VALENTINA
Su boca ardió sobre mi muslo, lenta, prolongada, como si me reclamara palmo a palmo. Apenas pude murmurar su nombre.
—Hoy quiero que entiendas lo que es el deseo verdadero. El que consume. El que arde. El que hace pecar a las santas.
Cuando sus labios subieron más, mi gemido se quebró contra las paredes. Me aferré a sus hombros como si me fuera a desmoronar, y, sin embargo, ese pecado me elevaba. El diablo se había arrodillado para adorarme… y yo ya no quería ser salvada.
—¿Sabes lo que más deseo de ti, monja? —su voz vibró contra mi piel—. Oírte rogar. No a Dios. A mí.
—Dorian… —susurré, quebrada, perdida.
—Así. —Su gruñido me atravesó—. Así quiero que me supliques siempre. Porque no va a bastarte una vez. Vas a volver a mí. Vas a manchar este hábito por mí.
Y entonces me besó allí donde la fe y el deseo se disuelven, donde no hay Dios que escuche. Ese gemido, mi primer gemido verdadero, no fue para el cielo. Fue para él.
Su figura se irguió con la lentitud de un animal saciado que aún no ha terminado con su presa. Sus ojos brillaban como abismos, y me miraba como si ya me poseyera.
—Estás temblando —susurró apenas rozando mis labios—. ¿Estás lista para cruzar el infierno por mí, monjita?
—Ya lo crucé —respondí, ahogada en vergüenza y ansia.
—Entonces, déjame condenarte.
El beso que me arrebató no fue dulce. Fue un devorar. Un reclamar. Me entregué a él como se reza: con los ojos cerrados, las manos temblorosas, rendida a una fuerza mayor que yo.
—¿Eso te hace sentir sucia, Valentina? —rugió contra mi boca, mordiéndome hasta que el dolor se volvió placer.
—No lo sé… —jadeé, pero mi cuerpo lo sabía.
—Yo sí lo sé —me mordió otra vez y mi grito se perdió en la pared fría. Su voz fue un trueno contra mi piel—. Esto no es pecado y yo te he deseado más que al aire que respiro.
Me giré, colocándome de frente contra la pared. La pintura fría y lisa me rozó la frente. Sentí sus manos en mis caderas, ajustando su agarre, y su aliento, pesado y caliente, en mi nuca.
—Voy a correrte contra esta pared —murmuró entre jadeos, y sus palabras eran una promesa y una condena en una sola—. Con tu hábito todavía puesto. Y cuando termine contigo, vas a rogarme que lo vuelva a hacer.
—Dorian… —Fue lo único que pude articular, un suspiro que se perdió en el yeso.
—¿Te sientes sucia?
—Sí… —La confesión salió como un chorro de veneno, ardiente y verdadero.
—Bien. Porque nunca volverás a estar limpia.
Y entonces sucedió. No como un oleaje, sino como un desgarro. Un estallido de luz blanca y cegadora que me partió desde el centro. Mi cuerpo se tensó como un arco, cada músculo en rebelión y éxtasis. Lo sentí palpitar dentro de mí, un puño de sensaciones que me hacía gemir ahogada contra la pared, mordiendo la tela de mi traje para no gritar su nombre al vacío. Dorian no se detuvo. Se movió más rápido, con una urgencia feroz, hasta que un gruñido ronco y profundo escapó de su garganta. Lo sentí perderse en mí, una marca de fuego y posesión que sabía, con un pánico absoluto, que nunca se borraría.
Cuando terminó, no me soltó. Hundió los dientes en mi hombro, un nuevo dolor punzante que sellaba el pacto. Esto no era amor. Era la rendición de una fortaleza, y él era el vencedor que dejaba su bandera clavada en mis ruinas.
Nos quedamos así, fundidos en la pared, jadeando en un mismo ritmo descompasado. Mi cuerpo temblaba sin control; el suyo, aún tenso, me mantenía erguida. En el silencio cargado de nuestros alientos, su voz surgió como un susurro de tumba:
—Ya no eres monja, Valentina.
El título, mi identidad, se desvaneció con las palabras. Solo quedaba el vacío.
—¿Qué soy entonces…?
—Mía.
La palabra era un grillete. Y entonces, como si de repente recordara que yo no era más que un trámite en su día, se separó de mí con una brusquedad que me hizo tambalear. Me desplomé contra la pared, las piernas sin fuerzas, la tela áspera del hábito retorcida y manchada, la piel ardiente donde sus dientes y sus manos habían dejado su firma. Intenté juntar el escote, cubrirme, pero era absurdo. Él ya me había desnudado por completo, en cuerpo y en alma.
Oí sus pasos alejándose, resonando con una frialdad metálica sobre el piso de madera. Fue al escritorio de ébano, tomó unos papeles que ya estaban allí, firmó con un gesto arrogante y los lanzó a mis pies. Aterrizaron con un golpe seco.
—Buen servicio, monjita. —Su tono era indiferente—. Aunque esperaba más resistencia.
Levanté la vista, confundida. El mundo aún no enfocaba.
—¿Qué…?
—Te ofrezco una prórroga —dijo, como si explicara los términos de un contrato cualquiera—. Tienes tres meses para pagarme… o lo demoleré el lugar junto con esas faldas santas.
Un hielo súbito recorrió mis venas, reemplazando el fuego de hacía un instante.
—¿Me mintió? —El dolor en mi voz fue tan agudo que hasta él pareció notarlo por un segundo.
Dorian se encogió de hombros, encendiendo un cigarrillo. El humo se enroscó a su alrededor como una serpiente gris.
—Negocios, cariño. —Dio una calada larga—. Pero no llores. Al menos lo gozaste.
Miré los papeles en el suelo, luego a él. La rabia empezó a hervir, pero por debajo corría un río n***o de desesperación.
—Dijiste que desistirías de esto, si era tuya —logré decir, pero la voz casi se quebró en la última palabra.
Él sonrió lento. Dejando que cada segundo añadiera crueldad a la curva de sus labios.
—Nunca dije eso, lo supusiste. Soy un hombre de negocios y puedo hacer lo que se me plazca.
Se acercó, agachándose con una elegancia felina hasta quedar a mi altura. Con dos dedos fríos me levantó el mentón, obligándome a enfrentar su mirada.
—Y quería oír cómo gemías cuando creías que me tenías agarrado por los huevos. —Pasó el pulgar por mi labio inferior, manchándolo—. Patético.