CAPITULO 13

1058 Words
VALENTINA Ha pasado una semana. Un viernes más en la plaza, pero el aire sabe distinto; huele a vigilancia y a miedo contenido. Caminamos desde el convento con los carros chirriantes. Nadie canta. Los niños susurran, contagiados por la tensión que nos envuelve a todas. Esta vez tomamos precauciones. Bajo mi mesa, oculta por un faldón de lona gruesa, hay una caja forrada en paño n***o. Cada billete que entra es rápidamente transferido, deslizado entre los pliegues de nuestros hábitos, dispersado. Hoy, la Madre Agnese nos acompaña. Se instala en un extremo de la plaza, erguida e inmóvil como una gárgola de carne y hueso. Cuando me acerco con una bandeja, murmura sin mover los labios. —Tengo el dedo en el gatillo. Si alguno de esos animali se acerca más de lo debido, aprenderá a respetar la casa de Dios. Las ventas comienzan, lentas al principio, luego con un flujo constante. Las monedas tintinean, un sonido que ya no es alegre, sino el eco de una necesidad que nos mantiene expuestas. Marco aparece de nuevo. Lo distingo a distancia por su andar despreocupado, seguro, como si la plaza fuera un salón privado y no un espacio público. Camina sin prisa, sonriendo a los niños, comprando aquí y allá, interpretando a la perfección el papel del hombre común. Un espectáculo de normalidad cuidadosamente ensayado que se resquebraja cuando se detiene frente a mi mesa. —Buongiorno, Valentina —dice. Su voz no saluda: roza. Se desliza como una caricia innecesaria. —Buongiorno —respondo, cuidando que mi tono permanezca en ese punto exacto entre lo cortés y lo distante. Me observa con atención. —Te noto distinta —añade—. ¿Volvieron los malandrines de la semana pasada? —No —contesto de inmediato, demasiado rápido. No insiste. Sonríe apenas, como si hubiera tomado nota. —Veo que siguen innovando —dice, señalando los amaretti recién horneados, buscando aligerar el aire—. Eso es peligroso. —Siempre intentamos ofrecer algo nuevo. —Si saben tan bien como se ven, serán mi próxima adicción —bromea. Compra. Luego se queda. Empieza a hacer preguntas sin importancia. Comentarios ligeros. Halagos que no lo parecen. Coquetea con una habilidad sutil, casi invisible para quien no esté atento. Una mirada que se detiene un segundo de más en mis manos al tomar el cambio. Una sonrisa que no pide permiso. —Debería llevarme esta caja también —dice, inclinándose un poco hacia mí—. Desde que probé sus cantucci, el resto me sabe a ceniza. Estoy a punto de responder cuando la presencia de la Madre Agnese se materializa a mi lado, silenciosa, abrupta. —La hermana tiene trabajo —dice, sin levantar la voz—. Si ya terminó su compra, el día avanza para todos. Marco alza las manos con una teatralidad casi burlona. —Nessuna intenzione di disturbare, madre. —Entonces no lo haga. Se retira sin discutir. Pero antes de perderse entre la gente, vuelve la cabeza. Ya no sonríe, ahora solo evalúa. Como si estuviera grabando cada gesto, cada rasgo, para usarlo después. —Personas como ese hombre solo nos hacen perder clientela —dice la Madre Agnese en voz baja—. No deberías prestarles atención. —Estaba comprando, madre. Solo intenté ser amable. —No es prudente mostrar interés. ¿Qué preguntaba tanto? —Nada importante. —Y aun así le dedicaste más de cinco minutos. Eso no da buena imagen. —Lo siento. No volverá a pasar. —Eso espero. El día continúa, pero algo se ha vuelto denso, pesado, como si el aire mismo estuviera cargado. Entonces los veo. Dos autos oscuros comienzan a rodear la plaza. Modelos caros, vidrios polarizados. Pasan despacio pero no se detienen. —Dios bendito… son ellos otra vez —murmura Sor Benedetta. —Mantengamos la calma —responde la Madre Agnese—. No pueden llevarse más de lo que hay en esa caja. Mi estómago se contrae, pero los autos no se detienen. Fue cerca del mediodía cuando esos mismos autos regresaron. De ellos bajaron tres hombres elegantes; no eran los de la semana pasada, estos no improvisaban. Vestían trajes sobrios, caros, hechos para imponer respeto sin levantar la voz. Y entonces lo vi: Dorian. El hombre de la iglesia. Su presencia alteró el espacio como una piedra lanzada a un estanque quieto; el murmullo de la plaza se contrajo, las risas de los niños se apagaron, incluso el aire pareció espesarse. Me petrifiqué. Quise esconderme, desaparecer, pero no había dónde. Bajé la mirada y fingí ordenar las bandejas, acomodar dulces que ya estaban en su sitio, rezando en silencio para que no me reconociera, para que pasara de largo, para que no recordara. Aun así, lo sentí: esa certeza incómoda de ser observada, de estar bajo un peso invisible. Cuando alcé la vista, ya estaba allí, al otro lado de la mesa. No dijo nada al principio. Solo me miró. Los segundos se estiraron, cargados con el peso de todo lo no dicho: la sangre en el suelo de la capilla, el calor de su cuerpo contra el mío, el sabor a peligro y a salvación de aquel beso. Mi pulso, que ya estaba acelerado, se convirtió in un martilleo sordo en mis oídos. Una sensación extraña, cálida y viva, se despertó en el bajo vientre, un hormigueo traicionero que nada tenía que ver con el miedo. Él, como si pudiera leer el torbellino dentro de mí, dejó que una sonrisa lenta, casi imperceptible, curvara sus labios. No era una sonrisa amable. —Buon pomeriggio, sorella —dice al fin. Su voz es más suave de lo que recordaba, una caricia ronca que me recorre la columna. —Buon pomeriggio —respondo, pero mi voz suena lejana. Mis dedos, ocupados con los cantucci, se entrelazan para ocultar el temblor. Bajo la mirada y me concentro en las bandejas, en las etiquetas, en cualquier cosa que no sea él—. ¿En… en qué puedo ayudarlo? No contesta de inmediato. Toma una galleta, la observa con una curiosidad fingida y luego vuelve a clavar en mí esos ojos de tormenta. —Creo que ya me ha ayudado más de lo que podría pagar —dice, y la doble intención me enciende la piel—. Pero hoy solo vengo por algo dulce.
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