CAPITULO 10

1213 Words
DORIAN Gaetano está inclinado sobre mí cuando abro los ojos. El olor a antiséptico se mezcla con el de la madera antigua de la habitación. La luz entra filtrada, suficiente para marcar sombras, no para disiparlas. Mis costillas arden mientras él retira con cuidado las vendas empapadas de sangre seca. —No te muevas —dice, con voz firme—. Si vuelves a abrir la herida, esta vez no será solo dolor. Aprieto la mandíbula. No me quejo. Gaetano trabaja en silencio. Cambia las gasas, presiona donde duele más, ajusta el vendaje con precisión quirúrgica. Sus manos son seguras. Frías. Acostumbradas a mantener con vida a hombres que no deberían seguir respirando. —Reposo absoluto, Dorian —añade—. No reuniones. No desplazamientos. No decisiones impulsivas. Sonrío apenas. —Las decisiones no descansan. Me lanza una mirada severa. —Tu cuerpo sí debería descansar. No eres invencible. —Nunca lo fui. Termina de vendarme con precisión y se aparta justo cuando el teléfono vibra sobre la mesa de noche. Gaetano mira la pantalla un segundo antes de hablar. —Matteo. —Déjalo —digo. Contesto sin incorporarme. —Habla. —Nuestro contacto en la policía confirmó lo que sospechábamos —dice Matteo, directo, sin rodeos—. El c*****r apareció lejos de la iglesia. En los basureros, a dos calles del convento. Al parecer, nuestra monjita fue más astuta de lo que creímos. Se anticiparon a la catástrofe. Cierro los ojos. Gaetano permanece inmóvil, escuchando cada palabra. —¿La iglesia? —pregunto. —Limpia. La policía la inspeccionó temprano. No encontraron rastro alguno. Esa monjita no solo se deshizo del c*****r, también se deshizo de toda evidencia. Un silencio espeso se instala en la habitación. —Bien —murmuro—. ¿Algo más? —Sí. Después de eso, pasé por la plaza. Abro los ojos. —Había monjas, huérfanos, mesas con dulces. Todo parecía… normal. Tomamos algunas fotos mientras vigilábamos. Siento cómo Gaetano tensa los hombros. —Y entonces llegaron ellos —continúa Matteo—. Los hombres de Di Santis. Reconocí su estilo, sus autos. No a los tipos. Se acercaron, intimidaron… y parece que se llevaron todo el dinero. Mis dedos se cierran lentamente sobre la sábana. —¿Fotos? —Ya te las envío, jefe. El teléfono vibra de nuevo. Las imágenes aparecen una tras otra: la plaza, los niños, los rostros tensos… esos imbéciles. Y finalmente ella.Valentina, de pie detrás de una mesa, con el rostro rígido, la espalda recta. Mira el arma como si no tuviera derecho a quebrarla. —¿Sigues ahí? —pregunta Matteo. —Aquí sigo —respondo, con la voz baja—. Y no solo reconocí a los hombres. Reconocí a la mujer. Matteo guarda silencio. —Valentina —añado—. La del orfanato. ¿Dónde están los Di Santis? —Los seguimos. Creemos que dimos con uno de sus escondites. Intento incorporarme. El dolor me atraviesa el torso como un aviso brutal. Gaetano da un paso hacia mí. —Dorian… Levanto la mano. No discuto. —Encárgate de ellos, Matteo. No hay sorpresa al otro lado de la línea. —Quiero que entiendan exactamente qué hicieron mal —continúo—. Diles el nombre del orfanato. Diles que tocaron algo que no les pertenece. Recálcales que los Martinelli han puesto los ojos en esa propiedad y vana a quedarse con ella. Sabes cómo me gustan los trabajos, Matteo. No me decepciones. —No lo haré, primo —responde, casi con placer—. Será un gusto destrozar a esos infelices. Respiro hondo. —Nada rápido. Los quiero con vida. Quiero que sean un ejemplo para su clan. Que entiendan lo que todos pueden padecer si vuelven a interponerse en mi camino. —Entendido —dice—. No quedarán dudas. Cuelgo. El silencio regresa, pesado como una sentencia. Gaetano me observa unos segundos. —Te pedí reposo —dice—. No una guerra. —No la empecé yo. Me recuesto despacio, ignorando el dolor que insiste. —Pero la terminaré. Cierro los ojos. —Sé que no puedo encadenarte a esta cama para que cumplas con el descanso médico —dice Gaetano—. Pero al menos prométeme que no harás movimientos violentos. Necesitas reposo. Dos semanas, como mínimo. Tu tío y Matteo pueden encargarse de los negocios. —No puedo desaparecer —respondo—. Si descubren que intentaron matarme y que no doy la cara, se sentirán con derecho a avanzar sobre nuestro territorio. Gaetano aprieta la mandíbula, piensa. —Déjame ayudarte en eso. Puedo sustituirte un tiempo. Ya lo hicimos antes. Una prótesis, la misma ropa, la misma presencia. Te ven de lejos, creeran que sigues en pie. Mientras tu sigues dirigiendo sin exponerte. Lo miro. —Sabes que no puedo quedarme en esta cama más de tres días —digo—. Hay asuntos territoriales que cerrar. Y tú ya te diste cuenta, ¿verdad? Gaetano no responde. No hace falta. —Los malditos Di Santis nos están acorralando. Si Riccardo no me ve de pie, va a creer que puede avanzar un paso más. Entonces llegan las voces desde el pasillo. Murmullos tensos entre mi ama de llaves y mi tío, quien entra como una tormenta contenida. —¿Quién fue el cobarde que se atrevió a atacarte? —pregunta sin rodeos—. Cuando me dijeron que te habían encontrado moribundo, tomé el primer vuelo disponible. —Gracias por venir, tío —respondo—. En estos días voy a necesitarte al frente. Él suelta una risa áspera, sin humor. —Ya me estaba aburriendo de las mujeres y la playa. A la mierda las vacaciones. La familia es primero. —Su expresión se endurece—. Ahora dime quién fue. —El maldito de Riccardo Di Santis —respondo de inmediato. El aire se vuelve más pesado, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. —Ese bastardo… —escupe—. Igual que su padre. Siempre fue una rata de alcantarilla, viviendo de lo que otros construyen. Luego se vuelve hacia Gaetano. —¿Cómo está mi sobrino? —Estable, señor —responde él con calma profesional—. Pero necesita reposo. Al menos unos días. —Cosa que no pienso hacer, tío —intervengo—. El negocio no se detiene. Y no voy a esconderme. Si te necesito a mi lado, es para avanzar, no para desaparecer. Mi tío me observa en silencio, con una dureza que no es crueldad, sino miedo mal enterrado. Cuando habla, su voz baja un tono. —Cuando te miro, veo a tu padre. A mi hermano. Y tengo que decirte lo que nunca le dije a él. —Hace una pausa—. Te necesitan vivo. Se acerca un poco más. —Di Santis quiere adelantarse en el puerto. Lo vieron esta mañana rondando los almacenes. Olfateando territorio ajeno… como la rata que es. Aprieto los dientes. —Entonces habrá que darle un aviso. Él sonríe apenas. No es una sonrisa amable. —No. Yo me encargo de él personalmente. Lo que hizo ayer rompe el pacto. Si quiere atacar como un cobarde, entraremos en su juego. Da un paso más cerca de la cama. —Pero con nuestras reglas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD