CAPITULO12

1102 Words
MATTEO Me sirvo un trago generoso y me dejo caer en uno de los sofás de cuero. El alcohol quema, pero no tanto como la noche. —Será una maldita noche larga —murmuro, bebiendo despacio. Alessio, mi mano derecha, se ríe por lo bajo. Una risa seca, sin humor. Se sirve un trago y se sienta a mi lado. —Pensé que los ibas a matar aquí mismo. Giro apenas la cabeza. —Es lo que más me habría gustado —respondo—. Pero un c*****r no habla. Un mutilado sí. —Le doy otro sorbo—. El mensaje tiene que ser llevado… y entendido. Alessio asiente, aunque duda. —Con todo respeto, señor… Lo miro. Basta eso para que calle un segundo. —El viejo Martinelli —continúa con cautela— no se habría molestado tanto. Los habría arrojado frente a la puerta de Di Santis. Desangrándose. Sin discursos. Sonrío de lado. —Mi primo no es como su padre —digo, casi con orgullo—. Bebo de nuevo—. Y eso… eso es bueno para nuestros planes. El ex jefe Martinelli gobernaba con terror inmediato. Dorian gobierna con algo más peligroso: anticipación. Él no busca imponer miedo por una noche, sino sembrarlo durante generaciones. Miro hacia la puerta de la enfermería. Detrás de ese vidrio, los hombres gritan ahogados, sostenidos con vida solo para cumplir una función política. —Di Santis cree que esto es una disputa de territorio —añado—. Que el puerto, los almacenes, las rutas… Niego despacio—. No entiende nada. —¿Entonces? —pregunta Alessio. —Entonces esto no va solo de las monjas ni del orfanato —respondo—. Va de probar hasta dónde se atreven. De obligarlos a mostrar sus cartas. — Me inclino hacia adelante—. Y cuando lo hagan, ya será demasiado tarde. Alessio sonríe. Ahora sí entiende. —¿Y si Riccardo responde? —Lo hará —digo sin dudar—. Los hombres como él no soportan quedar en ridículo. Me pongo de pie—. Y cuando lo haga… Dorian ya no estará en esta cama. Estará de pie. Visible. Intocable. Levanto el vaso en dirección a la enfermería. —Esta noche no castigamos a dos hombres —concluyo—. Esta noche comenzamos una guerra que Di Santis aún no sabe que ya perdió. Reímos. No por diversión, sino por certeza. Terminamos nuestros tragos como quien sella un pacto. Horas después, el trabajo continúa. Son casi las dos de la madrugada cuando llevamos a nuestros mensajeros de vuelta a su dueño. No detenemos el auto. Las puertas se abren y los cuerpos mutilados ruedan sobre el asfalto húmedo, a pocos metros de la reja de la mansión Di Santis. Los gritos llegan tarde. —¿Qué sigue, señor? —pregunta Alessio desde el asiento delantero. —Llévame a casa —respondo—. Por hoy fue suficiente. Alessio asiente, pero duda un segundo. —Su padre estuvo llamando. Aprieto la mandíbula. —Mi padre puede hacerse cargo en este momento —digo, seco—. Estoy muerto de sueño. Hablaré con él por la tarde. —¿Cree que sospeche algo? Miro por la ventana. La ciudad duerme, ignorante de lo que acaba de despertarse. —Las ratas siempre salen de sus madrigueras —contesto—. Las coartadas son sólidas y el trabajo fue casi perfecto. Alessio sonríe, pero hay algo más en su mirada. —¿Y la mujer? —pregunta—. ¿Cree que cause problemas? Suelto una risa breve, incrédula. —¿Una maldita monja? —digo—. ¿Qué podría hacer? Me recuesto en el asiento. —¿Quién podría imaginar que mi primo perdería la cordura por una monja? —añado, burlón—. Dios… esto está saliendo demasiado perfecto. Hago una pausa. La sonrisa se vuelve más lenta, más peligrosa. —Su perdición será esa mujer. Y aún no lo sabe. Alessio me mira por el retrovisor y ríe conmigo mientras pisa el acelerador. Poco después, el auto se detiene frente al edificio. Bajo sin prisa. Saludo al portero con un leve gesto de cabeza; mientras me dirijo al ascensor. Subo en silencio mirado mi reloj. Cuando llego a mi piso, saco el saco y lo dejo colgado en el perchero del recibidor. Camino despacio, con el cuerpo cansado y la mente aún despierta, cuando una voz rompe la calma como un disparo contenido. —Al fin decidiste regresar. Me detengo. Mi padre está sentado, con un vaso intacto frente a él. No parece haber esperado minutos. —¿Dónde estuviste que no contestabas el teléfono? —pregunta, sin levantar la voz. —Padre… —respondo, girándome—. Qué sorpresa verte aquí. Sus ojos no se suavizan. —No juegues conmigo, Matteo. ¿Dónde estuviste? Exhalo lento. —Haciéndome cargo de unos asuntos. El silencio se vuelve espeso. Mi padre se pone de pie despacio, como si cada movimiento estuviera medido. —¿Asuntos? —repite—. ¿A esta hora? Con la ciudad ardiendo y los Di Santis moviéndose como cucarachas. —Precisamente por eso. Camina hacia mí. No levanta la voz, pero cada paso suyo pesa. —¿Cómo fue que atacaron a Dorian? —Como lo hacen las ratas —respondo—. Sabotearon la red eléctrica, lo arrastraron hasta su territorio y creyeron que podían terminar el trabajo sin consecuencias. Pensaron mal. Algo salió de su control. —¿Qué cosa? —Alguien le salvó la vida. Se detiene en seco. —¿Quién? —Una monja del orfanato Santa María. El silencio se quiebra apenas. Mi padre frunce el ceño. —¿Una monja? —Y desde ese momento Dorian cambió de posición. Se ha convertido en su protector. Desatará una guerra sin frontera, porque quiere tomar el orfanato. Mis palabras se asientan como pólvora. —¿Sabes lo que eso significa, padre? —continúo—. Los Falconi y los Di Santis no son los únicos disputándose esas tierras. Dorian acaba de dar un paso dentro del tablero… y no piensa retroceder. —¿Y qué mensaje envió? Ladeo una sonrisa, breve, peligrosa. —Creo que muy pronto lo sabrás —respondo—. Los Di Santis no tardarán en reaccionar. Creo que debes ir preparándote para las negociaciones ahora que sabes lo que quiere Dorian. Su mandíbula se tensa. —Te advertí que no provocarás una guerra abierta sin avisarme. Lo miro de frente. —Eso deberías decírselo a Dorian —contesto—. Él es el nuevo jefe.
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