VALENTINA
La angustia de la madre Agnese terminó de empujarme a la decisión que llevaba días creciendo como una herejía en mi pecho. Escapé del orfanato al caer la noche. A solas. Sin bendición. Sin permiso. Tras una caminata interminable, tomé un taxi y le di la dirección que había memorizado como quien aprende un conjuro peligroso.
Caminé un par de cuadras más, pregunté a transeúntes que me miraron con desconfianza, hasta que finalmente lo vi.
El edificio era imponente, elegante, demasiado vivo para un lugar donde seguramente se firmaban condenas. Me presenté en la portería. Hubo una llamada breve. Luego, un gesto seco que me permitió el paso.
—El señor Martinelli, va atenderla.
Su nombre volvió a incendiarme la lengua.
No era solo un nombre: era el pecado que había aprendido a callar, la plegaria prohibida que regresaba cada viernes. El hombre que convirtió mi fe en tentación.
Uno de sus hombres me condujo hasta una oficina amplia y sobria. Abrió la puerta. Entré.
—Buenas noches…
No respondió. La puerta se cerró a mi espalda con un sonido definitivo, como un cerrojo.
Estaba sentado tras el escritorio, con un habano apagado descansando entre sus dedos. Al alzar la vista, su mirada me atravesó como un disparo limpio, sin advertencia. No era hermoso como los santos de los vitrales; era duro, afilado por la vida. Una cicatriz le cruzaba la ceja izquierda. Su boca, peligrosa, parecía diseñada para dictar órdenes o promesas que siempre se cumplían.
Había algo en él imposible de negar: un ángel caído, enterrado bajo ruinas y sangre.
—Hermana Valentina —dijo por fin—. ¿Qué la trae por aquí?
—Vine a hablar de la compra del orfanato… —respondí—. El padre Vittorio dijo que aún hay una forma de negociar.
Dorian soltó una risa baja, burlona. Se puso de pie y rodeó el escritorio con pasos lentos, seguros, como un depredador que ya ha decidido.
—Así que… ¿quieres salvar tu precioso orfanato? —su voz era suave, filosa como una navaja.
—Cuando supe que era usted —dije, sosteniéndole la mirada— insistí en venir en persona. Tenía la esperanza de que me escuchara.
Volvió a reír.
—¿Y por qué creíste que eso cambiaría mis planes, monja?
—Porque usted… alguna vez…
—Shh.
Levantó un dedo y lo apoyó sobre mis labios. El contacto fue mínimo. Devastador.
—Si no traes el dinero —susurró—, será mejor que salgas por donde entraste. ¿O de verdad crees que eres especial?
El dolor fue inmediato, preciso, como una espina hundiéndose en el pecho.
—Usted dijo —respondí, sin apartarme—, aquella noche en la iglesia de Santa María… que me debía un favor.
Él ladeó la cabeza, burlón.
—¿Disculpa?
—Aquella noche… cuando llegó herido, buscando refugio. Yo lo escondí. Lo protegí.
—Ah… —hizo una pausa y su sonrisa se volvió más peligrosa—. Sí, esa maldita noche. Cuando me arrodillé entre tus piernas para que me curaras… y descubrí lo caliente que eras bajo ese hábito.
Sentí cómo se me anudaba la garganta y una lágrima se deslizó por mi mejilla, brillando como una confesión de pecado.
—Solo… creí… —murmuré con la voz quebrada—. Me equivoqué con usted.
Me giro hacia la puerta, decidida a marcharme. Pero antes de alcanzarla, su mano se cerró sobre la mía. Su contacto fue un relámpago que me heló y me encendió al mismo tiempo.
—¿Aún recuerdas cómo temblabas cuando te besé? —susurró, con voz ronca—. Tu aliento se quebraba entre mis labios… ¿cuántas noches habrás tocado ese lugar sagrado, ahogando gemidos, pensando en mi lengua?
Su rodilla se insinuó entre mis muslos, obligándome a abrirme apenas. Jadeé, incapaz de disimular el calor que me consumía.
—¿Cuánto ha pasado? ¿Seis meses?
Un gemido escapó de mi garganta, húmedo, entre deseo y vergüenza. Él lo devoró como un premio, mordiéndome el hombro por encima de la tela, dejándome un ardor que se filtró hasta lo más hondo.
La humedad entre mis piernas me traicionaba, empapando la tela áspera del hábito con una vergüenza infinita Se adhería a mi piel como un secreto viscoso, delatando cada pensamiento impuro que su sola presencia encendía en mí. Aparté su mano con un gesto brusco, retrocediendo hasta chocar contra la pared fría, solo para clavar en él una mirada que pretendía ser de odio.
—Lo recordé porque lo vi ayer en el orfanato. Su rostro es difícil de olvidar, nada más.
Él esbozó una sonrisa lenta, cargada de una crueldad deleitosa.
—Desde cuándo son tan mentirosas las siervas de Dios —murmuró, avanzando un paso. Su voz era un susurro de seda rasgada—. Cada mirada furtiva en la plaza, cada vez que tu aliento se cortaba si mis dedos rozaban los tuyos al entregarte una limosna… No sabes mentir, monachella. Tus ojos me cuentan la verdad. Ese temblor en tus manos no es miedo… es el mismo deseo que me quema a mí. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras se posaran sobre mi piel como una caricia sucia—. ¿Fui el primero en saborearte? ¿El primero en oler el miedo y la miel entre tus piernas?
Se acercó de golpe, sin dejar espacio para el aire. Su mano, ancha y caliente, se posó en mi cintura, hundiendo los dedos en la tela hasta encontrar la curva de mi cadera. Sentí la firmeza de su palma recorriéndome, un mapa dibujado con fuego que parecía conocer ya cada valle y cada tensión de mi cuerpo. Cerré los ojos, una rendición silenciosa. No lo rechacé.
—Definitivamente fue un error pensar que… —intenté, con la voz quebrada.
—¿Que tus súplicas piadosas me detendrían? —interrumpió, deslizando los dedos por la columna de mi espalda, trazando cada vértebra a través de la lana gruesa—. Soy un hombre de negocios. Todo tiene un precio. Pagas, o te marchas.
—Son solo niños —logré articular, apretando los puños para que mi voz no vacilara—. No tienen a dónde ir. ¿No hay misericordia en usted?
—La misericordia es un lujo que no me puedo permitir —cortó él, su aliento caliente en mi mejilla—. Pero si tanto anhelas salvarlos… hay una moneda que aceptaré.
—Haré lo que sea —las palabras escaparon antes que mi razón.
Su sonrisa se ensanchó, obscena y victoriosa.
—Lo que sea —repitió, saboreando cada sílaba mientras sus labios rozaban la línea de mi mandíbula—. Eso incluye este cuerpo, tus rezos rotos y tus gemidos llamando mi nombre.
El aire me faltó. No solo por la crudeza del chantaje, sino porque él bajó la mirada hasta mis labios, entornando los ojos como si pudiera aún saborear ese beso que ambos anhelábamos.
—Yo… yo solo quiero salvarles —susurré, intentando retroceder, pero su mano en la espalda se convirtió en una grillete de hierro vivo, sellándome contra él.
—Yo te salvé.
—Y por eso —dijo, arrastrando los dientes por mi clavícula—, te doy la oportunidad de salvar a esos mocosos. ¿quieres salvarlos? Un único, devastador latido de mi corazón dictó la respuesta.
—Sí.
—Entonces vas a rogar por mí como antes rogabas por tu Dios.