DORIAN
Han pasado dos semanas desde que comenzaron las negociaciones con Enzo Falconi. Dos semanas de llamadas medidas, de intermediarios nerviosos y silencios estratégicos en las que dejé que creyera que el tiempo jugaba a su favor, que yo estaba ansioso, herido, debilitado. Hoy, finalmente, aceptó reunirse conmigo para “acordar un pago justo”. Esa fue la expresión que usó. Justo. En nuestra ciudad, esa palabra siempre significa sangre o rendición.
El lugar del encuentro es uno de sus restaurantes más elegantes. Demasiado elegante. Un local céntrico, lleno de comensales que ignoran que están cenando sobre una posible fosa común. Mármol pulido, lámparas cálidas, música suave. Un escenario perfecto para fingir normalidad mientras se decide quién respira mañana. Cada centímetro del lugar está vigilado. Cámaras ocultas, guardias camuflados entre camareros, salidas secundarias bloqueadas. Falconi nunca improvisa. Siempre deja varias rutas abiertas para matar… o escapar.
Yo también.
Entro acompañado por Matteo y dos de mis guardaespaldas. Otros cinco hombres armados esperan afuera, dispersos, atentos. No necesito más. Si algo sale mal, este restaurante no será suficiente para contener lo que se desatará.
Enzo Falconi ya está sentado. Traje impecable, copa de vino en la mano, gesto relajado. Nos miramos y nos saludamos sin levantarnos. Viejas costumbres entre enemigos educados. El respeto es una coreografía; el odio, un secreto compartido.
—Dorian Martinelli —dice, sirviéndose más vino sin pedir permiso—. Me dijeron que te apoderaste de mi propiedad. Yo les dije que eso era imposible. No tengo ningún cheque a tu nombre por ese terreno. ¿Me equivoco o son solo rumores de viejos rivales que disfrutan sembrar caos?
No respondo de inmediato. Dejo que el silencio se siente con nosotros.
—Mi padre inició una negociación contigo hace años —digo al fin—. Sobre el terreno del orfanato Santa María.
Sonríe, ladeando la copa, como si hubiera recordado una anécdota trivial.
—Sí. Un pantano legal. Tierra maldita. Tu padre sabía que no quería venderla… y se hizo a un lado. Pero tú has decidido desenterrar lo que estaba muerto.
—Mi padre ya no decide —respondo, sin elevar la voz—. Yo sí. Y ahora la quiero.
Enzo ríe. No es una carcajada. Es una risa corta, seca, incrédula.
—Estás loco —sentencia—. Sé lo que hiciste con los Di Santis. Sé cómo dejaste a sus perros, cómo los redujiste a cenizas por tocar lo que creías tuyo. ¿Crees que eso me impresiona? Si quieres esa propiedad, deberás pagarla como corresponde. Sé que puedes ofrecerme una buena cantidad. Lanza una cifra grande. Sé que puedes superar lo que pido.
Hace un gesto con la mano. Uno de sus hombres se acerca y desliza un papel hacia mí. La cifra escrita es insultante.
—Creo saber cuánto vale para ti ese terreno —añade.
Ni parpadeo.
Saco mi chequera con calma. El ruido del cuero al abrirse suena más fuerte de lo que debería. El silencio se espesa. Matteo me observa de reojo, atento, inmóvil. Tomo el bolígrafo, escribo despacio, con una precisión casi ceremonial. Firmo. Arranco el cheque y lo deslizo por la mesa.
Enzo lo toma. Lee la cifra. Su rostro se transforma.
—¿Esto es una broma? —escupe—. ¿Crees que puedes comprar a los Falconi con nada?
—Es exactamente lo que valen —respondo—. Nada. Sin embargo, considérelo un canje justo por su extinción definitiva.
Golpea la mesa con la palma abierta. Algunas copas vibran.
—¿De qué mierda hablas?
Matteo se mueve por primera vez. Saca un sobre grueso del interior de su saco y lo deja frente a Enzo.
—Míralo —dice—. Luego decide.
Enzo duda. La soberbia lucha con la curiosidad. Finalmente abre el sobre.
Las fotografías hacen su trabajo mejor que cualquier arma. Sus hijos saliendo de lugares indebidos, escoltados por sombras que no deberían conocer. Cuentas ocultas, rutas de dinero n***o, negocios paralelos enterrados bajo nombres falsos. Amantes. Traiciones. Errores que nadie perdona dos veces. Pruebas limpias, imposibles de borrar. El color abandona su rostro lentamente, como si la sangre decidiera desertar por capas.
—Esto… —murmura, con la voz quebrada—. Esto es guerra.
—No —corrijo—. Esto es previsión. La guerra viene después… si insistes.
Me inclino apenas hacia adelante. No necesito invadir su espacio. El miedo sabe cruzar distancias solo.
—Tienes dos opciones, Enzo. Me entregas la propiedad con todos los papeles firmados y esto desaparece. Como si nunca hubiera existido. O decides proteger ladrillos viejos y niños pobres… y pierdes a tus hijos, tu apellido y todo lo que crees intocable.
Aprieta la mandíbula. El orgullo intenta reaccionar, pero llega tarde.
—No puedes hacer esto.
—Niégate —digo en voz baja— y compruébalo.
El silencio cae como una losa. El restaurante sigue vivo alrededor: cubiertos chocando, risas ajenas, música elegante. Nadie nota que, en esta mesa, se acaba de dictar una sentencia. Enzo me observa como si recién ahora comprendiera con quién está sentado, como si hubiera confundido a un depredador con un socio.
—Ese lugar… —dice al fin—. ¿Por qué te importa tanto?
Sonrío apenas. No es una sonrisa amable. Es un gesto torcido, peligroso.
—Porque se me antojó ser el dueño de una iglesia.
Enzo se carcajea un instante.
—Tienes los huevos para sentarte frente a mí y chantajearme. ¿porque crees que puedes salir por esa puerta vivo.
—Tengo copias de todo —añado, sin alterarme—. Si algo me pasa, si alguien se equivoca, si uno de tus hombres respira fuera de lugar… tus hijos serán los primeros en pagar el precio. Y luego, como un castillo de naipes empujado con paciencia, los Falconi caerán uno por uno hasta que no quede nadie de pie. Ni siquiera tu perro tendrá tumba. Las cámaras de vigilancia del lugar y todos tus hombres armados no cambiarán nada de lo que suceda aquí. Las verdaderas pruebas están fuera de este restaurante. Si no me entregas la propiedad, si me lastiman, si intentas huir… no hace falta que lo diga. Todos los caminos llevan a la ejecución de tus hijos y al final de la familia Falconi. Sabes que tengo los recursos para que eso ocurra en tiempo récord.
Me mira con odio puro, desnudo, sin máscaras.
—Te subestimé, Dorian.
—Lo sé —respondo—. Casi todos lo hacen. Ahora entrégame los papeles.
—Tomará un poco de tiempo.
—No hay problema —digo, acomodándome en la silla—. Esperaré.