VALENTINA
Intento servirle, pero mis manos no obedecen. Una galleta cae. Él se inclina, la recoge con una lentitud deliberada y sus dedos rozan los míos. El contacto es breve, eléctrico. Se me escapa un jadeo. Retiro la mano como si me hubiera quemado y la llevo al pecho, donde el crucifijo reposa frío sobre una piel que arde.
—¿Cuál me recomienda? —pregunta—. Busco algo dulce, adictivo… algo que se quede grabado en la memoria. Como el primer beso.
Trago saliva sin mirarlo. Señalo un postre.
—Ese… es delicioso.
—Tiene buena pinta —murmura—. El aroma es dulce, pero… ¿me asegura que es lo que busco?
Alzo la vista y descubro que me ha estado observando todo este tiempo
—Debería probarlo primero.
—Hay un sabor en mi memoria —dice, lamiéndose los labios—. Peculiar. Dulce. Prohibido. Uno que desearía probar una vez más.
Mis nervios me delatan. Él suspira, toma el postre y le da una mordida sin apartar la mirada de mí.
—Parece nerviosa, sorella —observa con calma cruel—. ¿Le sucede algo?
—No… no, todo está bien—, mentí, forzándome a alzar la vista de nuevo. —Es el calor.
—Claro. El calor—, repitió, y esa sonrisa juguetona, peligrosa, volvió a aparecer. Dio un paso al lado de la mesa, acortando la distancia entre nosotros. El espacio personal, ya violado esa noche en la capilla, se desvaneció. Podía olerlo: a jabón masculino, a tabaco leve y a algo inherentemente suyo, una esencia salvaje y controlada. —¿Está segura de que no me conoce de algún lado?
La pregunta cayó entre nosotros como un desafío. Mi mente se llenó de imágenes: su rostro pálido contra la piedra, su sangre en mis manos, sus labios buscando los míos en la penumbra.
Mi mente grito “Lo conozco, claro que te conozco, estas en mis sueños y en mis pesadillas.”
Pero lo que dije fue: —No, signore. No creo haberlo visto antes. — La mentira me sabía amarga y excitante al mismo tiempo.
Su sonrisa se amplió entonces, una expresión genuina de diversión y algo más profundo, más oscuro. Asintió lentamente, como si hubiera obtenido la respuesta que esperaba. La respuesta que, de algún modo perverso, prefería.
—Qué lástima—, murmuró, y su voz era ahora un susurro íntimo, solo para mí. —Porque yo a usted, Valentina, no la olvidaría fácilmente.
El uso de mi nombre, pronunciado con esa crudeza reverente, fue la gota que colmó el vaso. Un estremecimiento incontrolable me recorrió. Sentí que el suelo cedía bajo mis pies.
—Debo… debo atender a los demás—, balbuceé, retrocediendo un paso, rompiendo el hechizo claustrofóbico.
Él no intentó detenerme. Solo inclinó la cabeza en un gesto de asentimiento, pero sus ojos me sostuvieron, prometiendo, amenazando.
—Por supuesto. Hasta la próxima, sorella.
Depositó un billete de alta denominación sobre la mesa, demasiado para una simple galleta, y se alejó con esa calma predatoria que le era propia.
—Per i bambini —dice.
La Madre Agnese, que ha observado la escena con los ojos convertidos en rendijas, asiente con una rigidez fúnebre.
—Dio ve la riconpensi.
Los hombres se alejan sin prisa, como si el tiempo les perteneciera. Los autos arrancan y se disuelven en el tráfico. La plaza parece exhalar aliviada. Yo no. Yo no puedo.
La Madre Agnese recoge el dinero con movimientos bruscos, casi violentos, como si las monedas le quemaran las manos.
—Sporco denaro —masculla, más para sí misma que para nosotras—. Dinero sucio. Si no fuera porque las cuentas del médico no se pagan con oraciones, lo arrojaría al fuego.
Me quedo inmóvil, con el cuerpo aún tenso, el pulso desordenado, el sabor del deseo prohibido atrapado en la boca. Las palabras de la madre resuenan como una sentencia suspendida en el aire caliente de la plaza. Lo sé, con una certeza que me oprime el pecho: volveremos a encontrarnos.
—Cambia esa cara, Valentina —dice Sor Benedetta en voz baja—. El peligro ya pasó.
—No es fácil —responde la Madre Agnese antes que yo, aún furiosa— estar frente a hombres así. Vi las armas en sus cinturas. Descarados. Inmorales. Deberíamos deshacernos de ese dinero.
—Lo necesitamos, madre —digo al fin—. Dinero es dinero.
Me mira, cansada, como si esa respuesta le doliera más que cualquier amenaza.
—Ay, hija mía… —suspira—. A veces las decisiones correctas son las más difíciles.
Se persigna y murmura una oración breve. Sor Benedetta la imita. Yo cierro los ojos apenas un segundo, intentando ordenar mis pensamientos, aferrarme a algo limpio, a algo sagrado. Pero no lo logro.
Su rostro vuelve, nítido. Esa mirada profunda, fiera, dominante… y algo más debajo, algo que me desarma. El recuerdo de ese beso regresa con una fuerza indebida, arrastrando consigo esas ansias locas, culpables, de volver a sentirlo.
Al regresar al orfanato, pido confesarme. El peso de mis pecados ha ido creciendo y, en este instante, el deseo me sofoca como un castigo vivo. Volver a ver a Dorian ha sido una penitencia verdadera, una prueba que no pedí y que no sé si puedo resistir.
Camino hacia el confesionario con las manos frías y el pecho oprimido. Al escuchar la voz del padre Vittorio, mi corazón se encoge. Es como un padre para mí. No puedo decirle todo lo que cargo en el alma. No podría mirarlo después.
Me arrodillo.
—Ave María purísima —susurro, con la voz quebrada.
—Sin pecado concebida —responde él, al otro lado de la rejilla—. Dime, hija.
Trago saliva. Las palabras se me amontonan, pero no salen las verdaderas. No las peores. No su nombre.
—Padre… la culpa me consume —confieso al fin—. Siento que he cambiado. Que algo dentro de mí ya no es como antes. Estas semanas han sido difíciles. Duermo mal. Tengo pesadillas. Me despierto con el corazón acelerado, como si estuviera huyendo de algo… o de alguien.
Guardo silencio un segundo, luchando conmigo misma.
—Creo que he fallado —continúo—. No con actos claros, sino con pensamientos. Con deseos que no deberían habitar en mí. A veces siento que Dios me observa en silencio, esperando… y esa espera me pesa más que cualquier castigo.
El padre Vittorio respira hondo antes de hablar.
—La culpa, hija, puede ser una advertencia… pero también una carga que nos impide ver la gracia —dice con suavidad—. Todos somos puestos a prueba. Lo importante no es la tentación, sino lo que hacemos con ella.
Aprieto los dedos contra el hábito.
—Tengo miedo —admito—. Miedo de mí misma. De lo que siento. De lo que pienso cuando debería rezar.
—Entonces reza más —responde—. Aférrate a la oración cuando el pensamiento impuro regrese. No estás sola en esta lucha.
Asiento, aunque sé que no es verdad. Sé que hay batallas que se libran en soledad.