MATTEO
Son casi las once de la noche cuando las ratas de Di Santis entienden que no van a salir caminando como entraron. El lugar no es un depósito abandonado ni una bodega improvisada, como las que usan otros clanes cuando quieren ensuciarse las manos.
Eso es lo primero que siempre noto. Los Martinelli no castigan en la miseria.
El edificio pertenece oficialmente a una antigua sociedad naviera, una fachada legal que duerme tranquila en los registros del puerto.
Los dos tipos están atados a sillas de hierro, las muñecas hinchadas por las bridas, los tobillos morados. Les dimos lo justo porque todavía deben escuchar.
Uno llora en silencio, babeando sangre. El otro intenta mantener una dignidad que ya no tiene, aunque la nariz torcida y el ojo cerrado le traicionan el esfuerzo.
Coloco el teléfono sobre la mesa metálica. El golpe seco resuena como un disparo pequeño. Activo la videollamada y giro la pantalla hacia ellos.
Dorian aparece sentado en su silla de cuero detrás de su escritorio en la biblioteca, esta vestido de n***o, luce muy bien para estar convaleciente.
—Buenas noches, mis queridos amigos —dice con una calma que duele más que un grito—. Supongo que mi primo ya les explicó por qué hoy no fue su mejor día.
El que llora intenta hablar, pero solo emite un sonido húmedo, infantil. El otro aprieta la mandíbula.
—Por años —continúa Dorian— mantuvimos una relación incómoda, pero estable. Cada familia con su basura. Cada cual respetando límites que no estaban escritos, pero sí entendidos. Hoy decidieron olvidarlo.
Uno de ellos levanta la cabeza.
—Per favore… pietà… —suplica— tenemos familia…
Dorian inclina apenas la cabeza, como si evaluara la palabra.
—Todos tenemos familia —responde—. Justamente por eso no se apunta un arma a una monja ni se vacía la caja de un orfanato.
El otro escupe sangre al suelo.
—Es nuestro territorio —dice, casi gritando—. Esa plaza nos pertenece.
Sonrío, mirado la cara de Dorian en la pantalla.
—Puede que la plaza sea suya —responde Dorian—. Puede que la calle, los bares y los burdeles también lo sean. Pero el orfanato Santa María es mío.
Los dos se quedan quietos.
—Mi padre llegó a un acuerdo con los Falconi —continúa—. Esa propiedad quedó fuera de juego. Intocable. Y todo lo que respira ahí dentro está bajo mi protección.
El que llora empieza a temblar.
—Si vuelven a acercarse —dice Dorian—, no perderán dinero. No perderán respeto. Perderán partes de sí mismos. Y lo peor no será el dolor, sino vivir el resto de sus vidas recordando por qué les faltan.
Se crea un gran silencio. Ni siquiera mis hombres se mueven.
—¿Entendieron? —pregunta.
Asienten los dos, rápido.
Me acerco despacio. Camino alrededor de ellos, observándolos como se observa carne en mal estado.
—Mírenlos —les digo—. Tan valientes cuando llevan un arma frente a un sacerdote y tan pequeños ahora, como dos niños desprotegidos.
Uno levanta la vista hacia mí.
—Nos mandaron… —empieza.
Le doy un golpe seco en la boca con el dorso de la mano. Los dientes chocan. El mensaje queda claro: no importa quién los mandó.
—No quiero nombres —digo—. Quiero obediencia.
Vuelvo a mirar la pantalla.
—¿Algo más, primo? —pregunto, sin apartar la vista de los hombres arrodillados frente a nosotros.
Dorian me sostiene la mirada desde la pantalla. No hay ira en sus ojos. Eso es lo más inquietante. Solo decisión.
—Sí —dice al fin—. Córtenles la mano diestra y llévalos con su jefe.
Hace una breve pausa, lo justo para que cada palabra pese—. Quiero que Di Santis los vea así. Que huela el miedo. Que entienda que tocar ese orfanato fue un error que no se repite. Y que, si vuelve a hacerlo, hasta el último de sus descendientes perderá la cabeza.
Asiento despacio.
—Como ordenes, primo.
Hago un gesto mínimo con la mano.
Uno de los hombres acerca la guillotina portátil, acero limpio y pulido. Aquí nada es improvisado.
—Un corte rápido y certero —comento, con una media sonrisa—. Somos gente considerada.
Los hombres empiezan a gritar. Ruegan en italiano, en dialectos rotos, prometen lealtades que ya no valen nada. Suplican clemencia a un Dios que no entra en esta habitación.
En la pantalla, Dorian permanece en silencio, sentado en la biblioteca de su casa. Puedo ver cómo el dolor lo obliga a mantenerse rígido, cómo cada minuto fuera de esta sala es una afrenta a su naturaleza. No está aquí para ejecutar la sentencia con sus propias manos, y eso lo enfurece más que la herida.
Ignoro los alaridos.
Desato al primero. Sus manos tiemblan tanto que apenas logra extender la derecha. La coloco bajo el filo con cuidado, casi con respeto.
—No te preocupes —le digo con voz tranquila—. No vas a morir— Señalo a mi derecha. Dos médicos esperan sentados, impecables, con sus maletines abiertos—. Tenemos a los mejores cirujanos. Te mantendrán con vida. Somos criminales con estilo.
El grito que sigue es inhumano. La guillotina cae, la sangre salpica el acero y el cuerpo se desploma. Se lo llevan de inmediato a la enfermería.
El segundo está peor. Llora como un niño, se mea encima, balbucea excusas. Jura que nadie los envió, que actuaron por cuenta propia, que solo fue _una advertencia_, que no sabían lo que hacían.
Dorian escucha todo desde el otro lado de la línea. Yo disfruto cada segundo de su actuación patética.
El segundo corte es más ruidoso, más desesperado, aunque el grito dura menos.
Cuando también se lo llevan, la voz de Dorian vuelve a llenar la sala.
—Personas desleales como ellos no merecen misericordia —dice—. Pero los Martinelli seguimos nuestras reglas. La ejecución siempre tiene un propósito.
Hace una pausa—. Encárgate del siguiente paso.
—Como órdenes.
La llamada se corta. Guardo el teléfono con la misma calma. Miro el suelo aún manchado de sangre.
—Limpien esto —ordeno tras un breve respiro.