CAPITULO 16

1132 Words
VALENTINA Han pasado seis meses. Seis meses en los que aprendí a medir el tiempo en viernes, en miradas esquivas, en silencios que pesan más que las palabras. Seis meses desde la última vez que lo tuve tan cerca como para sentir su respiración mezclarse con la mía. Y, aun así, nunca se fue del todo. Siguió golpeando mi corazón desde la distancia, debilitando mis convicciones, erosionando mi fe con una paciencia peligrosa. A veces aparece en misa, discreto, impecable. Deja limosnas que pesan más que las monedas comunes: billetes gruesos, doblados con una precisión casi ritual, como si incluso su caridad obedeciera a reglas propias. Madre Agnese lo observa con la dureza de quien reconoce al enemigo sin necesidad de pruebas. —Ese hombre no trae paz —susurra—. Trae tentación. Y la tentación siempre cobra intereses. Es un mafioso. Lo que no entiendo es qué hace aquí… ¿por qué nos vigila desde hace meses? —¿Nos vigila? —pregunto, forzando una inocencia que no siento. Madre Agnese aprieta los labios. —Desde aquel incidente en la plaza su presencia se volvió inquietante. Todos los viernes viene. Recorre las mesas con la mirada, prueba siempre los mismos dulces, deja exactamente la misma cantidad de dinero y se marcha casi a la misma hora. Si eso no es vigilancia, no sé cómo llamarlo. —¿Un buen samaritano? —aventuro, apenas. Me clava una mirada severa. —No confundas a las buenas personas, Valentina. Ese hombre no es un alma caritativa. Es un demonio con modales. Mira sus prendas: son caras, demasiado. Eso significa que no es un simple ejecutor. Es uno de los altos mandos. —Pero siempre viene solo —digo en voz baja. —Lo cual confirma lo que temo —responde—. Los jefes no necesitan compañía. —¿Jefe? Suspira, cansada. —Ay, hija mía… tu inocencia es peligrosa. Debes dejar de ver nobleza donde hay poder. El mundo está lleno de maldad vestida de elegancia. Se retira sin esperar respuesta. Si supiera que fue ese mismo hombre al que salvé aquella noche, estoy segura de que no solo me apartaría del altar. Me excomulgaría sin dudarlo. —¿Viste quién se quedó al final de la fila? —murmura sor Lucía al acercarse—. El de traje oscuro. Imagínate los pecados que debe cargar… se incendiaría el confesionario. —Todos son bienvenidos en la casa de Dios —respondo, mecánicamente. Ella niega despacio. —Es un mafioso. Se le ve en la cara. Y no es bueno que hombres como él aparezcan en este lugar. Nada bueno traen consigo. Dios nos ampare. No respondo. Me quedo de pie junto a la puerta lateral, fingiendo ordenar unos folletos. No puedo evitar mirarlo de reojo. Está sentado en el último banco, la espalda recta, las manos entrelazadas, esperando al padre Vittorio como quien espera una sentencia… o viene a dictarla. Su sola presencia despierta en mí un desfile de pensamientos indebidos, imágenes que me avergüenzan y me consumen. Pecados que no necesitan actos para existir: basta con mirarlo. Los minutos pasan. Finalmente se acerca al padre. Se sientan en una banca apartada. Hablan en voz baja durante unos minutos que se me hacen eternos. No gesticula. No se altera. Solo escucha y habla cuando es necesario. Luego le entrega un sobre al padre Vittorio. Grueso. Pesado. Antes de marcharse, levanta la vista. Me mira. No es una mirada casual. Es directa. Oscura. Calculada. Siento cómo mi cuerpo se estremece por completo, como si esa sola mirada pudiera desarmarme por dentro. Luego se va, sin prisa, como si supiera que ya ha dejado su marca. El padre Vittorio se queda sentado unos segundos más. Está pálido. Mucho más de lo habitual. Me acerco de inmediato. —¿Sucede algo, padre? Me mira como si dudara en responderme. Finalmente habla. —Tenemos un mes —dice—. Un mes para encontrar otro lugar… o reunir dos coma ocho millones de euros por la propiedad. El mundo se inclina bajo mis pies. —¿Dos punto ocho… millones? —repito, incrédula, casi sin voz. —Está dispuesto a negociar —añade—. Pero no a esperar. —Debe haber un error —murmuro—. Esa cifra es imposible. El padre Vittorio me observa con gravedad. —¿Sabes quién es ese hombre? Niego lentamente con la cabeza. —Es Dorian Martinelli —dice—. Jefe del clan Martinelli. Uno de los tres lobos que gobiernan esta ciudad desde las sombras. El nombre cae sobre mí como una losa. Martinelli. Mafia. Poder. Muerte. Saca una tarjeta del sobre y me la muestra. La tomo casi sin sentir los dedos. Leo la dirección de inmediato. No está lejos. Demasiado cerca. La memorizo mientras él sigue hablando. Habla de abogados, de amenazas veladas, de que ese terreno lleva años disputándose en silencio. Yo apenas lo escucho. La dirección ya está grabada en mi mente como una condena. Le devuelvo la tarjeta. —Tenemos que hacer algo —digo. —Hablaré con madre Agnese —responde—. Quizá podamos encontrar algún benefactor… aunque si se enteran de que los Martinelli están involucrados, nadie querrá ayudarnos. —¿Por qué? Me mira con una tristeza antigua. —Porque son mafiosos, hija. Nadie quiere deberles nada. Su dinero es sucio. Está manchado de vidas inocentes. Aprieto las manos bajo el hábito hasta que los dedos me duelen. La tela no logra contener el temblor. —Tiene que haber una salida —digo, más como súplica que como certeza. El padre Vittorio me mira con una tristeza cansada. —Siempre la hay, hija mía… aunque no siempre sea la que esperamos. Se pone de pie con brusquedad, como si quedarse un segundo más fuera peligroso. Sale a toda prisa en busca de la madre Agnese. Lo sigo casi corriendo por el pasillo. —Empecemos por rezar —dice ella al escucharlo—. Y esperar un milagro. La palabra milagro cae pesada, insuficiente. —¿Y si no conseguimos el dinero? —pregunto, con un hilo de voz—. ¿Qué pasará con nosotros? El padre Vittorio no se detiene. No suaviza la respuesta. No miente. —Dormiremos bajo un puente algún tiempo —dice—. El edificio será demolido en un mes. El eco de sus palabras se queda flotando en el corredor vacío. Un mes. Treinta días para desaparecer. Para borrar años de risas, de llantos, de niños que aprendieron a llamar hogar a este lugar. Aprieto los labios para no llorar. Y en medio de ese silencio cruel, una verdad se impone con la claridad de una blasfemia: si el milagro no llega del cielo… tendré que ir a buscarlo al infierno.
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