí —digo, incapaz de callarme—. Nunca.
El hombre gira la cabeza hacia mí con lentitud. Sus ojos se clavan en los míos.
—Deberían estar avergonzados —dice—. No pagar un permiso es un delito. Y los delitos se castigan.
El silencio se vuelve espeso.
—Hijos, no queremos problemas —interviene el padre, alzando las manos—. Somos gente de paz.
—Nosotros también, padrecito —responde el hombre mientras abre el saco lo justo para mostrar el arma—. Por eso esto es sencillo. Entreguen la caja y estaremos en paz… por hoy.
—No —digo, antes de que pueda detenerme—. Trabajamos demasiado para esto. No pueden venir a…
El arma se alza.
Apunta directo a la cabeza del padre Vittorio.
—La caja —dice el hombre, quitando el seguro—. O su querido padre muere aquí mismo.
Sor Benedetta no duda. Se inclina, toma la caja y se la entrega.
Los hombres ríen al ver el dinero. Bajan el arma.
—Un placer hacer negocios con ustedes —dice uno—. Pueden seguir trabajando. Nos vemos el viernes próximo.
Se marchan riendo, como si acabaran de comprar pan.
Yo me quedo inmóvil, con el corazón golpeándome las costillas.
—Era demasiado bueno para ser verdad —murmuro—. Perdimos todo el dinero recaudado.
El padre Vittorio suspira hondo, mientras las lágrimas en sor Benedetta ruedan por sus mejillas.
—No, hija. Esto son pruebas que el Señor nos pone para hacernos más fuertes. Si vendemos todo, recuperaremos lo perdido. Volveremos la próxima semana.
—¿Por qué ahora? —pregunto—. Después de tantos años, ¿por qué hacen esto?
—La guerra entre las familias mafiosas nunca termina —responde—. Nosotros solo vivimos en medio. Como decía la Madre Agnese: hay que aprender a ser invisibles para sobrevivir.
—¿Y bajar la cabeza? —pregunto—. ¿Esperar a que nos aplasten?
El padre me mira con tristeza.
—Mientras no tengamos otro lugar a dónde ir, es mejor seguir con vida.
—Eso no es sobrevivir, padre —digo—. Es humillarse.
Niega despacio.
—No, hija. Es resistir.
En sus palabras no hay consuelo. Solo una verdad áspera que se me clava en el pecho como una espina que no sangra, pero duele.
La ilusión de un buen día se rompe en silencio. Los ánimos decaen, la risa se apaga, y una rabia sorda empieza a crecerme por dentro.
—No recuperaremos ni lo invertido… —murmuro, sin darme cuenta de que Sor Benedetta ha comenzado a rezar en voz baja.
—Padre celeste, onnipotente e misericordioso, abbi pietà di noi. Non permettere che questa gente rovini il nostro giorno. Illuminaci, Signore. Mandaci un segno per continuare su questo cammino pieno d’ombre. Purifica le nostre anime, donaci conforto…
Respiro hondo. Trato de recomponerme.
Los minutos se estiran hasta volverse horas. La plaza se vacía poco a poco y nadie vuelve a acercarse a las mesas. Es como si el aire estuviera marcado, como si algo invisible nos hubiera señalado.
Entonces Marco regresa.
—¿Aún quedan galletas? —pregunta, acercándose con cuidado.
—Sí —respondo, y mi voz ya no tiene la misma luz.
Me observa un segundo más de lo normal.
—¿Ocurre algo? Tu brillo… acaba de desaparecer por completo.
Trago saliva.
—Pasó algo. No importa.
—Sí importa —dice—. ¿Qué sucedió?
—Nos asaltaron —confieso—. Se llevaron toda la venta del día.
Su expresión cambia.
—¿A qué hora fue?
—Poco después de que te fuiste.
—¿Pudiste reconocerlos? ¿Usaron armas? ¿Te lastimaron?
Lo miro con recelo.
—Hablas como si fueras policía.
Titubea apenas.
—Bueno… en realidad…
—Fueron los Di Santis —lo interrumpo—. Vinieron sus hombres. Cobraron un _permiso_. Nunca nos había pasado. Pero como dice el padre Vittorio… los tiempos cambian. Y las mafias de este país siempre terminan haciendo de las suyas.
Marco guarda silencio unos segundos. Luego señala las cajas.
—Me llevaré dos de esos y una de galletas.
Lo miro, sorprendida.
—¿De verdad?
—Me gusta ayudar —responde—. Y sé que ahora lo necesitas.
—Dios te bendiga.
Saca la billetera y deja sobre la mesa cuatro billetes grandes.
—El cambio es para el orfanato.
Lo observo alejarse con las cajas bajo el brazo, y por primera vez desde que el auto oscuro se marchó, siento que algo —muy pequeño, muy frágil— vuelve a respirar dentro de mí.