VALENTINA
Un escalofrío me recorrió la columna, como si el mismísimo infierno me envolviera. Y aun así… mi cuerpo no retrocedía.
—Y si me niego… —mi voz salió más débil de lo que quise.
—Ya no esperare un mes mañana mismo doy la orden de demolición del lugar. Los niños serán echados a la calle. La Iglesia no moverá un dedo. Pero tú, Valentina… tú vas a recordarme. Estés sola en esa cama estrecha, con las piernas cerradas y la culpa ardiendo entre ellas… pensarás en mí.
Sentí sus dedos rozar mi velo, lento, reverente, como si tocara una reliquia, lo deslizó por mi cuello, justo donde mi pulso golpeaba como un tambor.
—Dime que no sentiste el fuego prohibid d eapisom aquella noche —su voz era veneno dulce—. Ese beso… no fue un favor, fue un inicio.
Lo miré con los ojos húmedos, brillantes. Mi cuerpo traicionaba lo que mi alma quería negar. Mi respiración se quebraba, mi corazón se me escapaba del pecho.
—Fue un error… —susurré.
—¿Y por qué tiemblas ahora? —me desafió.
No respondí. Él sonrió.
—Harás lo que sea, dijiste. ¿Lo recuerdas?
Asentí apenas, tragando saliva.
—Entonces empieza por dejar de mentirte, monja.
Me tomó del mentón. No con violencia, pero sí con una firmeza que me desarmó.
—Te deseo. Como nunca he deseado nada. Y tú me deseas, aunque te estés pudriendo en culpa.
El pulso me martillaba en las sienes. Mi cuerpo estaba húmedo. Ardiente.
—Si cruzas esa puerta… ellos lo perderán todo. Si te quedas… serás mía.
El silencio se volvió espeso. El aire vibra entre nosotros, cargado de electricidad peligrosa. Solo se escuchan nuestras respiraciones, lentas, irregulares… y tan llenas de deseo.
Tieblo, por primera vez en mi vida, no sé si querer rezar… o pecar.
Él no aparta los ojos de mí. Cada pliegue de mi hábito parece provocarlo. Como si yo misma fuese un regalo aún sin abrir.
—La decisión es tuya, monja —dijo con una calma feroz—. Pero no tengo paciencia para la duda. Es sí… o no.
—Yo… —bajé la mirada, la vergüenza me ardía en la piel, pero también la curiosidad.
—La oferta tiene tiempo limitado —continuó, avanzando hacia mí—. No me hagas repetirlo.
—¿Cumplirás tu promesa? —pregunté apenas, levantando la vista, con los ojos húmedos.
—Nunca he roto una —aseguró sin pestañear.
—Necesito los papeles firmados… antes —quise sonar firme, pero mi voz se quebró cuando su dedo se deslizó por mi clavícula, dejando un rastro de fuego.
Él ladeó la cabeza, con jos de lobo acorralando a su presa.
—Los firmaré… —sus labios rozaron mi oreja, húmedos, cálidos— …cuando tu voz se rompa gritándolo.
Tragué saliva. El aire me quemaba los pulmones. Mi pecho subía y bajaba, y cada inhalación rozaba mi cuerpo contra el suyo. Apenas un milímetro de tela nos separaba.
—¿Lo… lo haremos aquí? —pregunté con un hilo de voz.
Su carcajada fue oscura, sensual, como una lengua caliente lamiéndome por dentro.
—Mi oferta, mis reglas. Si te pidiera que te desnudes en la calle, lo harías. Porque sabrías que no sentirás vergüenza… vas a sentir placer.
Jadeé. Me llevé una mano al pecho, intentando recordarme que aún respiraba.
—Solo creí que…
—Créeme, monja —me interrumpió—, no necesitarás una cama para gozar conmigo.
Su mirada descendió descarada, feroz. El erotismo crudo y elegante me devoraba sin siquiera tocarme.
—Cierra la puerta —ordenó.
Titubeé. Un segundo, dos y lo hice. El clic del picaporte sonó más fuerte que cualquier amén.
Cuando volví a mirarlo, mi decisión ya estaba escrita en mi respiración agitada, en mis ojos, en el temblor de mis dedos cuando rocé el rosario sobre mi pecho.
Ese sonido seco del picaporte fue el inicio del fin. No lo comprendí de inmediato, pero mi cuerpo sí. Lo supe por el escalofrío que me recorrió la espalda, por el calor líquido que me inundaba entre los muslos.
—No hay marcha atrás. No soy un hombre que juega. Lo que quiero de ti… es todo.
Tragué saliva. Asentí apenas, como si algo más fuerte que yo misma me empujara a no huir.
—Estás temblando —susurró con una sonrisa invisible—. ¿Es miedo… o deseo?
—No lo sé —respondí, apenas audible.
—Lo sabrás cuando te toque.
Sus dedos atraparon el rosario entre mis pechos.
—Aún llevas esto… ¿vas a rezar mientras gimes, monja? ¿Vas a decir “Dios mío” con mi lengua enterrada entre tus piernas?
Cerré los ojos con fuerza. La vergüenza me quemaba, pero el deseo era más fuerte.
—Tócame —susurré.
Y él sonrió. No como un hombre complacido, sino como un diablo que por fin cobraba su deuda. Me empujó contra la pared, con una suavidad dominante.
—No quiero quitarte el hábito —murmuró cerca de mis labios—. Quiero verte caer… vestida de virtud.
Se acercó a mi cuello y me besó. Su lengua de fuego ardía marcándome la piel. Un jadeo se escapó de mis labios y mi espalda se arqueó; mi carne recordó que era carne.
—No entiendo por qué me deseas… —susurré, temblando.
Él me miró con esos ojos que parecían desgarrar la fe y rozó mis labios sin poseerlos del todo.
—Tu pureza me enferma —murmuró—. Cuando te veo quiero arrancarte la fe con la lengua, porque tu voz temblando es más dulce que cualquier oración.
Su mano descendió hasta mi cintura, firme, implacable. La otra subió y rozó mis senos sin tocarlos. Un gemido se quebró en mi garganta, ahogado por el peso del pecado que se me incrustaba en la piel.
Él se arrodilló frente a mí, como un penitente oscuro, y alzó mi hábito hasta mis muslos. Sentí su mejilla contra mi piel desnuda, y me estremecí.
—Nunca he rezado —dijo, grave, con una sombra en la voz—. Pero si lo hiciera, sería aquí… justo aquí, donde tiembla tu cuerpo por mí.